Defender a Uribe y al Centro Democrático no es sabotear a Abelardo: es exigir coherencia y respeto por las urnas.
Por Aldrin García – Director de Totus Noticias
En Colombia basta con que el presidente Álvaro Uribe Vélez defienda una posición para que se active la fábrica de titulares tramposos. Ahora pretenden vendernos que, después de cuatro años de oposición frontal a Gustavo Petro, Uribe se habría convertido en aliado del Pacto Histórico para “acabar” con Abelardo de la Espriella. Hay mentiras que requieren creatividad; esta, además, exige amnesia. Defender al Centro Democrático no es conspirar contra el nuevo Gobierno, sino impedir que la colectividad que enfrentó al petrismo termine convertida en un simple invitado de piedra.
La disputa es clara: el Centro Democrático, con 17 senadores, es la segunda bancada más grande y la principal fuerza parlamentaria de la derecha. Por eso postuló a Honorio Henríquez para presidir el Senado. Abelardo, por su parte, respalda a Alfredo Deluque, del Partido de La U, una bancada mucho menor. El presidente electo puede sugerir un nombre, pero no es propietario del Congreso. La independencia de poderes no puede defenderse durante la campaña y archivarse después de ganar.
Paloma Valencia resumió el reclamo con una frase contundente: “No le estamos pidiendo al ministro Lara que nos regale la Presidencia del Senado, le estamos pidiendo que respete la decisión de millones de colombianos que votaron por el Centro Democrático y que lo convierten en la bancada de derecha más grande del Legislativo”. Tiene razón. El partido superó los tres millones de votos y pasó de 13 a 17 senadores. Esos votos no pueden servir para derrotar al petrismo y después tratarse como si no pesaran.
También es necesario comparar trayectorias. Mientras Honorio Henríquez mantuvo la línea de oposición del Centro Democrático frente a las reformas tributaria, pensional, de salud y la denominada Paz Total, Deluque votó favorablemente la tributaria, la Paz Total, el Plan Nacional de Desarrollo, el presupuesto y otras iniciativas del Gobierno Petro; además, estuvo ausente en la votación de la pensional. En la regulación del cannabis para uso adulto también votó afirmativamente, argumentando que defendía las libertades individuales. Son decisiones legítimas, pero políticamente reveladoras.
Deluque se define como un “opositor racional” y tiene derecho a defender su historial. Sin embargo, también Uribe puede preguntar por qué el primer Congreso de un gobierno elegido para desmontar el petrismo debería ser presidido por alguien que acompañó varias de sus banderas. Lo verdaderamente extraño sería entregar la Presidencia del Senado a una bancada de ocho curules mientras se le pide a la de 17 que aplauda obedientemente. Eso no es concertación: es aritmética maquillada con conveniencia política.
Tampoco existe prueba de una alianza entre el Centro Democrático y el Pacto Histórico. Gabriel Vallejo, director de la colectividad, negó que se hayan buscado o sostenido negociaciones con el petrismo. Uribe afirmó que no ha hablado con Petro y consideró inconveniente reunirse con él en este momento. Convertir una legítima aspiración parlamentaria en una supuesta conspiración contra Abelardo es una manera bastante burda de exigir sumisión disfrazándola de unidad.
Si el Pacto Histórico decide votar por Honorio para propinarle una derrota a Abelardo, esa será una estrategia del Pacto, no una conversión ideológica del uribismo. En una votación parlamentaria ningún candidato puede escoger quién deposita su nombre. Una coincidencia circunstancial no equivale a una alianza programática. De ser así, también tendrían que acusar a Deluque de aliarse con la izquierda, pues él mismo ha reconocido conversaciones con sectores de oposición para buscar apoyos.
Yo voté por Abelardo en segunda vuelta porque Colombia necesitaba impedir la continuidad de Petro e Iván Cepeda. Quiero que su Gobierno tenga éxito, recupere la seguridad, reactive la economía y defienda la empresa privada. Precisamente por eso resulta inconveniente que algunos de sus voceros quieran comenzar una guerra contra el partido que sostuvo durante cuatro años la resistencia democrática. Una coalición seria se construye entre aliados con identidad propia, no entre un jefe que ordena y unos subordinados que obedecen.
En medio de esta pelea, Uribe pronunció una de esas frases que resumen una coyuntura completa: “Si el tigre va a rugir contra nosotros, nos toca proceder como las abejas”. El rugido puede dominar titulares, pero las abejas construyen, trabajan, se organizan y defienden la colmena. Abelardo conquistó la Presidencia con una campaña arrolladora, pero el Centro Democrático no nació para convertirse en decoración del nuevo Gobierno ni para asistir silenciosamente a su propio desmantelamiento.
Que el Tigre ruja contra el crimen, el narcotráfico, la corrupción y los desastres dejados por Petro. Allí encontrará al uribismo trabajando a su lado. Pero que nadie utilice ese rugido para atacar la colmena, desconocer su representación o repartir anticipadamente sus liderazgos. Algunos declararon terminada la era de Uribe justo cuando su partido creció hasta alcanzar 17 senadores. Curiosa manera de desaparecer: fortaleciéndose en las urnas.
La derecha no puede regalarle al Pacto Histórico el espectáculo de una guerra entre sus principales liderazgos. Abelardo y Uribe deben conversar directamente, sin estrategas incendiarios ni cortesanos interesados en profundizar la división. El nuevo presidente no necesita un Congreso de bolsillo, sino una coalición sólida; y el Centro Democrático no necesita regalos burocráticos, sino respeto por la decisión de millones de colombianos.
Defender hoy a Álvaro Uribe no significa atacar a Abelardo. Significa recordar que la lealtad no exige silencio, que acompañar no es someterse y que los votos también conceden legitimidad. Si el Tigre ruge para defender la patria, encontrará millones de abejas trabajando con él. Pero si algunos pretenden rugir contra la colmena, harán bien en recordar una vieja lección de la naturaleza y de la política: las abejas son laboriosas y pacientes, pero cuando las atacan, también saben picar.












