Por: Pbro. Miguel Ángel Ramírez González
Jesús respondía a los fariseos a la pregunta de si había que pagar impuestos, distinguiendo muy claramente lo que es de Dios y lo que es del mundo. Para un judío de la época de Jesús, pagar los impuestos al César era signo de colaboración y traición al pueblo escogido. Los fariseos querían tomar a Jesús en una actitud colaboracionista con los romanos, si respondía que sí se debían pagar esos impuestos; o acusarlo ante los romanos en caso de decir que no debían pagarse los impuestos, poniéndose así de parte de los revolucionarios “zelotas”. Pero Jesús responde no solamente a esa pregunta en forma directa, sino que abre un horizonte sobre la opción humana más importante: una cosa es Dios, y otra cosa muy diferente es el mundo.
Con todo, la historia humana así lo certifica, no ha querido aceptar esta distinción y más bien hemos querido mezclar ambas realidades. Por ejemplo, algunos cristianos de la antigüedad quisieron llevar al extremo el rechazo del mundo viviendo un desapego total de la creación, como algo sucio o malo, de modo que de allí surgiría un rechazo a la sexualidad, que ha llegado hasta nuestros días (que se trataba de una forma muy sutil de neoplatonismo y gnosticismo). Era la “fuga mundi”. El peligro de esa actitud fue que condujo a actitudes de rechazo de la creación y que considerara todo, hasta la sexualidad, como realidad pecaminosa. Fruto de ello tuvimos el jansenismo en siglos pasados. Hoy hemos dado el viraje a lo opuesto: rechazamos las cosas de Dios y asumimos las cosas creadas, pero como absolutos. Es un peligro igualmente grave. Debemos recordar las palabras de Jesús: a Dios lo que es Dios y al César (al mundo) lo que es del César (Mt 22, 15-21).
Doy un paso más todavía. Creo que el cristiano verdadero debe ir descubriendo día a día, paso a paso, el lugar central que Dios debe ocupar y, desde Dios, acercarse al mundo, para admirarse de lo que existe de bueno y verdadero, pero también para emitir un juicio crítico de lo que el “mundo” quiere ofrecer.
Luego de eso, debemos centrar la vida de fe en el mandamiento fundamental que Cristo pide, la del amor de caridad hacia el prójimo y uno mismo. Es verdad, esta es una forma de expresar el mandamiento supremo del Evangelio: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Es decir, no se nos pide olvidar a los demás, ni que el mundo sea visto como algo negativo, sino que debemos partir desde Dios para poder amarlos adecuadamente. La vida humana es el paréntesis temporal donde aprendemos a usar la libertad para el amor o el egoísmo, y donde decidimos el lugar que Dios debe tener en nuestras vidas.
Pasarán los años, y la vejez deberá ser la expresión de esa “vuelta a Dios”, dándole a Dios lo que es de él, es decir la vida misma, en actitud de agradecimiento, y ofreciéndoles los frutos obtenidos.
Leí alguna vez una imagen de la vida humana como el sol que va dando la vuelta a la tierra, haciendo que, al paso de las horas, la sombra se vaya alargando. Cuando las sombras se alargan, ya pasó el mediodía y la noche se acerca. Ese es el momento para que pensemos en la forma en que usamos el día (la vida), si lo usamos bien o lo desperdiciamos, considerando, en cualquier caso, que lo que ya se fue no volverá nunca.
La juventud se vive bajo la consigna del futuro, del hacer, de los proyectos y los sueños. La vida madura y la vejez invitan a la reflexión sobre la vida que se ha vivido. La juventud ya pasó y no volverá. Para el anciano, la oscuridad se acerca inexorablemente. Es el momento de asumir la conciencia de que la existencia humana en el tiempo es irrecuperable. Puede aparecer el terrible peligro de la pesadumbre por lo que hicimos o dejamos de hacer; puede aparecer la tentación de caer en la maraña de remordimientos y lamentaciones que nos entristezcan, nos atemoricen y nos paralicen.
A Dios gracias, somos cristianos y sabemos que, dice san Pablo, Dios nos ha elegido (1 Tes 1-5) y hemos venido a esta vida por un designio de amor. Nacimos a la vida porque fuimos amados. La vida es el regalo del Amor y el amor la flor que debe florecer en la vida. Pensemos un poco y digámonos: Dios me creó al amarme, y me amó al crearme. Por lo que mi vida debe de convertirse siempre en una acción de gracias en respuesta a ese don maravilloso. Somos, cada uno, una persona única, con destino propio y sin posible repetición. Cada uno recibe un nombre que lo distingue de los demás, en la familia y en la sociedad. Pero este nombre terreno no es otra cosa que el reflejo de algo misterioso e inefable que es el Nombre que Dios pronunció al crearme, al hacerme su hijo, al hablarme a mi conciencia y darme un largo rosario de días de vida. La vida es, pues, esa oportunidad que Dios brinda para hacerme conocer su Nombre y llenarme de él, pues su nombre es Amor. Y dice san Juan que el que ama, conoce a Dios y su vida ha alcanzado la plenitud.
Pero estamos inmersos en el tiempo y sabemos que lo que pasó ya se ha ido, es pasado. Sin embargo, la fe nos dicta que, aunque el tiempo no regresa, el pasado tiene remedio. ¿Suena extraño?
Tenemos nuestra historia personal, con sus éxitos y fracasos, heroísmos y bajezas, sensatez y estupideces. Eso ya pertenece al pasado, pero su significado eterno se lo podemos dar en este momento. Nuestra libertad, que es la posibilidad que tenemos de amar, puede convertir al tiempo en su servidor. Tenemos la posibilidad de hacer de nuestra vida, cualesquiera que haya sido, un triunfo en el momento en que lo deseemos. Basta con dar a los hechos, ahora pretéritos, el signo del amor, y colocarlos bajo la luz de la misericordia de Dios.
Debemos reconocer que, si las diversas peripecias de mi vida fueron lo que fueron, hoy puedo transformar mi pecado en arrepentimiento y conversión; transformar mis fracasos en humildad, mis errores en experiencias, mis estupideces en reflexión, mis bajezas en gestos de amor y de servicio. Nunca debemos encerrarnos en un sentimiento enfermizo de culpa, sino de abrir la propia culpa delante de Dios para que él supla el amor que fue pobre o estuvo ausente. El mayor criminal puede estar hoy en el Paraíso, si a través de las lágrimas y el arrepentimiento ve el rostro del Crucificado. La vida más inútil y apagada puede transformarse en un himno de gratitud y de entusiasmo cuando se le acepta como es, y cuando, del resentimiento pasa a la confianza que da el perdón.
Dar a Dios lo que es de Dios es aceptar esta vida, esta historia, estas debilidades y transformarlas por el Amor de Dios en algo nuevo y vivificante. Nuestra vida es pedestal de gloria si la corona el amor. Pasarán los años, las sombras se irán haciendo cada vez más largas, pero ¿estamos creciendo o hundiéndonos? Si dimos solamente al mundo crédito, ¿no sería bueno dar ahora a Dios lo que se merece y a nosotros la oportunidad de este regreso que llamamos conversión?
Tenemos que agradecer la vida y devolver multiplicados los dones que Dios nos dio desde el día que abrimos los ojos a esta vida. Tenemos que devolverle a Dios lo que es de Él: la vida y su amor. Pero, recordemos, él espera que regresen a sus manos fecundados, multiplicados, transformados.
No es malo envejecer, ni estar enfermo, ni haber sido gran pecador toda la vida y ahora converso. Para todos Jesús tiene un lugar en la casa del Padre. Nos pide solamente humildad, fe y confianza de que Él cumple lo que promete. ¿Recuerdan el pasaje del evangelio de san Juan, cuando Jesús les dice que se adelanta para preparar una “habitación” a cada uno en la casa del Padre? Con una ternura sin igual dice: “voy a prepararles un lugar… volveré para llevarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes” (Jn 14, 2). La vida ha sido un viaje, al final, cansados y empolvados, llegamos con la cosecha de días transcurridos, de amores vividos y, sobre todo, con la confianza de llegar a Dios, pues Él será nuestro destino y nuestra casa.
Repito, a Dios hay que darle lo que es de él, y esto es una vida, pero que sea al final una vida cargada de frutos de amor y buenas obras, que es lo que Dios espera.
Hoy podemos decir nuestra ofrenda en el ocaso mediante un poema enfocado en la oración constante de la edad madura, transformando los recuerdos y las arrugas en una ofrenda de gratitud.
Señor, te doy mis pasos más lentos,
el blanco manto que cubre mi cabeza,
el corazón que descansa en tu certeza
y este silencio libre de lamentos.
Te entrego las historias cosechadas,
los frutos, los fracasos, las heridas;
todas las horas que me diste en vida
quedan en tu presencia resguardadas.
Ya no pido el vigor de la mañana,
ni la prisa del joven caminante;
prefiero ser el árbol que, constante,
da sombra con su copa soberana.
Tómame todo, Dios, en este ocaso,
mi tiempo es tuyo, mi memoria es vana;
sé tú mi roca fuerte y mi mañana,
mi luz eterna en el último paso. Amén















