Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
No estoy de acuerdo con quienes, en Cali y Pereira, prefieren gastar energías valiosas en encontrar a los probables responsables de las construcciones que se vinieron abajo por el terremoto. Aceptemos que nos equivocamos todos: los que construyeron en zonas advertidas, los que empujaron las licencias por los riachuelos de la corrupción y los que, si no sabiendo, por lo menos mirando, no advertimos que en esos terrenos no debería construirse.
En Cali debería pensarse en qué hacer con ese terreno maldito de la cuenca del río Cañaveralejo, que escondieron entre tubos y pavimentos. En Pereira, en dejar de defender ese vano orgullo de haber construido la ciudad con convites sobre el terruño y abrirse a la expansión más allá de las cañadas que alimentaron el Otún, ahora que el aeropuerto se vino abajo.
En Cali debería decirse claramente de cuál magnitud son las grietas o presuntas fallas estructurales que el informe municipal encontró en la estatua del Señor de los Cristales y tratar de repararlas a tiempo.
En ambas ciudades se debería tener memoria y no anaqueles del olvido. Nadie había hecho en Cali historia, ni en tesis de grado, ni en libros ni videos, sobre el terremoto de junio de 1925 que registró el periódico Relator y que causó tantos daños como el de principios de mes.
Tampoco está el registro comparativo de los tres terremotos del siglo XX en Pereira ni la descripción, en un mapa, de las áreas afectadas en uno y otro.
Y como a esa falta de cometimiento se le une una mayúscula dosis de terquedad que le impide a Cali desmontar el MIO y recoger la idea del alcalde Cobo de un tren central que vaya de Yumbo a Jamundí y tenga ramales de alimentación desde los cuatro puntos cardinales.
A Pereira tampoco se le esconde la terquedad cuando, ni sobre las ruinas del aeropuerto Matecaña, aceptan la idea de usar el Santa Ana de Cartago, a solo 12 kilómetros del hoy aporreado.
El futuro no se consigue ni encontrando culpables ni aferrándose a las terquedades.















