¡Viva Cristo Rey!

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Por: Julián David Agudelo Roldán

¡Viva Cristo Rey! Una expresión que durante generaciones ha acompañado la fe de millones de cristianos. Una proclamación que nace del reconocimiento de Jesucristo como Señor de la historia, de la vida y de la humanidad. Sin embargo, resulta inquietante observar cómo una expresión tan profundamente religiosa termina, en ocasiones, convertida en consigna política, en bandera ideológica y hasta en instrumento para señalar a quienes piensan diferente.

Y entonces vale la pena preguntarnos: ¿de qué Cristo estamos hablando cuando gritamos «¡Viva Cristo Rey!»?

Porque el Cristo de los Evangelios no buscó conquistar el poder político, ni organizar ejércitos, ni establecer su reinado mediante la imposición. Es el mismo Jesús que, frente a Pilato, afirmó: «Mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36). No porque su mensaje fuera ajeno a las realidades humanas, sino porque su manera de reinar era radicalmente distinta a la de los poderosos de su tiempo.

Jesús no fue indiferente ante las injusticias. Denunció la hipocresía, se acercó a los excluidos, defendió la dignidad de las personas y cuestionó las estructuras religiosas y sociales cuando estas olvidaban al ser humano. Pero tampoco permitió que su misión quedara reducida a los intereses de quienes esperaban un mesías hecho a la medida de sus aspiraciones políticas.

Hoy pareciera que algunos quieren un Cristo que piense como ellos, que vote como ellos, que respalde sus candidatos y que condene a sus adversarios. Un Cristo de derecha o de izquierda, conservador o progresista, según convenga. Y en medio de tantas apropiaciones, corremos el riesgo de olvidar al verdadero Jesús del Evangelio.

No se trata de afirmar que la fe deba permanecer encerrada en los templos o que los cristianos debamos renunciar a nuestra responsabilidad política. Todo lo contrario. La fe tiene consecuencias sociales, exige compromiso con la justicia, con la paz, con la verdad y con la dignidad humana. Un cristiano no puede ser indiferente ante el sufrimiento de su pueblo.

Pero una cosa es iluminar la política desde el Evangelio y otra muy distinta es utilizar el Evangelio para legitimar una posición política.

Cristo no es propiedad de ningún partido, movimiento o dirigente. Su nombre no puede convertirse en un recurso electoral ni su cruz en un símbolo para alimentar enfrentamientos. Mucho menos podemos proclamarlo Rey mientras despreciamos al hermano, justificamos la violencia, difundimos mentiras o negamos la dignidad de quienes no comparten nuestras ideas.

Hay una contradicción profunda cuando se defiende públicamente el nombre de Cristo, pero se olvida su mandamiento fundamental: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 13,34).

La realeza de Jesús se comprende desde la cruz. Allí no aparece un rey rodeado de privilegios, sino un hombre entregando su vida por amor. Su corona es de espinas, su trono es la cruz y su poder se manifiesta en el servicio. Es una realeza que desconcierta porque no domina, sino que se entrega; no excluye, sino que llama a la conversión; no busca imponerse por la fuerza, sino transformar el corazón humano.

Quizás por eso resulta más fácil utilizar su nombre como consigna que asumir las exigencias de su Evangelio.

En una sociedad tan polarizada como la nuestra, necesitamos recuperar el verdadero sentido de esta proclamación. Decir «¡Viva Cristo Rey!» no debería ser una manera de identificar enemigos, sino una profesión de fe que nos comprometa a vivir de manera diferente.

Que viva Cristo Rey en el respeto por quien piensa distinto. Que viva en la defensa de los pobres, en la honestidad de quienes administran los recursos públicos, en la búsqueda sincera de la paz, en el reconocimiento de la dignidad de cada persona y en la capacidad de construir una sociedad donde nadie sea descartado.

La Iglesia tampoco puede olvidar que su misión es anunciar a Jesucristo, no convertirse en instrumento de los intereses de turno. Su voz profética debe conservar la libertad de reconocer lo bueno y denunciar lo injusto, venga de donde venga, sin someter el Evangelio a las conveniencias del poder.

Cristo no necesita que lo defendamos convirtiéndolo en una bandera contra los demás. Necesita discípulos que den testimonio de Él con su vida.

Por eso, cuando volvamos a proclamar «¡Viva Cristo Rey!», hagámoslo con la conciencia de lo que estamos diciendo. No estamos proclamando la victoria de una ideología sobre otra, ni la superioridad de un grupo sobre los demás. Estamos reconociendo a aquel que nos enseñó que el más grande es quien sirve y que el amor es el camino para transformar el mundo.

¡Viva Cristo Rey! Sí. Pero que viva primero en nuestras acciones, en nuestras palabras y en nuestra manera de tratar a los demás.

Porque de nada sirve proclamarlo Rey con los labios si, en la práctica, seguimos negando el Reino que vino a anunciar.

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