A veces, solo necesitas que te escuchen… pero ¿quién escucha a quienes siempre escuchan?

Aldrin Garcia Balvin

Por: Aldrin García Balvín

Hay momentos en los que uno no necesita un consejo, una explicación ni una frase de ánimo. Necesita poder decir “no estoy bien” sin que alguien se apresure a corregirlo. Necesita hablar sin tener que defender lo que siente. A veces, lo que más falta hace es que alguien escuche y se quede.

Cuando vi la noticia del fallecimiento del padre Bernard Card, sacerdote de la diócesis de Dijon, en Francia, pensé en algunos sacerdotes que conozco, en sus vidas solitarias y en lo poco que a veces sabemos de ellos fuera de su trabajo. No conocí al padre Bernard y no me corresponde explicar su historia. Pero su partida me dejó una pregunta que también nos toca a quienes tenemos sacerdotes amigos: ¿quién escucha a quienes siempre escuchan?

Esa pregunta me toca personalmente porque mi vida también ha tenido momentos de soledad, ansiedad y depresión. Sé lo difícil que puede ser encontrar palabras para decir lo que pasa por dentro. Me dedico a comunicar, pero eso no significa que siempre sepa comunicar mi propio dolor. A veces es más fácil hablar de un proyecto, resolver un encargo o responder “todo bien” que reconocer que necesito compañía.

Desde esa experiencia valoro a los sacerdotes que saben escuchar. Aquellos con quienes uno puede conversar sin sentir que está frente a un interrogatorio o que debe llegar con sus emociones ordenadas. Hay una cercanía muy humana en permitir que alguien hable, haga una pausa o no sepa cómo continuar. No siempre hace falta una gran reflexión. A veces hace falta tiempo y la confianza de saber que lo dicho será tratado con respeto.

Pero también conozco sacerdotes que viven solos, y eso me hace pensar en lo que ocurre cuando termina su jornada. Después de escuchar problemas, acompañar duelos y atender a tantas personas, ellos también pueden necesitar una conversación. Estar rodeado de gente durante el día no garantiza tener a alguien con quien hablar de lo propio. Ser necesario para muchos no es lo mismo que sentirse acompañado.

A veces buscamos al sacerdote para pedirle algo: una celebración, una orientación, una gestión o un consejo. Pero, cuando también es nuestro amigo, la relación no debería limitarse a lo que necesitamos de él. Podemos llamarlo sin pedirle ningún favor, invitarlo a un café y preguntarle cómo se siente. Que sepa que con nosotros también puede hablar de sus preocupaciones, no solamente escuchar las nuestras.

Cuando una persona se atreve a hablar, puede encontrarse con respuestas que cierran la conversación: “No pienses tanto”, “hay gente que está peor”, “pon de tu parte”. Tal vez se dicen con buena intención, pero pueden hacer que quien sufre termine sintiéndose culpable por sufrir. Comparar dolores no ayuda a comprenderlos. Y exigir fortaleza puede volver más difícil pedir ayuda, especialmente cuando los demás esperan que uno sea siempre quien los sostenga.

Por eso me preocupa que a un sacerdote se le haga sentir que no puede estar triste, cansado o desbordado porque tiene fe y debe dar ejemplo. Yo también tengo fe, y eso no ha borrado mis momentos difíciles. No quisiera que alguien tuviera que esconder lo que siente para conservar la imagen que los demás esperan de él. La confianza debería permitirnos decir “necesito ayuda” sin que esa frase se convierta en un juicio sobre nuestra vida o nuestra vocación.

También sé que escuchar tiene límites: un amigo no puede resolverlo todo y un sacerdote tampoco. La cercanía no reemplaza la atención profesional cuando se necesita, pero puede acompañar esa búsqueda de ayuda. Y no podemos suponer que conocemos todas las luchas de alguien ni culpar a sus allegados cuando ocurre una tragedia. Lo que sí podemos revisar es nuestra manera cotidiana de estar presentes: si preguntamos de verdad, si guardamos discreción y si hacemos espacio para conversaciones que no giren siempre alrededor de nuestras necesidades.

Encomiendo al padre Bernard a la misericordia de Dios. Y su partida me mueve a algo más cercano que una reflexión: buscar a mis amigos, incluidos los sacerdotes, sin esperar a necesitar un favor. También a decir con más claridad cuándo soy yo quien necesita hablar. Quienes consuelan también necesitan ser consolados. Que nuestra amistad les permita dejar por un momento las respuestas y decir, con libertad, cómo están.

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