Perdonar setenta veces siete: sanar el corazón para construir la paz – Mensaje Misionero Dominical

P. Omer Giraldo R. MXY

Por: P. Omer Giraldo Ramírez, MXY

Te ofrezco mi saludo fraterno desde la capilla del Seminario San Juan Eudes de la Diócesis de Jericó. Un saludo muy especial para monseñor Diego Luis Rendón, nuevo obispo de esta diócesis. Cuente siempre con nuestra oración.

Me llama poderosamente la atención una enseñanza que encontramos en la primera lectura de este domingo:

«Piensa en tu final y deja de odiar».

Es interesante constatar que cuando una persona guarda odio en su corazón, termina permitiendo que la ira, el resentimiento y las heridas afecten profundamente sus relaciones con los demás.

Por eso, la Palabra de Dios nos invita a pensar en el final de nuestra existencia como una oportunidad para revisar nuestra manera de vivir. Recordar que nuestra vida es limitada puede ayudarnos a sanar las heridas y abandonar todo rencor que permanezca en nuestro corazón.

Evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó:

«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?»

Jesús le respondió:

«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

Entonces Jesús les propuso esta parábola:

«El Reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. Al comenzar, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones para pagar la deuda.

El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. El señor tuvo compasión de aquel servidor, lo dejó marchar y le perdonó la deuda.

Pero, al salir, aquel servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios. Lo agarró y le exigía: “Págame lo que me debes”. Su compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.

Pero él se negó y lo hizo encarcelar hasta que pagara lo que debía. Al ver lo ocurrido, sus compañeros quedaron consternados y fueron a contarle al señor todo lo sucedido.

Entonces el señor lo llamó y le dijo: “Siervo malvado, toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”

Y el señor, indignado, lo entregó hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con ustedes mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

Al reflexionar sobre este pasaje del Evangelio de san Mateo, podemos preguntarnos por qué Pedro necesita saber cuántas veces debe perdonar.

La respuesta puede estar en nuestra propia experiencia. La convivencia cotidiana no siempre es fácil. En la familia, con los vecinos, en el trabajo y dentro de nuestras comunidades surgen malentendidos, diferencias y conflictos. Algunas veces, incluso por asuntos pequeños, nacen enemistades que terminan deteriorando nuestras relaciones.

Si no aprendemos a relacionarnos con madurez, podemos permitir que una diferencia se convierta en resentimiento y que el resentimiento termine transformándose en odio.

Jesús nos ofrece una respuesta que el cristianismo ha procurado vivir desde sus comienzos: el perdón.

Cristo mismo murió perdonando a quienes lo crucificaban y orando al Padre:

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

¿Cuántas veces debemos perdonar a quien nos ofende?

Humanamente tendemos a establecer límites. Después de varias heridas podemos optar por el rechazo, responder con agresividad o devolver una ofensa aún mayor. Así comienza una cadena que termina convirtiendo los conflictos personales en verdaderas guerras dentro de nuestras relaciones.

Por eso, la pregunta que debería inquietarnos hoy es muy concreta:

¿Cómo estoy viviendo mis relaciones humanas?

¿Cómo vivo con mi familia, mis vecinos, mis compañeros de trabajo y las personas de mi comunidad cristiana?

También debemos prestar atención a una actitud cada vez más frecuente en una sociedad individualista: «Yo no me meto con nadie y que nadie se meta conmigo».

Puede parecer una manera tranquila de vivir, pero el Evangelio nos propone algo mucho más exigente: aprender a encontrarnos con el otro, convivir con sus diferencias, superar los conflictos y reconstruir las relaciones cuando han sido heridas.

Por eso Jesús responde:

«Setenta veces siete».

No está proponiendo una cantidad matemática de veces que debemos perdonar. Nos está hablando de una actitud permanente de misericordia.

Podríamos decir que una señal profunda de madurez cristiana es haber aprendido a perdonar y a sanar los brotes de odio, ira y resentimiento que puedan aparecer en nuestro corazón.

Y quizás esta sea una de las mejores maneras de prepararnos para el final de nuestra existencia.

Una persona reconciliada consigo misma, con Dios y con los demás puede devolverle su vida al Señor en paz, porque aprendió durante su existencia a no guardar odios ni rencores y comprendió que Dios es un Padre de misericordia.

Como nos recuerda el Salmo 102:

«El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia».

Quiero recordarles también que los Misioneros Javerianos de Yarumal estamos celebrando el camino hacia los cien años de nuestra fundación, que cumpliremos el 3 de julio de 2027.

Es una profunda alegría poder decir que, en nombre de la Iglesia colombiana, continuamos enviando misioneros más allá de nuestras fronteras para ser testigos del Evangelio de la reconciliación y de la paz que nos dejó nuestro Señor Jesucristo.

Que esta semana tengamos la valentía de revisar nuestro corazón, sanar nuestros resentimientos y aprender a perdonar como también nosotros hemos sido perdonados.

Una bendecida semana para todos.

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