Entre la senadora y un sibarita

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Por: Martín Cardona Mendoza

En el año 2022, muchos colombianos votaron por una expectativa; en 2026, muchos de ellos votarán contra una frustración. Aun así, las urgencias del candidato Cepeda Castro, reencarnación del petrismo para hacer prevalecer el cambio que no fue, consistían en dos propósitos clave: ganar la Presidencia en primera vuelta y, de ser fallido ese esfuerzo, buscar a toda costa, en la segunda, contender a De la Espriella y vencerlo con más facilidad.

Quien es responsable de esta nota de opinión, mis colegas abogados Juan Esteban Galeano Sánchez y Jorge Mario Pérez Solano, y los congresistas Katherine Miranda Peña y Hernán Darío Cadavid, impedimos que Cepeda Castro fuera a una segunda consulta popular el 8 de marzo y logramos, solo con el poder que da la valentía ciudadana, propiciar que el Consejo Nacional Electoral revocara la inscripción a una segunda consulta popular; así lo dejó consignado la máxima autoridad electoral en la Resolución de Sala Plena número 0799 del 4 de febrero de 2026.

Si a Cepeda Castro se le autoriza esa participación, hubiera obtenido por lo menos 8 millones de votos en esa consulta y hoy estaría imbatible para ganar la primera vuelta el 31 de mayo con aproximadamente el 52 % de los votos.

Como lo insinué atrás, vino el plan B de la izquierda radical: dividir las dos tendencias antipetristas, sembrar el caos, mantener coherencia extrema en el discurso y sostenerse en los números para llegar a segunda vuelta con mediana holgura y, eso sí, procurar a toda costa enfrentar en el balotaje al abogado sibarita.

Existe un punto de quiebre determinante para que ella, la respaldada por el jefe de la oposición y la única que encarna su legado, se imponga en votos al sibarita: si la ciudadanía se percata de que solo ella está en condiciones de frenar el proyecto comunista en Colombia, obteniendo la votación suficiente en primera vuelta que le permita, bajo el esquema del necesario voto útil, ser mentada popularmente como jefe del Estado el 21 de junio próximo.

A ella, la senadora, se le critica porque, en el fervor de la campaña, insinuó que propondría a su mentor como ministro de Defensa; a él, el sibarita, se le celebró como buen gesto que hubiera propuesto a Uribe como su fórmula vicepresidencial, la que incluso le ofreció a su hijo Tomás.

Debe saberse que la ley no prohíbe que un expresidente de la República pueda ser designado ministro de Estado, pero la Constitución sí proscribe que quien, en cualquier tiempo, haya sido presidente de la República no puede ser fórmula vicepresidencial.

El gesto de la senadora es gratitud de alta pureza; el del sibarita, que siempre se ha movido entre las corrientes del oportunismo, el arribismo y la convalidación mediática, no es más que una de sus pilatunas para ganar adeptos y parecerse a quien tanto admira y de quien no obtuvo su respaldo.

Ella estuvo en todo el proceso de selección hasta lograr la nominación como candidata presidencial en la consulta del 8 de marzo; a él se le pidió que participara, pero solo le apetecía la modalidad de encuesta, no la de consulta voto a voto.

Ella, por su intensa labor congresional y un ejercicio frontal de la oposición, está lista para asumir la Jefatura del Estado, dirigir la fuerza pública y disponer de ella como comandante suprema de las Fuerzas Armadas; él, reservista de segunda clase, reduce su discurso a un penoso y pueril saludo militar que hace parte de su artificial candidatura.

Y asunto bien delicado: ella, conforme al artículo 188 de la Constitución Política, tiene claro que está lista, como presidenta de la República, para ser símbolo de la unidad nacional; él ya tiene dicho que los congresistas son unos pusilánimes y que los partidos no existen, no los necesita.

Quien promete actuar así no se sabe cómo gobernará y, de un sablazo, rompe con la tridivisión de poderes, clásico esquema, moderno aún, ideado por Montesquieu en El espíritu de las leyes.

Ella, la senadora, se distingue por sus exquisitos modales públicos y privados; del sibarita conocemos ya sus repugnantes comportamientos públicos; solo imagínense los privados.

Votaré por ella, no porque sea mujer ni por plegarme a esa manida frase de que es el momento de las mujeres. Lo haré por la senadora Paloma Valencia porque está lista para hombrearse con quien sea en la conducción del Estado.

Ella siempre —y aposta utilizo el adverbio de frecuencia “siempre”— para significar que ha estado fiel a los principios en que ha edificado su patriotismo y el amor por Colombia.

El sibarita, obvio, es elegante; seguramente conoce Tratado de la vida elegante, de Balzac, pero muchas veces sus estridencias reflejan la pobreza del indumento que lleva por envoltura.

Ella asegura, con el conocimiento que tiene del Estado, solidez institucional y defensa democrática de la división de poderes públicos; él, que ya canceló el órgano legislativo porque no requiere de los partidos políticos, puede estar listo también para cooptar las altas cortes judiciales.

En fin, es mejor ella que él porque Paloma Valencia Laserna es la única que asegura un triunfo en segunda vuelta. No es aritmética básica; es ingeniería electoral, espectro en que no siempre las sumas y las restas coinciden.

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