He bajado 42,2 kilos, pero el peso más difícil de soltar no estaba en mi cuerpo: era el de las pérdidas, la depresión, los proyectos detenidos y tantos dolores que durante años intenté cargar en silencio.
Por: Aldrin García – Director de Totus Noticias
El 9 de diciembre inicié un proceso médico para bajar de peso. Ese día la báscula marcó 198,8 kilos; hoy marca 156,6. Voy muy bien, gracias a Dios, pero no quiero presentar esta transformación como una hazaña personal ni reducirla a una cifra. Ha sido un camino de acompañamiento, disciplina, decisiones difíciles y una nueva conciencia sobre la necesidad de cuidar la vida que se me ha regalado.
Durante este proceso confirmé algo que ya había expresado en otra columna: las pausas son necesarias. Detenerse no siempre significa rendirse ni abandonar el camino. A veces, hacer una pausa permite que la vida se oxigene, que el ruido disminuya, que el corazón encuentre calma y que la mente regrese con más fuerza, creatividad y capacidad para reconocer lo verdaderamente importante.
Yo también necesitaba parar. Venía de varios años intensos en la vida pública, la comunicación, el periodismo, la publicidad y la política. A eso se sumaron los efectos de la pandemia y el frenazo en seco que sufrió Totus como empresa. Lo que durante años había construido con esfuerzo se encontró, de repente, frente a una realidad que no podía controlar. No fue solamente una crisis económica o profesional: fue sentir que una parte importante de mi proyecto de vida quedaba suspendida.
Después llegaron pérdidas que todavía pesan. Murieron mi papá y mi mamá-abuela, dos personas fundamentales en mi historia. También se fueron amigos, conocidos y seres cercanos; algunos por causa del COVID-19 y otros por diferentes circunstancias durante los últimos años. Cada muerte dejó un vacío distinto y muchas de ellas llegaron cuando todavía no había tenido tiempo de comprender la pérdida anterior.
No fueron momentos fáciles de sobrellevar. En medio del dolor apareció esa enfermedad silenciosa llamada depresión, la misma que muchas veces se esconde detrás de una sonrisa, una publicación, una jornada de trabajo o una aparente normalidad. No puedo decir que la he superado completamente. He aprendido a reconocerla, tratarla y mantenerla controlada gracias a Dios, al acompañamiento recibido y a grandes amigos que han permanecido cerca cuando más los he necesitado.
En mi caso, he comprendido que la salud mental no se resuelve con frases motivacionales ni se vence fingiendo fortaleza. Es un proceso que requiere ayuda, tiempo, honestidad y cuidado. Hay batallas que no se ganan negando lo que sentimos, sino aceptando que necesitamos detenernos, pedir apoyo y aprender a convivir con nuestras heridas sin permitir que ellas dirijan toda nuestra vida.
Mi pausa, entonces, no fue producto de la pereza ni de la falta de sueños. Fue la consecuencia de demasiadas cosas acumuladas. Necesitaba sanar, reorganizar prioridades y preguntarme para qué quería seguir comunicando. Hoy entiendo que aquella interrupción también estaba preparando una nueva etapa: una versión más consciente de mí mismo y una forma más humana de ejercer mi vocación.
Los años en la comunicación pública y política me permitieron aprender de grandes periodistas, comunicadores y estrategas. Conocí de cerca el poder de la palabra y comprendí que comunicar no consiste únicamente en informar o conseguir alcance. También implica interpretar, orientar, formar y asumir responsabilidades frente a quienes confían en lo que decimos.
Ahora quiero poner ese aprendizaje al servicio de la Iglesia y fortalecer mi vocación como comunicador pastoral. No significa negar mi historia ni borrar lo vivido, sino darle una dirección más profunda. Todo lo aprendido en el periodismo, la publicidad, la comunicación pública y la estrategia política puede convertirse en una herramienta para evangelizar, formar comunidades y ayudar a la Iglesia a comunicarse con mayor claridad, sensibilidad y cercanía.
Durante un año tuve la oportunidad de servir en la Arquidiócesis de Santa Fe de Antioquia; desde hace más de un año acompaño como asesor externo a la Diócesis de Jericó y ahora también desempeño mi labor como comunicador del Instituto Misionero de Antropología, IMA. A esto se suma el trabajo que desde hace muchos años realizo con diferentes parroquias en publicidad y comunicación pastoral. No los veo como cargos para exhibir, sino como caminos de servicio que se han ido encontrando.
Existen nuevas proyecciones para acompañar a otras diócesis, parroquias e instituciones de la Iglesia. Pero esta etapa no puede construirse desde la prisa ni desde el deseo de abarcarlo todo. Quiero desarrollarla con preparación, orden y propósito, entendiendo que cada proyecto debe responder a una necesidad real y no simplemente a la presión de estar permanentemente visible.
Totus Noticias también ha tenido pausas técnicas. Estamos trabajando para retomar el camino con la rigurosidad periodística que veníamos construyendo, corregir lo que sea necesario y proyectar una nueva etapa editorial. La pausa no representa la muerte del medio. Es una oportunidad para revisar su identidad y decidir qué clase de periodismo queremos ofrecer en medio de una sociedad saturada de ruido, polarización y contenidos sin contexto.
También regresaré a los videos para redes sociales, pero serán videos con propósito. Seguiré opinando, porque renunciar a la opinión sería desconocer una parte de lo que soy. Durante la campaña decidí apoyar a Paloma Valencia porque creí que era el momento de que una mujer llegara a la Presidencia. No ocurrió, pero continuaré hablando de política cuando Dios me lo permita y en los espacios donde considere que mi voz pueda aportar.
La diferencia estará en el enfoque. Mi propósito es que solo el 20 % de mis contenidos esté dedicado a la política y que el 80 % restante aborde temas humanos, motivacionales, reflexivos y formativos. No busco una neutralidad indiferente ni convertirme en una voz sin criterio. Quiero una comunicación más equilibrada, menos atrapada por la confrontación y más comprometida con la construcción. Compartir conocimiento es una de las formas que he encontrado para agradecer los dones que Dios me ha dado.
En esta nueva ruta adquiere fuerza En Red con Dios, un proyecto que vengo construyendo desde hace años y que retomaré con decisión este domingo 30 de agosto. Será un espacio de evangelización digital y comunicación pastoral para regresar a mis raíces y convertir las herramientas actuales en puentes para anunciar la fe, acompañar procesos, compartir conocimiento y formar comunidades.
En esas raíces está el padre Clímaco Abel Millán González, conocido cariñosamente como PACLI, junto con otros sacerdotes que dejaron una huella profunda en mi vida. Al recordar su historia comprendí con mayor claridad que él fue un comunicador pastoral que supo aprovechar las herramientas audiovisuales disponibles en su tiempo para evangelizar. De allí nació buena parte de mi pasión por estos temas. Él sembró en mi corazón la certeza de que la fe también puede comunicarse con creatividad, inteligencia y belleza.
Esta etapa no comienza desde cero. Comienza con 42,2 kilos menos, muchas ausencias que todavía duelen, una depresión que he aprendido a cuidar, proyectos que sobrevivieron a la pausa y una visión más clara de lo que quiero hacer con mi vida. Hay temporadas para correr, otras para detenerse y algunas para regresar transformados. Yo regreso a escribir, comunicar y servir, pero ya no quiero hacerlo solamente para producir contenido: quiero construir sentido, compartir lo aprendido y poner mis capacidades al servicio de Dios, de la Iglesia y de quienes todavía creen que una palabra puede cambiar una vida.
















