Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Ha cambiado tanto, y de qué manera, el comportamiento y, por ende, la estructuración de los colombianos, que la noticia y las consecuencias de la caída parcial o total de no menos de 70 iglesias en Caldas, Risaralda y Valle apenas si andan perdidas en el polvero que dejaron los derrumbes.
Para 1921, cuando se presentó otro terremoto casi que en el mismo cuadrante geográfico, los titulares del periódico Relator, diario liberal que publicaba en Cali el señor Zadwasky, acogieron en casi todas sus páginas fotografías de las distintas iglesias de Cali que habían sido semidestruidas por el sismo, desde San Francisco hasta San Nicolás.
Cuando el terremoto de 1979, recuerdo que era yo concejal de Cali y candidato a la Asamblea, y fuimos en comisión a ver los daños en el santuario del Ecce Homo de Ricaurte y en las iglesias de la cabecera municipal de Toro y del corregimiento de San Pacho.
Con el sismo del 10 de agosto, el balance eclesiástico es atronador y hace pensar mucho, no en la magnitud vivida, sino en las razones que pueden haber precipitado que en las diócesis de Cali, Buga, Cartago, Pereira y Manizales se hayan presentado un poco más de seis docenas de iglesias afectadas. Algunas de ellas, como la de Vijes, ya han sido derruidas.
La misma suerte van a correr las iglesias de Calima-Darién, Andalucía, Bugalagrande y tres templos de Cartago, encabezados por el de San Francisco.
Ya en los pueblos no mandan los curas. Ya el epicentro de la vida parroquial no está en las iglesias. Pero, sobre todo, la escala de valores humanos ha sido modificada casi que totalmente.
La comunidad se apareció solidaria a dar la mano, con mercados y utensilios, a todas las víctimas. Las donaciones han sido multimillonarias para los focos intervenidos. Para las iglesias no se recogen ni limosnas y, como ya las campanas no volvieron a tañir, la fe de los cristianos alcanza apenas para ayudar al prójimo, no para las iglesias de Dios.















