Sexto Domingo de Pascua: Dar Razón de Nuestra Esperanza

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Por: P. Omer Giraldo R. MXY

Sexto domingo de Pascua. Ya se acerca al final de este maravilloso tiempo pascual que nos ha llevado a hacer memoria, de una manera muy especial durante todos los tiempos litúrgicos del año que tiene la Iglesia Católica, de la Resurrección del Señor.

La próxima semana tendremos la celebración de la Ascensión del Señor y, dos semanas después, la gran fiesta de Pentecostés, cuando celebramos los 50 días después de la Resurrección.

En la segunda lectura de esta dominica, el apóstol Pedro, en su primera carta, nos invita a estar dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza. Y agrega el apóstol Pedro: “con delicadeza y con respeto”.

Esto fue lo que hicieron los primeros discípulos cuando se vieron obligados a salir de Jerusalén a raíz de la persecución después de la muerte de Esteban, cuando fue asesinado y Saulo de Tarso, que era un jovencito, fue testigo de aquel asesinato.

Después de la muerte del protomártir, salieron hacia muchas regiones, especialmente a la región de Samaría, en el norte.

Escuchemos entonces ahora el texto del Evangelio de este domingo, el sexto de Pascua, tomado del Evangelio de San Juan en el capítulo 14:

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
‘Si me aman, guardarán mis mandamientos y yo le pediré al Padre que les dé otro defensor que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la verdad.
El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen porque vive con ustedes y está con ustedes.
No los dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán y vivirán, porque yo sigo viviendo. Entonces sabrán que yo estoy con mi Padre, ustedes están conmigo y yo con ustedes.
El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama. Y al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él’”.

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Nos narra la primera lectura de hoy, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, que Felipe, uno de los siete diáconos, se fue a la región de Samaría con otros discípulos de su comunidad, donde anunciaron el Evangelio de Jesucristo y dieron razón de su fe en el Resucitado, como hoy nos insiste San Pedro.

Nos dice el libro de los Hechos que bautizaron a muchos en el nombre del Señor Jesús. Después de esto, cuando los apóstoles que estaban todavía en Jerusalén recibieron esta noticia, se fueron también a Samaría para confirmarlos en la fe y bautizarlos en el nombre del Espíritu Santo, imponiéndoles las manos, como fue costumbre desde el principio del cristianismo.

Así, la Iglesia naciente sale de Jerusalén a evangelizar primero al pueblo samaritano, que hacía parte de los paganos para los judíos de toda la zona norte, y luego para anunciar el Evangelio a todas las naciones, como lo dice el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles en el capítulo primero:

“Serán mis testigos en Jerusalén, Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”.

Como cantamos bellamente en el himno misionero.

Esta cadena ininterrumpida del envío misionero durante más de 20 siglos, y ya caminando en el siglo XXI, llega hasta nosotros hoy. También nosotros, tú y yo, somos discípulos misioneros y estamos llamados a contarles a otros la razón de nuestra fe, la razón de nuestra esperanza, en medio de una sociedad encerrada muchas veces en la desilusión y con poca esperanza.

Hoy más que nunca el Señor nos invita a contarle a otros por qué creemos. ¿Por qué creo? ¿Por qué tú y yo creemos? ¿Por qué esperamos? ¿Por qué amamos? ¿Por qué perdonamos?

No podemos ocultar nuestra verdad, sino que debemos comunicarla, incluso aunque tengamos que sufrir la adversidad o la incomprensión.

Justamente este Evangelio que acabamos de escuchar, en el capítulo 14 de San Juan, nos invita a la confianza. Nos llena de confianza porque es el mismo Jesús resucitado, antes de su Ascensión al Padre, quien nos dice:

“No los dejaré huérfanos, no los dejaré desamparados. Volveré. Les dejaré el Espíritu de la verdad”.

“El mundo no lo verá, pero ustedes sí lo verán”.

Culmina este pasaje diciéndonos Jesús que:

“El que acepte mis mandamientos y los guarde, ese me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él”.

Esta es la unidad maravillosa que hacemos nosotros como cristianos, testigos de la Resurrección del Señor. Hacemos una unidad con Él, el Hijo del Padre, y nosotros, hijos en el Hijo con el Padre, pues Él está en el Padre y el Padre está en Él.

Vivir este misterio debe producir en nosotros una profunda alegría en el Espíritu Santo, sobre todo en esos momentos de persecución y de incomprensión.

Yo quiero recordarles que, como cristianos, estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza y es por esto que debemos estar prestos para la oración y la reflexión, muy especialmente durante este tiempo del mes de mayo, cuando en nuestro país, Colombia, nos aprestamos para la celebración de la primera vuelta presidencial el próximo 31 de mayo.

Estamos llamados como cristianos a orar y a reflexionar. Colombia, nuestra amada patria, vive momentos difíciles y debemos, por lo tanto, votar con responsabilidad, pensando en el futuro que comienza ya. Desde ahora mismo estamos construyendo nuestra nación.

Y como cristianos debemos evitar que Colombia caiga en una ideología dañina, una ideología destructiva de nuestra tradición cristiana como pueblo. No podemos permitir que nuestra patria caiga en el abismo, como lo advertía nuestro venerable Miguel Ángel Builes, obispo de Santa Rosa de Osos durante la primera mitad del siglo XX, hasta el año 1971 cuando falleció.

Él nos invitaba a ponernos alerta, porque no podemos caer en el abismo. Esta profecía de Monseñor Builes sigue hoy vigente.

Los misioneros javerianos de Yarumal, fundados por este gran obispo misionero Miguel Ángel Builes, acogemos a muchos jóvenes que deseen madurar con nosotros su vocación misionera y ser enviados a muchos pueblos y culturas del mundo donde aún no se conoce el Evangelio de Jesucristo resucitado.

Que así sea.

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