Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Nos amenazaron tanto con que El Niño iba a ser monstruoso que terminamos por acostumbrarnos a los mapas de temperaturas del Pacífico y por creer que los modelos meteorológicos resultarían tan equivocados como los pronósticos climáticos, pese a la ayuda de la inteligencia artificial y de los adelantos satelitales que ahora se tienen.
Pero está llegando y se siente con tanta fuerza en las regiones colombianas y ecuatorianas donde advirtieron que azotaría, que ya mencionan que es la misma maldición sobre la cual, en Caral, los precursores de los incas de hace 5.000 años sembraron la tradición verbal y arqueológica.
En Colombia, donde todavía caen algunos aguaceros, la sequía de El Niño se está volviendo como las noticias de las guerras de bandoleros, guerrillas y paracos que se sufrían en provincia, mientras que en Bogotá y en la Costa ni se enteraban.
Salvo que se adelante el programado apagón del oriente, paralelo a las operaciones de mantenimiento de El Guavio y Chivor, y que los bogotanos y los bumangueses sufran el inminente racionamiento, El Niño puede pasar tan desapercibido como pasaron los pájaros de El Cóndor para los habitantes del resto de Colombia.
El termómetro de que la sequía de El Niño se nos vino encima lo dan tres mediciones comparativas del río Cauca. En Hidroituango, donde el río tiene un promedio de 1.597 metros cúbicos por segundo, apenas llega hoy a 250 y la hidroeléctrica funciona a media marcha. En Olaya, donde el promedio es de 1.580 metros cúbicos por segundo, apenas llega a 323.
Y ni se diga de La Pintada o de la bocatoma del acueducto de Cali, siempre tan perentoria y apostando a que la sequía les permita tratar el agua o a que el racionamiento de energía no los obligue a apagar el bombeo del 93 % del agua que consume la capital del Valle.
La esperanza está en que algún día volverán las lluvias. Pero ¿ya estará el país entero, con sus gobernantes a la cabeza, preparado para resistir la maldición precolombina que se nos vino encima?















