Por Aldrin García Balvín – Director de Totus Noticias
Hay momentos en los que uno comprende que nada de lo vivido ha sido casualidad. Los caminos recorridos, las personas encontradas, las puertas que se abrieron y hasta las etapas difíciles comienzan a revelar un propósito. Hoy siento que muchas piezas de mi historia empiezan a encontrarse y que mi vida está tomando un nuevo rumbo: poner mis dones al servicio de la Iglesia por medio de la comunicación y la evangelización.
Mi vínculo con la Iglesia comenzó cuando apenas era un niño. En 1993, a mis nueve años, conocí al padre Clímaco Abel Millán González, nuestro querido “Pacli”. Él me acercó al altar, me integró al grupo de acólitos, me preparó para recibir la Primera Comunión y se convirtió en maestro, formador, amigo y figura paterna. Tal vez entonces no alcanzaba a comprenderlo, pero aquellas enseñanzas estaban sembrando una semilla que muchos años después comenzaría a dar nuevos frutos.
En el altar aprendí que servir no consiste en ocupar un lugar importante, sino en entregar lo mejor de uno incluso cuando nadie está mirando. Allí descubrí el valor de la disciplina, la responsabilidad, la fe y la comunidad. Pacli no solo me enseñó oraciones o normas litúrgicas; me mostró, con su cercanía, que la fe también se comunica con los gestos, con la escucha y con la manera de acompañar la vida de los demás.
Después llegaron otros sacerdotes, religiosos, formadores y amigos que fueron dejando su huella. Algunos permanecen cerca; otros ya partieron. Cada uno, desde su personalidad y su ministerio, aportó algo a mi camino. Incluso sus exigencias, sus correcciones y aquellas conversaciones que en su momento no entendí completamente terminaron ayudándome a descubrir capacidades que yo mismo todavía no reconocía.
La comunicación también llegó a mi vida como vocación. El periodismo, el diseño, la publicidad, la radio, las redes sociales, la producción audiovisual y la escritura no han sido únicamente herramientas profesionales. Con el paso del tiempo comprendí que podían convertirse en instrumentos para servir, formar, acercar, inspirar y llevar esperanza. Dios no me permitió aprender tantas cosas para guardarlas en una carpeta ni para utilizarlas solamente en beneficio propio.
A Dios no puedo devolverle todo lo que me ha dado como quien paga una deuda. La gracia no se compra ni se compensa. Pero sí puedo agradecerle haciendo que mis capacidades produzcan algo bueno en la vida de otros. Puedo ofrecer mi creatividad, mi voz, mis conocimientos y mi experiencia para ayudar a que el mensaje de la Iglesia llegue más lejos, se comprenda mejor y toque el corazón de quienes hoy buscan una palabra de sentido.
Amo la comunicación pastoral porque no consiste simplemente en diseñar piezas bonitas, transmitir celebraciones o publicar mensajes religiosos. Es mucho más: es construir puentes, escuchar a las comunidades, contar las historias que muchas veces permanecen invisibles y traducir el Evangelio a los lenguajes de nuestro tiempo sin vaciarlo de su verdad. Comunicar pastoralmente es hacer cercana una Iglesia que acompaña, sirve, consuela y también sabe interpelar.
Servir a la Iglesia tampoco significa renunciar al criterio ni guardar silencio ante aquello que debe mejorar. Precisamente porque la amo, deseo ayudarla a comunicar con mayor claridad, humanidad, transparencia y profesionalismo. La comunicación pastoral no puede limitarse a llenar redes sociales: debe crear encuentro, fortalecer la comunión y ayudar a que cada mensaje conduzca a una experiencia auténtica de fe.
Siento una gratitud profunda hacia los sacerdotes, comunidades y personas que han creído en mis capacidades y me han permitido ponerlas al servicio de sus misiones. Cada oportunidad ha sido también una confirmación: cuando alguien confía en nuestros dones, no solo nos entrega una responsabilidad; muchas veces nos ayuda a descubrir el lugar hacia el cual Dios está orientando nuestra vida.
Hoy me siento feliz. No porque tenga resueltas todas las preguntas ni porque el camino esté completamente trazado, sino porque comienzo a reconocer con mayor claridad hacia dónde quiero dirigir mis pasos. Deseo que mi vida, mi trabajo y mi manera de comunicar tengan cada vez más sentido. Si Dios me concedió el don de comunicar, quiero convertirlo en servicio. Si la Iglesia ayudó a formar al niño que fui, hoy quiero poner al servicio de su misión al hombre y al profesional que soy.
Quizá este nuevo rumbo no comenzó ahora. Tal vez empezó hace muchos años, junto a un altar, bajo la orientación de Pacli y de tantos sacerdotes que sembraron en mí sin saber cuándo llegaría la cosecha. Hoy aquella semilla vuelve a hablarme. Y quiero responder con gratitud, con responsabilidad y con la certeza de que comunicar la fe no es simplemente una parte de mi trabajo: es una manera de entregar mi vida.















