Por: P. Miguel Ángel Ramírez González
Leo Buscaglia, el popular psicólogo americano, reconocido por sus libros y conferencias, estaba convencido que el amor y la fe son los pilares más importantes para construir la vida de una persona. Y tiene razón, si tenemos un corazón “sabio e inteligente”, como se lo concedió Dios a Salomón, entonces sabremos orientar nuestras vidas de forma correcta, a pesar de estar navegando en medio de tormentas.
Leo Buscaglia relató una experiencia familiar que le marcaría para toda su vida. La llamaba “la miserable comida” familiar; una comida que preparó su madre después de una noticia devastadora para la familia.
“Papá llegó a casa una tarde, nos reunió a todos y nos dijo que su socio se había escapado con todo el dinero, y que él iba a la bancarrota. Al día siguiente, mi madre salió a vender algunas joyas y, cuando mi padre volvió a casa, todavía destrozado; volvimos también nosotros pensando qué íbamos a comer ese día, pero nos encontramos con un banquete increíble. Fue como un banquete de Navidad.
Nuestro padre estaba totalmente desconcertado. Miró a su esposa y le preguntó ásperamente con su acento italiano: “Pero, ¿qué pasa?, ¿te has vuelto loca?”. A lo que ella respondió: “Es ahora cuando necesitamos estar alegres. No la semana que viene”.
Con esto la familia comenzó a reaccionar inmediatamente. Leo, que aún era muy joven, se propuso salir a vender periódicos. Su hermana decidió trabajar horas extras, y el señor Buscaglia se sintió con ánimos de volver a empezar todo de nuevo. El ambiente cambió totalmente, desde la tristeza a la decisión de luchar de nuevo y no darse por vencidos. Todo gracias a la sabiduría de la señora Buscaglia.
Y añadía Leo que esa lección de su madre le serviría toda la vida, no solamente porque entendería el valor de la familia, sino que le enseñó que había cosas más grandes en la vida, que son como los pilares de la felicidad; Leo los enumera: la familia, el poder amarse entre ellos, y un Dios que siempre los acompañaba. Esa mujer tenía la sabiduría que hace vivir una vida feliz y plena, y no la actitud que muchos de nosotros tenemos respecto a los bienes materiales y a las crisis que se llegan a presentar. Así había orado Salomón (1 Re 3, 5-13): “por eso te pido que me concedas sabiduría de corazón, para que sepa gobernar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal. Pues sin ella, ¿quién será capaz de gobernar a este pueblo tuyo tan grande?”
Salomón le pedía a Dios saber conducirse con los otros de manera correcta y honesta, a lo cual Dios le dice que, por no haber pedido larga vida, o riquezas, ni siquiera justicia, sino un “corazón sabio e inteligente”, le concedía la sabiduría para vivir su vocación de rey de Israel. Como dato extra, a Salomón le empezará a ir mal cuando se aleja de la fe, adorando a dioses extraños, traídos por sus esposas paganas.
Y creo que Jesús en el Evangelio determina el objetivo para el buen uso de la recta “sabiduría”, y esta es, que la debemos usar en la búsqueda del Reino de Dios. Y es verdad, al colocar a Dios y su Reino como meta del vivir, es cuando logramos dar sentido a la vida y obtenemos la fuente de la dicha; es la razón por la que Pablo afirma que “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (cf. Rom 8, 28-30).
Un profesor de seminario nos decía que el Evangelio no hay que aprenderlo de memoria, como los protestantes, sino de corazón; es decir, tenemos que volver el evangelio vida, pues al hacerlo, el Reino se va construyendo. La mamá de Leo Buscaglia le enseñaba a su familia que hay cosas más valiosas que el dinero. En una situación de riqueza, de salud, de éxito, siempre nos alegramos, pero ¿cómo reaccionamos cuando se pierden? ¿Qué hacemos cuando la riqueza mengua o tenemos que jubilarnos? ¿Qué hacemos cuando sobreviene una enfermedad grave? ¿Cómo reaccionamos cuando ya no somos tan exitosos como cuando éramos jóvenes? ¿Con cuánta frecuencia le decimos “te amo” a las personas cercanas a nosotros? Casi siempre reaccionamos con ira, con depresión, con envidia o simplemente con tristeza, porque no buscábamos la gloria de Dios y su Reino, nuestro corazón estaba en otro lado; más bien nos duele perder los ídolos que adoramos.
La búsqueda del Reino de Dios no significa rechazar o despreciar a las cosas buenas de la vida, pues no es una maldición el comer, el amar, ni el trabajar para tener una vida honesta. Es más bien un NO contentarse con estas realidades, un NO quedarnos ahí, sino ir más allá y no dejar que nada nos esclavicen. Por algo Jesús llegó a afirmar que debemos luchar por el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se nos dará por añadidura. Y Jesús no se refería a ese “todo” como cosas que se nos iban a dar, ni que nos sacaríamos “la lotería”, sino que el “todo” de Jesús es la salvación y la felicidad total del hombre, la alegría de la vida y el gozo de saberse vivo y amado por Dios…
La “sabiduría” que regala Dios es descubrir la necesidad que tenemos de su Reino. Pero, si la sabiduría verdadera es buscar el Reino de Dios, nos preguntamos: ¿qué es, pues, el Reino de Dios? La sevillana Cristina González Alba señala que “El Reino de Dios es esa verdad tan profunda que sólo cabe en un cuento”.
Es cierto, por eso Jesús lo explicaba con cuentos o parábolas. Cristina explica que “el Reino de Dios, en su plenitud, es el Cielo, la eternidad, la vida que Dios tiene preparada para los que le aman. Esa gloria de Dios que, como dice San Pablo, ni ojo vio ni oído oyó, ni cabe en ninguna mente humana.
El Cielo, ahora, es inaccesible para nosotros. Después de la muerte, cuando resucitemos a la eternidad, viviremos para siempre en el Reino de Dios, lo veremos con nuestros ojos y lo oiremos con nuestros oídos. Pero, por ahora, es algo incomprensible. Su cumplimiento pertenece al futuro, por eso Jesús nos manda que, en nuestra oración, pidamos a Dios que venga su reino.
Y aunque es algo que se consumará en el futuro, como señala Cristina, ya podemos probar en esta vida el Reino, el cual debemos pedir en la oración y luchar por establecerlo. Dice Cristina:
“Sin embargo eso no significa que el Reino de Dios sea algo independiente de nuestra vida terrena. Que el Reino esté allí, y nosotros aquí. Nada de eso. Durante nuestra vida todos estamos llamados a construir aquí y ahora el Reino de Dios, a forjarlo, a llevar la presencia divina a todos los rincones de la tierra, a disfrutar de algún modo de los bienes y tesoros del cielo. A ir probando, por decirlo de alguna manera, de los manjares del banquete que Dios ha preparado para los que le aman.”
El Reino es promesa, presencia y destino, razón por la que Jesús usa imágenes para poder explicarlo: El “tesoro escondido”, “la perla valiosa”, “los peces buenos” quieren traducir esa realidad llamada Reino de Dios. Y, aunque es promesa de futuro, el Reino de los cielos es la realización de la misma vida de Dios en la vida diaria de cada uno de nosotros. La paz, el gozo profundo, el no darse por vencidos, el perdón, el valor frente a las pruebas, … son expresiones de esa presencia de Dios en el corazón humano. Es por eso por lo que los santos verdaderos nunca fueron ni ricos ni poderosos, pero sí fueron felices… eran “sabios”.
Ahora bien, recordemos que quien construye y crea el Reino es solamente Dios, nosotros únicamente “colaboramos” y nos dejamos llevar por su corriente santificadora, o lo rechazamos. Construir el Reino implica esfuerzo, desprendimiento y lucha, que Jesús expresa con las ideas de “venderlo todo” para comprar lo que vale de verdad. Tenemos que aprender a dar sentido correcto a las cosas materiales, y también estar atentos sobre la actitud que tomamos cuando estas nos son quitadas o las perdemos, como en el caso de la familia Buscaglia.
Las crisis económicas, la vejez, la enfermedad, los problemas familiares, las dificultades personales podrían ser buenos si nos ayudan a descubrir que lo que habíamos buscado, en un momento fueron realidades necesarias, pero descubrimos que no son indispensables. Si tenemos la sabiduría de Dios, las crisis que nos llegan pueden servirnos para entender que en la vida hay cosas más valiosas.
Volviendo a Leo Buscaglia, en sus libros y conferencias reiteraba los frutos de la sabiduría que había aprendido en su familia, bajo el cuidado sabio de su madre, y el desinteresado trabajo de su padre. Buscaglia acuña frases muy sabias, que he ido espigando de sus libros, como, por ejemplo:
- “A mi no me preocupa la muerte porque estoy demasiado ocupado viviendo.”
- “Cuando un hombre posee amor ya no se encuentra a merced de fuerzas más poderosas que uno mismo, porque él mismo se convierte en una fuerza poderosa.”
- “Cuando nos aferramos al dolor terminamos castigándonos a nosotros mismos.”
- “Aprender a doblarse (como las plantas ante el viento), es mejor que quebrarse.”
- “Tengo la firme convicción de que lo contrario del amor no es el odio sino la apatía.”
- “El mundo es un tapiz sin terminar, y solamente uno mismo puede llenar ese minúsculo espacio que es suyo”
- «Con demasiada frecuencia subestimamos el poder de un saludo, una sonrisa, una palabra amable… todo lo cual tiene el potencial de cambiar una vida.»
- «Un maravilloso descubrimiento será el día en que descubras que eres único en todo el mundo.»
- «El amor siempre abre los brazos. Si cierras los brazos al amor, te darás cuenta de que solo te estás abrazando a ti mismo.»
Esas frases son un ejemplo de cosas prácticas de cómo vivir sabiamente la vida, que es una forma elemental para construir el Reino de Dios. Por eso debemos pedir la sabiduría del Evangelio, que es Cristo, y la fuerza del Espíritu Santo para vivir según la voluntad del Padre.
Debemos buscar y pedir el Reino de Dios, sabiendo que tenemos los pilares fundamentales para encontrarlo: tenemos a Dios y nuestra fe en Él, tenemos una familia a quien amar y por la cual luchar, y tenemos todavía algunos días más para vivir, colaborando en la construcción del Reino de Dios.












