Por: Pbro. Miguel Ángel Ramírez González
Las lecturas de este domingo nos presentan una imagen de la viña. Una viña que simboliza a Israel, una viña que es amada y cuidada por Dios, pero que, lamentablemente, no produce los frutos que esperaba de ella.
Dios esperaba frutos de la viña que Él ha cultivado con amor; éste es el tema que nos sirve de reflexión en este domingo. La lectura de Isaías nos muestra el poema conocido como del amigo y de su viña (Is 5, 1-7). Con palabras llenas de solicitud, el poema nos presenta al dueño de la viña que se prodiga en cuidados, cava en torno a ella, monta una torre, quita las piedras, planta buenas vides y cava un lagar. Este hombre ama su viña y espera de ella que dé buenas uvas, en cambio, dice el profeta refiriéndose a su pueblo, produce uvas silvestres, agrazones, es decir uvas que nunca maduran que simbolizan injusticias e idolatría. Además, la sequía que se anuncia al final: “mandaré a las nubes que no lluevan sobre ella”, simboliza no propiamente la ausencia de agua, sino de la presencia de Dios en Israel que se aleja.
Creo que no había mejor imagen para hablar de la falta de frutos de Israel que esta; y hay que añadir que no hay mejor imagen que hable de nuestras vidas que esta parábola. Dios nos ha dado todo, pero ¿lo hemos aprovechado? ¿Hemos producido los frutos que él esperaba de nosotros? Cuando venga a recoger los frutos que Él espera, ¿los tendremos dispuestos?
Sobre todo, no podemos olvidar que el “dueño” de la vid es Él, y que somos nosotros solamente trabajadores asalariados. La vida que tenemos es propiedad de Dios, pues es don suyo. Como comentario extra, dice textualmente que Dios esperaba justicia, pero que, por el contrario, lo único que resulta son “reclamaciones”. Justicia (sedeq) significa armonía que Dios otorga para que el pueblo pueda vivir en condiciones de paz y justicia, de modo que, al alejarse Dios, la justicia divina dejó de “llover” sobre Israel, experimentando las zarzas y espinas, que son los frutos de la idolatría, y que son la iniquidad y la corrupción. ¿No será lo que nos pasa hoy día?
El alejarnos de Dios, de actuar según el mundo y sus “leyes”, está generando la “ruina” en nuestra sociedad. Ya no rige la “justicia divina”, sino el poder de los ídolos que son la “altivez”, el “poder desmedido” y el “orgullo”. Esa fue la razón que llevó a Israel a las invasiones asirias y al final la deportación a Babilonia (que simbolizan la sequía). Los mismo puede pasar a nivel personal.
Me imagino que también la mayoría de ustedes, al pasar de los días y los años, si ha sido buena la vida que hemos vivido y si hemos actuado de manera correcta, esperamos un juicio misericordioso. Pero tengan presente que, Dios no solamente ve el pecado que cometí ayer o antier, sino que hay un juicio al final de lo que ha sido la vida: buena o mala; con frutos o sin ellos. Como aquella escena final de la película “Buscando al soldado Ryan”, cuando el ahora viejo James Ryan, el soldado que fueron a rescatar, ahora, viejo ya, se vuelve a su esposa, mira a sus hijos, y como si recordara que su rescate había significado la vida de tantos hombres, entre lágrimas le pregunta a su mujer: “Dime que he vivido dignamente. Dime que soy un buen hombre”. Allí radica todo: ¿He producido frutos o no? ¿He sido un buen hombre?
Cuando no se produce alguna cosa buena en la vida, se llega a la vejez añorando lo que no se hizo, de modo que el verbo «hubiera» se repite en nuestro interior con frecuencia, y eso es malo, porque en la conjugación de la vida solamente se tiene lo que soy y lo que hice.
Ernest Hemingway, en la lejana década de los 50 del siglo XX, publicó una obrita titulada: El viejo y el mar, donde nos regala una breve historia: la lucha de un pescador, casi anciano, con un inmenso pez. El pescador ha sido bueno en su oficio –el mejor de la zona-, pero ya son muchos los años que pesan sobre sus espaldas. Un día sale con su barquita al mar, y captura el pez más grande que haya visto en su vida. Entonces empieza una feroz lucha, día y noche, entre el pez y el anciano. Al paso de las horas, debe usar uñas, dientes, todo para defender a su presa de los peces voraces que se acercan.
El anciano pescador habla consigo mismo en su soledad, y se va tejiendo un monólogo extraordinario:
“Ojalá hubiera traído una piedra para afilar el cuchillo –dijo el viejo cuando miró la ligadura del cabo del remo-. Debí haber traído una piedra. Debiste haber traído muchas cosas, pensó. Pero no las has traído, viejo. Ahora no es el momento de pensar en lo que no tienes. Piensa en lo que puedes hacer con lo que hay.
Era un pez capaz de mantener a un hombre todo el invierno –pensó-. No pienses en eso. Descansa simplemente y trata de poner tus manos en orden para defender lo que queda”.
Aunque Anthony Quinn interpretó al viejo en 1990, yo me quedo con la actuación de Sepencer Tracy de 1958. Vale la pena ver su actuación.
Es inolvidable la frase que dice: Nunca pares de aprender, porque la vida es una constante lección. Es cierto, y existen algunos que se superan a sí mismos, pero otros se hunden bajo el más pequeño fracaso. En la película, hay una frase que dice el viejo: “puedes perder todas las batallas, pero no pierdas la guerra”; y en otra parte: “tienes que aprender a superar la derrota para lograr la victoria”, y es cierto del todo, en especial en el camino de la fe.
Hay gente madura y nostálgica que se la pasan rumiando lo que pudieron haber hecho en la vida, y se quedan paralizados esperando el final pero, como señala el anciano de Hemingway, son personas que no piensan en lo que pudieron haber hecho con lo que quedaba. El mensaje es claro: Piensa en lo que puedes hacer con lo que queda. Trata de poner tus manos en orden para defender lo que queda.
Como pueden ver, en la vida cristiana todo es cuestión de frutos, de opciones, de luchas, de entrega, de querer hacer el bien a los demás, de llegar al último día con la sensación de haber hecho algo bueno. La semana pasada les decía que el drama de la vida es que es breve, aunque hermosa. Pero ahora añadimos que el árbol de la vida no puede retener frutos, ni creer que estará sembrado para siempre; como el relato del evangelio, Jesús pasará un día buscando higos, frutos buenos, y si no los hay, maldecirá el árbol (cf. Mt 21, 18-22). Dice el evangelista que cuando pasaron por allí de regreso, el árbol estaba seco. Hermanos, no predico una moral del miedo, como se hacía antaño, sino que veo la urgencia de advertir la necesidad de que existan frutos al final de la vida, y eso es una “moral de frutos buenos”.
La vid es para que dé uvas; la vida es para dar frutos, no para la esterilidad. La vida cristiana no consiste solamente en no hacer el mal, sino en producir frutos buenos. Si han sido muchos años de esterilidad, ánimo, quedan algunos días más para sembrar algo, aunque sea poco. De la misma historia del Heminway, hay una frase que dice: “Puedes perder todas las batallas, pero no pierdas la guerra”, que es algo que en el camino de la fe y la salvación es esencial.
Venimos al mundo para “hacer” cosas buenas, no solamente para no cometer pecados. Por desgracia nuestra visión de la moral es solamente la “obligación” y el evitar hacer pecados; pero el sentido verdadero de la moral del Evangelio es hacer el bien, producir frutos, alcanzar la felicidad y la meta que Dios nos haya marcado. Sólo los esforzados entrarán al Reino, decía Jesús.
Señalaba Teresa de Calcuta a una de sus religiosas:
Sé amable y compasiva. Que nadie se despida de ti sin sentirse mejor y más feliz. Sé la expresión viva de la bondad de Dios: amabilidad en tu rostro, amabilidad en tus ojos, amabilidad en tu sonrisa, amabilidad en tu saludo acogedor. En los barrios miserables nosotras somos la luz de la bondad de Dios para con los pobres. A los niños, a los pobres, a todos los que sufren y se sienten solos ofréceles siempre una sonrisa feliz. No les des únicamente tus cuidados, dales también tu corazón.
La grandeza de esta santa mujer fue descubrir que no basta con dejar de hacer el mal, sino que se dispuso a hacer el bien a los que nadie valoraba… y lo hizo hasta el último día ¡Y cómo lo hizo! Entendió que el amor o es activo y verdadero o no es amor; lo mismo la fe, que debe ser encarnada o no es fe.
Dios nos mandó a este mundo por algo y para algo. Y el día de nuestro juicio nos pedirá esos frutos que esperaba de nosotros: frutos dulces y jugosos, frutos de santidad y de obras buenas; frutos de perdón y de encuentro. Yo creo que las obras buenas cubren los muchos pecados y las debilidades.
El Apóstol Pablo sabía que la vida consiste en un re-orientar constantemente nuestros horizontes, buscando cada vez más el sentido de la vida y el fruto que Dios está esperando. Insiste una y otra vez, y nunca deja de invitar a que los cristianos asumamos los valores que dan sentido a la existencia: “aprecien todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio… y el Dios de la paz estará con ustedes” (Flp 4, 7-9).
Notemos el listado de las acciones buenas que deben coronar nuestro actuar: verdadero, noble, justo, puro, amable, honroso, todo lo virtuoso y, como fruto, dice el apóstol, la paz. La madurez cristiana consistirá en ir dando ese proceso de transformación mediante la conversión y el amor constantes. Y pedir siempre a Dios que sea él el que nos impulse a producir esos frutos.
Eso es justamente lo que habría que pedir en la oración diaria. Casi siempre pedimos cosas, cuando lo primero debería ser ofrecer a Dios la alabanza con nuestras vidas, mediante los frutos pequeños o grandes que él espera, que ya se encargará de darnos lo que conviene pues, señala el evangelio, El Dueño del viñedo espera que “entreguen los frutos a su tiempo” (Mt 23, 41).
Para terminar. La semana pasada mencionaba a Magdalena Blesa, poetisa española, sobre el tema de morir; pues bien, José María Pemán tiene un poema adecuado a lo que decimos hoy sobre una vida fructífera. “Lecciones de vida”, lo titula, y con la belleza de la rima en octasílabos, nos dice:
Primero explica que la vida es como un terreno arado y preparado para ser sembrado: Dice:
Toda la tierra está henchida
de preñez de sementera
¿y yo he de hacer de mi vida,
rama estéril y podrida
digna solo de hoguera?
Al estilo del evangelio, Pemán hace la advertencia de fallar la misión que Dios pudo habernos encomendado:
La vida que no florece,
y ni fecunda, ni crece
es vida que no merece
el santo nombre de vida.
José María Pemán sabe que es el fruto de amor lo que pide Dios en esta vida, por eso añade:
Siento en mi pecho bullir
ansias de amar con fervor…
¡que quien no derrocha amor
no sabe lo que es vivir!
Al estilo del evangelio, y como recapitulación de una vida que fue como campo sembrado y con frutos logrados para Dios, José María Pemán termina diciendo:
Y al fin quisiera
poder decir cuando muera:
Señor, yo no traigo nada
de cuanto tu amor me diera
¡todo lo dejé en la arada
en tiempos de sementera!
Allí sembré mis ardores
vuelve tus ojos allí,
que allí he dejado unas flores
de consejos y de amores…
¡ellas te hablarán de mí!















