Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
A Colombia la fundó Jiménez de Quesada en la altiplanicie bogotana porque allá no llegaban los zancudos que, durante su primigenio recorrido conquistador, le acompañaron día y noche mientras siguió la ruta del río Magdalena desde Santa Marta.
Esa ventaja climática, que salvó a los bogotanos de que les diera paludismo, consiguieron convertirla en una forma de control político y económico, y en este país terminamos girando al ritmo que marcaba la rosca bogotana que gobernaba a Colombia, ya fuese para evolucionar hacia el progreso o asomarnos al retroceso inicuo.
Por siglos, Bogotá miró con desprecio a los nacidos en provincia, minusvalorándolos como ajenos a la cultura europea y ejecutándolos por incapaces de manejar los verdaderos hilos del poder. Con ese desprecio no admitieron ni a Carrasquilla, el gran narrador antioqueño, ni a García Márquez, nuestro único Nobel.
En Colombia se leía y admiraba lo que desde El Tiempo o los periódicos bogotanos se escogiera, hasta el punto de que, para poder ser reconocido política, cultural o financieramente, se requería pagar el tributo de sumisión a esa rosca odiosa que miraba al resto de los habitantes del país como tristes provincianos.
Con el vertiginoso avance que tuvo el siglo XX y la congestión de millones de calentanos que se fueron a vivir, trabajar y triunfar en las calles y edificios bogotanos, el desprecio ha mermado considerablemente, pero el fantasma amenazador seguía vigente.
Hasta el próximo viernes, cuando asuma como presidente, en Cali y no en el Capitolio bogotano, Abelardo, futuro provinciano.
Y, para remachar el golpe a esa rosca despreciativa, no va a ejercer la Presidencia exclusivamente en la capital, sino que tendrá su sede alterna en Barranquilla y dice que hará lo propio en sendas edificaciones de Medellín y Cali.
Es un hachazo a la tradición. Es un símbolo agresivo contra la opresión centralista.
Ojalá le vaya bien.















