Por: Pbro. Miguel Ángel Ramírez González
Tal vez no nos damos cuenta de qué tan revolucionarias fueron las palabras de Jesús para la gente de su tiempo sobre el tema del sufrimiento. El mundo griego veía el sufrimiento como algo enviado por los dioses, quienes mandaban la aflicción o concedían la dicha según sus caprichos; por su parte, el mundo judío entendía el sufrimiento y el dolor como expresión de un castigo divino, fruto del pecado.
Jesús, por el contrario, verá la realidad del sufrimiento como posibilidad del amor radical y como camino de redención. Sin embargo, Jesús no se detuvo a explicar “qué es” el sufrimiento, sino que mostró el camino de su superación, diciéndonos “para qué es” y cómo nos puede transformar.
Este último punto es importante, ya que el camino que eligió fue el sacrificio y la muerte en cruz, convirtiendo el sufrimiento en sabiduría de Dios, mientras que para los judíos era escándalo y para los griegos necedad, señalaba san Pablo.
En el mes de junio de 2001, el cardenal Ángelo Comastri tuvo un encuentro inolvidable, según él relata. Eran las diez de la noche, recuerda:
“Habíamos terminado la oración de la tarde en la plaza del santuario de Loreto. Me acerqué a la cuna, pero no vi a un niño, sino a una mujer adulta de 58 centímetros con un rostro espléndidamente sonriente. Tendí la mano para saludarla, pero la enferma me previno con elegancia: ‘Padre, no puede darme la mano, porque podría fracturarme los dedos: sufro de osteogénesis imperfecta y mis huesos son fragilísimos. Le pido perdón’”.
Pero no había nada que excusar, pensó Ángelo.
Añadió el cardenal en su relato:
“Estaba fascinado por la serenidad y la dulzura de la enferma y quería saber algo de su vida. Ella me indicó que en la bolsa de su cuna había un pequeño diario que era suyo. Ahí tendría información. Lo titulaba ‘Feliz de vivir’”.
Continuó el diálogo. Entonces, el cardenal le preguntó:
—¿Cómo puedes ser feliz de vivir? ¿Puedes anticiparme algo de lo que has escrito?
La mujer contestó:
“Padre, usted ve mi condición… pero la cosa más triste es mi historia. Podría titularla así: ‘Abandono’. Sin embargo, soy feliz porque he entendido cuál es mi vocación.
Yo, por designio del amor del Señor, existo para gritar a aquellos que tienen salud que no tienen derecho de tenerla solo para ellos, sino que la deben dar a aquellos que no la tienen; de otro modo, la salud se transforma en egoísmo y no dará la felicidad.
Yo existo para gritar a aquellos que se aburren: ‘Las horas en las que os aburrís faltan a alguno que tiene necesidad de afecto, de cuidado, de premura, de compañía; si no regaláis esas horas, se marchitarán y no os darán felicidad’.
Yo existo para gritar a aquellos que viven de noche y corren de una discoteca a la otra: esas noches, sabedlo, faltan, dramáticamente faltan a los enfermos, a tantos ancianos, a tantas personas solas que esperan una mano que enjugue una lágrima. Esas lágrimas también os faltan a vosotros, porque son la semilla de la alegría verdadera. Regalad las noches que ahora gastáis inútilmente; de otro modo, serán la tumba de vuestra felicidad”.
Comenta el cardenal Ángelo:
“Yo miraba a la enferma que hablaba desde su púlpito auténtico: el púlpito del dolor”.
—Padre, ¿no es bella mi vocación?
“Os aseguro que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”.
Señalaba el cardenal Ángelo que esta mujer estaba totalmente bañada por el misterio de la Pascua y era un signo de gracia y de la presencia de Dios para el mundo actual.
Ahora bien, ¿por qué nos parece sorprendente todo lo que la enferma comenta? La razón es que el mundo de hoy es como san Pedro cuando no comprendía a Jesús, quien les decía que tenía que entregarse a la muerte. Pedro deseaba la gloria y, por lo mismo, rechazaba la posibilidad del fracaso. Deseaba el triunfo, pero no aceptaba que el Señor tuviera que padecer y morir.
Nuestro modo de pensar, como el del apóstol, es el de los hombres, no el de Dios. San Pablo llamaba a los cristianos de Roma a asumir los criterios de Dios:
“No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (cf. Rm 12,1-2).
Es verdad: el mundo de hoy no acepta el fracaso ni el sufrimiento, menos aún la muerte. Curiosamente, los niega, rechazándolos y adormeciendo a la gente.
Sin embargo, el Evangelio recuerda al ser humano que somos fragilidad; por lo tanto, vida que crece y vida que se desmorona. Somos un proceso de destrucción desde que nacemos. Negar la posibilidad del sufrimiento nos impide descubrir los valores verdaderos que tiene la vida.
Dicho en términos muy simples, rechazamos la “condición humana”; rechazamos la vida como es: marcada por cosas grandes y bellas, claro está, pero también por el sufrimiento y la muerte al final.
El psicoanalista Massimo Recalcati confiesa que perdió la fe cristiana al no comprender el sentido del sufrimiento y la muerte de las personas, en especial de aquellas que amamos. Sin embargo, al menos logró rasgar un poco el misterio y afirmar que el sufrimiento “no suprime la vida ni su valor, sino que lo enriquece”.
De una manera un tanto estoica quiere vivir plenamente, “aunque no exista un más allá” de felicidad, señala. Curiosamente, al final coincide con Jesús cuando afirma que solo el amor puede salvar de la muerte y la destrucción, diciendo una frase muy iluminadora:
“Es como la belleza de la rosa que se sabe eterna en el breve lapso de un solo día”.
Cada uno debe descubrir que hay una misión por cumplir, un amor por desarrollar y un destino que debe alcanzar. El cardenal Ángelo Comastri aprendió el misterio de la Pascua de manera vivencial mirando a esa mujer.
Ella le dice que es “feliz” porque descubrió su vocación, la cual no se nubla por su enfermedad, sino que, a contraluz, le permite descubrir el valor de la vida en su breve tiempo. Ella sabía que debía morir cada día para poder encontrar la promesa del Señor en la resurrección. Su vocación era ser testimonio de la Pascua frente a un mundo que ya no valora a los débiles.
Lo que Jesús advierte es que, cuando llega el sufrimiento y no tenemos la luz de la fe y el servicio del amor, fácilmente podemos derivarlo en egoísmo destructivo o, peor aún, en rebelión:
“El que quiera salvar su vida la perderá…”.
El “por Cristo” significa la cruz en el amor:
“El que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,21-27).
Alguien señaló lo siguiente:
“Una de las cosas peores del sufrimiento es que tiende a convertirnos en egoístas que solo piensan en sí mismos: un dolor de muelas nos hace sentirnos la víctima número uno del mundo. Si un noticiero nos muestra miles de muertos, pensamos en ellos dos minutos, pero si nos duele el dedo meñique, pasamos días enteros compadeciéndonos a nosotros mismos. Tendríamos que empezar por descubrir el dolor de los demás para medir el nuestro”.
Jesús no busca el dolor, pero sabe que ser fiel al amor y a la verdad lo llevará al desprecio y a la muerte en la cruz. Por eso canta ese momento diciendo que es su “hora”, pues se convertirá en la prueba de su amor por nosotros.
Voy a decir algo que escandalizará a muchos: deberíamos empezar por entender que hay aspectos positivos en el sufrimiento que debemos descubrir. Para eso, el Evangelio nos ofrece pistas muy valiosas:
“El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga” (cf. Mt 16,21-27).
Pero debe quedar claro: Dios no quiere que el cristiano busque el sufrimiento en sí mismo, sino que lo use, si este llega, para crecer, madurar y ofrecerlo en el amor. No quiere que caiga en la rebeldía, sino que lo descubra como un don o regalo.
Sabemos que el mayor fruto del sufrimiento en la vida humana es que nos hace redimensionar la escala de valores que teníamos hasta ese momento, colocando a las personas y las cosas en su justo lugar.
Pablo entiende el misterio de la gloria de Dios en la cruz. Por eso dijo a los cristianos de Roma:
“Por la misericordia que Dios les ha manifestado, los exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto” (Rm 12,1).
Los judíos querían un culto externo, lleno de acciones de purificación u ofrecimientos, pero Pablo, siguiendo los pasos del Maestro, les dice que el culto “agradable” y “verdadero” es el de la propia persona, con sus grandezas y limitaciones, como un acto de ofrecimiento.
De modo especial, el amor se dimensiona de forma radical cuando lo vive alguien que conoce el sufrimiento, pues puede ofrecerlo todo por las personas que ama. Así es: desde el punto de vista de la fe, la cruz nos permite seguir a Jesús, parecernos más a Él y ofrecerla por la salvación de otros.
El papa Juan Pablo II escribió lo siguiente:
“El sufrimiento es también una realidad misteriosa y desconcertante. Pues bien, nosotros los cristianos, mirando a Jesús crucificado, encontramos la fuerza para aceptar este misterio. El cristiano sabe que, después del pecado original, la historia humana es siempre un riesgo; pero sabe también que Dios mismo ha querido entrar en su dolor, experimentar nuestra angustia, pasar por la agonía del espíritu y del desgarramiento del cuerpo. La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima y lo vuelve válido para la eternidad”.
A diferencia del mundo actual, Dios nos ofrece la posibilidad de alcanzar la plenitud de la vida y la salvación final, tomando la propia cruz y siguiendo al Crucificado. Por eso decía la mujer al cardenal Ángelo Comastri que “era feliz”, a pesar de que su mundo estaba circunscrito a una cuna y a la fragilidad extrema.
Sí, es cierto: tal vez puede haber un momento de rebeldía de nuestra parte; a veces nos pasa. Pero, una vez recuperados, debemos descubrir lo que se gana con la cruz que nos ha tocado llevar y ser felices en el amor.
Cuando al padre José Luis Martín Descalzo le anunciaron que su riñón dejaba de funcionar y entraba en una etapa difícil de diálisis, quiso verlo desde la fe. Fue para él un “primer latigazo del dolor”, como lo llamó. Pero escribió sobre ese momento crucial, que acababa de partir su vida en dos:
“El ángel del dolor visitó en noviembre mi casa.
Era hermoso y radiante.
Era hijo de Dios. Era, aunque no lo creáis, el más alegre de cuantos conocí.
Entró por mis jardines y acarició mi sangre.
Riéndose, cortó una de mis alas de trabajo y de prisa,
pero dejó intactas las ilusiones y el coraje.
Me dijo:
‘Ahora empieza la segunda parte de tu vida,
gemela de la otra, aunque algo tartamuda.
Vive, no gastes tus horas en hacerte preguntas.
Reordena tu escala de valores.
Pon en primera fila la amistad
—tras de la fe, se entiende—
y recuerda que Dios es bueno,
que el hombre es mucho mejor de lo que cree,
que el mundo está bien hecho
y que vas a vivir hasta los topes
el gozo mientras vivas,
porque resulta
que el ángel del dolor y el de Belén son el mismo’”.
El padre Martín Descalzo tiene razón: el ángel del dolor nos visitará tarde o temprano. Dependerá de nosotros si lo aprovechamos para desapegarnos de las cosas; si podemos ofrecerlo por los demás; si nos ayuda a ser más resistentes y nos purifica de toda ganga adherida con el correr de los años; si nos permite recordar que en esta vida vamos de paso; y si descubrimos el valor de la amistad y nos rodeamos de amigos verdaderos.
Cristo crucificado es la “sabiduría de Dios”, como dice san Pablo, y nosotros podremos ser más sabios si tomamos nuestra propia cruz y seguimos al Señor (cf. Mt 16,21-27).
Así es, hermanos: la cruz tiene sentido si la vemos desde el amor y si la tomamos siguiendo a Cristo Jesús. Solo así se deja a un lado la rebeldía y se empieza a vivir en confianza.
Solamente en esta dimensión de fe y de amor podrá el ser humano dimensionar su vida y ofrecer, como dice san Pablo, “a ustedes mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en eso consiste el verdadero culto” (cf. Rm 12,1-2).
Alguna vez les hablé de Nino Salvaneschi, quien regresó a la fe el día que perdió la vista. Fue después de quedar ciego cuando se dedicó a escribir, a instancias de su esposa, quien lo impulsaba a traducir sus experiencias.
El libro que resume esa experiencia lleva por título Consolación: pequeño en tamaño y en número de páginas, pero grande en contenido. Las últimas páginas las dedica a agradecer y pedir a Dios fortaleza y fe:
“Alguna vez, vacilando por el cansancio, andando a tientas en la oscuridad, siento el deseo de caer para no levantarme más. Pero luego digo: en la hora de mi pena, haz que yo oiga tu voz; y si ella me es anunciada por un alma cercana, haz que no traicione la amistad o blasfeme del amor; y si el dolor me hiere un día, haz que en la tempestad comprenda tu palabra, ¡oh Señor!
Y por no haber rechazado la prueba; por no haberme rebelado contra mi suerte ni haber maldecido el amor; a pesar de los errores y pecados que me han acompañado a lo largo del camino; a pesar de las tentaciones y los recuerdos que me han asaltado por la espalda para hacerme caer en el fango; por el esfuerzo hecho para levantarme y caminar; por las palabras de consuelo que a nadie he negado; por una sola señal de bondad que haya podido dar; en la hora de mi muerte, cúbreme, Señor, con tu misericordia”.
Amén.















