Con lágrimas de arrepentimiento | Evangelio del Domingo

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Por: Pbro. Miguel Ángel Ramírez González

La parábola que cuenta hoy Jesús en Jerusalén, en las vísperas de su pasión y muerte, trata sobre el Reino de Dios, que se parece a un rey que organiza el banquete de bodas de su hijo (Mt 22, 1-14). Cuando todo está listo, manda a unos criados para que «llamen a los invitados» (“llamen a los llamados” dice el texto griego). Algunos estudiosos dicen que el rey ha confeccionado una lista de huéspedes que ostentan algún título para ser invitados. Sin embargo, la actitud de los invitados es más bien de clara indiferencia expresada en mandarle decir que tenían algunos “negocios” que atender.

Viene la segunda parte de la parábola que expresa que el rey amplía su invitación a otros (que por supuesto no tenían título alguno): “a todos los que encuentren” (v. 9); y añade la parábola que no solamente a quienes encuentran en el camino, sino también a “buenos y malos” (v. 10). Aquí Jesús expresa el universalismo de la salvación, en contra de la visión estrecha del judaísmo.

Pero la parábola tiene una tercera parte que casi siempre pasamos por alto, sea porque nos parece extraña e incomprensible, o bien porque nos quedamos con los detalles superficiales. Dice que el rey entra para “ver” a los comensales y encuentra a uno de ello sin traje de bodas. Algunos Padres de la Iglesia sacaron conclusiones rápidas diciendo que era la falta del traje bautismal, sin embargo, realmente, ¿qué quiso expresar Jesús?, ¿No se trataba de que invitaba a todos, a buenos y malos sin distinción?, ¿Por qué entonces ese rechazo por algo tan secundario como no llevar el vestido de fiesta?

Pues bien, la explicación es muy sencilla e interesante ya que, en el Oriente, el anfitrión (rey que invita a sus convidados) les proporcionaba habitualmente el traje de bodas. Si este es el caso, el invitado no ha aceptado el regalo de la vestidura, y ha entrado sin ésta, rechazando el gesto de amistad del rey, casi imponiéndole su presencia. Si los primeros pecaron por indiferencia ante el anfitrión y los segundos por violencia, este último es culpable de rechazar el amor generoso y gratuito del rey por puro orgullo; estamos, pues, ante un pecado de soberbia.

La Biblia nos ha revelado el misterio de un Dios que se define como amor misericordioso con todos, pero también nos ha descubierto la hondura del corazón humano: egoísta, autosuficiente, homicida, y soberbio. Aunque no nos guste hablar de esto, el pecado existe clavado en el corazón de cada uno de nosotros. Sabemos que en Cristo, Dios Padre nos ha manifestado el gran amor y nos ha reconciliado con Él, sin embargo el riesgo del mal uso de la libertad sigue latente, de modo que podemos decidir en contra de Dios de muchas formas: podemos desfigurar su imagen en nuestro interior hasta destruirla; podemos renegar de su gracia y creer que podemos lograr por nosotros mismos la “salvación”.

Tenemos que reconocer que el amor de Dios es una realidad inmensa. Dice San Pablo que, cuando se conoce la “profundidad, la anchura, y la grandeza” de ese amor divino, es cuando podemos vivir la vida llenos de alegría por sentirnos amados de esa manera. Pero, debido a nuestra humana fragilidad, fallamos y no correspondemos debidamente a su amor.

Somos arrastrados por la “gravedad de la tierra”, atraídos por la fascinación de los bienes materiales, y no por las cosas del Reino de Dios. Nos vemos rodeados por el materialismo irreligioso, el egoísmo, la falta de amor, la injusticia, la opresión, el poder, la soberbia. Y como el personaje de la parábola, nos paseamos por el mundo desdeñando la misericordia de Dios y abusando de su perdón, creyendo que al final nos dejará entrar en el Banquete del Reino. Pero, leamos lo que afirma al final del evangelio:

“Entonces el rey dijo a los servidores: ‘atadlo de pies y manos y arrojadlo afuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos” (Mt 25, 10).

Decía san Juan Crisóstomo: Más que el pecado mismo, enoja y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados. No sentir dolor de los pecados es lo mismo que no arrepentirse, o hacerlo de una forma superficial, al punto que seguimos viviendo igual, sin que la gracia penetre en nuestros corazones. Poco a poco, al paso de los años, nos iremos convenciendo erróneamente de que la conversión y la confesión de los pecados ya no son necesarias, y terminamos despreciamos la gracia de Dios, como el personaje de la parábola.

Bajo esta luz, entendemos que el pecado no es solamente una falta a una norma, sino el rechazo de la misericordia y el amor de Dios. Antes que ser un aspecto jurídico, es ya una falta contra el amor.

Así como Jesús nos muestra este personaje anónimo en la parábola, tenemos dos ejemplos muy reales que nos pueden ayudar a entender lo anterior, Pedro y Judas. Tal vez ningún otro personaje como Pedro y Judas son ejemplos de dos actitudes frente a Dios. Pedro pecó traicionando al Maestro, pero llegará el arrepentimiento y el cambio radical en su vida; Judas, por el contrario, no solamente rechazará a Jesús, sino que renunciará a la posibilidad de ser salvado.

“Si (Judas) hubiese orado en nombre de Cristo, habría pedido perdón; si hubiera pedido perdón, habría tenido esperanza; si hubiera tenido esperanza, habría esperado misericordia; si hubiera esperado misericordia, no se habría ahorcado desesperado”, escribía San Agustín.

El personaje que no lleva el traje de bodas, es arrojado fuera por rechazar el regalo del rey, y Judas, que rechaza la salvación por soberbia, llega hasta la desesperación y al suicidio. Ambos son personajes que ilustran muy bien la actitud frecuente de nosotros, pues no solamente muchos seguimos pecando, sino que muchos ya no sentimos dolor por nuestros pecados, como dijera San Juan Crisóstomo. Y puede llegar un día en que nuestra soberbia llegue al punto de creer que podemos prescindir de Dios, de no quererlo ni necesitarlo; de pecar con la conciencia clara de que se ofende a Dios, que es el máximo pecado, el pecado contra la luz.

Existe en Toledo un cuadro pintado por el Greco titulado “las lágrimas de San Pedro”. Siempre me llamó la atención ver sus ojos llenos de lágrimas de arrepentimiento y de dolor por la traición que hizo a Cristo; pero, a la vez, de paz y de amor al saberse perdonado por la mirada de Jesús. Qué bien retrata esto el Greco. En el cuadro vemos que Pedro dirige su mirada hacía arriba, sabiendo que el perdón de Dios es un regalo, y que no existe pecado, por grave que sea, que no tenga perdón de Dios. Ese día de arrepentimiento, fue para Pedro la entrada definitiva al Reino del Amor. Judas, por el contrario, no quiso arrepentirse, repudió el gesto de amor de Jesús, y lo vemos hundirse en la desesperación y en la noche, que simboliza la muerte del alma.

Creo que todos tenemos algún santo favorito, sea porque nos maravilla su vida y sus virtudes (como Teresa de Avila), bien porque nos refleja muy bien la luz de Cristo. Pues bien, entre la pléyade de santos de mi “santoral privado”, en mi lista sobresale la figura del apóstol Pedro. El “santo folklórico” como lo llama José María Pemán. Afirma José María Pemán, que cuando había que “instaurar y cimentar edificio de dos fachadas -divina y humana-, que es la Iglesia, Cristo escogió a Simón Pedro, que era el discípulo de las grandes debilidades humanas y de los grandes arranques divinos”.

Pedro es el galileo que vivió el duro oficio de pescador, pero que, viejo ya, aprendió el doloroso camino de las lágrimas de arrepentimiento. Cuando apresaron al Maestro, el hombre que había jurado dar la vida por Jesús, es el primero en negarlo tres veces; y en eso nos parecemos tanto a él, pues lo mismo lo negamos al pecar o al no arrepentirnos. José María Pemán, continúa con el retrato del apóstol, y dice que “en el crescendo de sus tres negaciones, psicológicamente graduadas hasta estallar en juramento, están reunidas enciclopédicamente todas las miserias humanas: ruindad, miedo, ingratitud y egoísmo. Como luego en sus llantos amarguísimos a la puerta de la casa de Caifás, están juntas todas las noblezas: arrepentimiento, humildad y amor”.

Para el verdadero arrepentimiento tal vez nos falta humildad y dolor de nuestros pecados. Y si a Pedro, Cristo le perdonó su triple traición, con mayor razón nos perdonará nuestra vida marcada por tantas ingratitudes, si es que hay lágrimas de arrepentimiento y cambio de vida.

Regresando al cuadro de San Pedro del Greco, me gusta porque se ve perfectamente el arrepentimiento en las lágrimas que surcan sus mejillas, pero en su mirada se ve también la paz, se nota la esperanza y la gratitud de saberse perdonado por Cristo. Allí debemos llegar.

Me pregunto este día: ¿no debemos nosotros sentirnos como Pedro, que luego de haber recorrido años y años de lejanía del perdón de Dios, ahora estamos arrepentidos, urgidos de perdón, y de la bendición de Cristo? ¿No tenemos que, como Pedro, llorar mucho para que después de las lágrimas de arrepentimiento podamos decirle a Jesús: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo? ¿Entendemos su perdón como un regalo inmerecido, el cual podemos aceptar en cuaquier momento y entrar así en su Reino?

Hoy Jesús nos invita a su banquete, y se da Él mismo en la Eucaristía. Sintámonos necesitados de Él y pidamosle perdón por no amarlo suficientemente. Aceptemos el traje de bodas que es la humildad y aceptación de la misericordia de Dios.

El ya mencionado José María Pemán contempla al Cristo Crucificado en la devoción gaditana del “Cristo de la Buena Muerte”, que allí se venera, y clama pidiendo perdón. Hoy podemos decirle a Cristo Jesús, con las palabras de Pemán:

Por eso a tus pies postrado;
por tus dolores herido
de un dolor desconsolado;
ante tu imagen vencido
y ante tu Cruz humillado,


Señor, aunque no merezco
que tú escuches mi quejido,
por la muerte que has sufrido,
escucha lo que te ofrezco
y escucha lo que te pido.

A ofrecerte, Señor, vengo
mi ser, mi vida, mi amor,
mi alegría, mi dolor;
cuanto puedo y cuanto tengo;
cuanto me has dado, Señor.

Y a cambio de este alma llena
de amor que vengo a ofrecerte,
dame una vida serena
y una muerte santa y buena…
¡Cristo de la Buena Muerte!

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