X Domingo de Tiempo Ordinario
Por: P. Miguel Ángel Ramírez González
¿Cuántas veces le hemos rezado a Dios por algún problema que tenemos o por la salud de un ser amado? ¿Cuántas veces hemos pedido salir bien de una cirugía, o que regresemos con bien de algún viaje? Pero, también, ¿cuántas veces hemos visto que el enfermo por quien pedimos no se alivió, sino que murió finalmente?, o ¿aquella ocasión cuándo recibimos la noticia de que los análisis que nos mandamos a hacer resultaron mal, a pesar de haber rezado a Dios por los buenos resultados?, etc. ¿Qué pasa?, nos preguntamos, ¿es que oramos mal?
Decimos que creemos en Dios, pero no lo hacemos responsable de las tragedias de la vida; sabemos que él quiere la justicia y la equidad, pero sabemos que no siempre se logran en este mundo y menos en este país. ¿Qué hacemos normalmente cuando le pedimos a Dios que algo salga favorable y no sucede? ¿Creemos que alcanzaremos lo que pedimos si hacemos aquella novena o rezamos tantos rosarios, o encendemos tantas veladoras? Y si no logramos lo que pedimos, ¿nos sentimos culpables, indignos, o simplemente creemos que Dios no gusta escuchar nuestras plegarias?
Imaginemos la mente y el corazón de un niño ciego o tullido a quien le hemos contado las historias piadosas donde suceden milagros. Historias de personas que rezaron y se curaron milagrosamente. Imaginemos a ese niño rezando esa noche con toda la sinceridad e inocencia de su edad, pidiendo a Dios que lo haga sano como todos los demás niños. Y después imaginemos su dolor, su enojo contra Dios y contra aquellos que le platicaron esas historias porque no se curó; o, peor aún, se enojará contra sí mismo pensando que, por alguna razón, no es amado por Dios o digno de que Dios lo cure. ¿Le diríamos que Dios prefirió dejarlo como estaba porque eso era lo mejor para él?
En mi ministerio sacerdotal, platicando con la gente, muchos han llegado a la conclusión de que Dios no les concede lo que pedían por diversas razones:
- Algunos dicen que se debe a que no lo merecían,
- Otros porque no habían rezado lo suficiente,
- Los piadosos dirán porque creen que Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene,
- Los más secularizados dirán porque Dios no escucha las oraciones, pues es alguien demasiado ocupado,
- El ateo clamará que Dios no existe,
- Algún agnóstico dirá que Dios no funciona, y propone que buscamos medios alternativos.
Tal vez en el fondo no sabemos lo que es realmente creer en Dios (tener fe) y cómo debe ser la oración en nuestra vida.
Por supuesto, no podemos negar que en ocasiones suceden cosas extraordinarias. Algunos tumores malignos desaparecen misteriosamente; hay pacientes incurables que se recuperan, y los médicos mismos dicen que se trata de un milagro de Dios. Compartimos nuestro agradecimiento por ese hecho, pero no podemos saber por qué hoy muere esa o aquélla otra
persona; no entendemos por qué aquélla otra fallece en un accidente de auto mientras que sus acompañantes apenas y recibieron algunos golpes. Pero sería falso decir que Dios escuchó la oración de uno y la del otro no.
Si sucede un milagro, tenemos que alabar a Dios, no cabe duda, pero no creer que se logró el milagro porque oramos bien, o que pasen cosas malas porque oramos mal.
¿Tenemos que pedir milagros? Sí, pero el milagro empieza desde la propia interioridad de cada hombre (como le pasó a Mateo). Desde nuestro modo de ver al mundo y actuar en él, desde nuestro modo de parecernos a Cristo y actuar como él actuó. Por el modo de esperar en Dios, contra toda desesperanza. San Pablo explica a la Iglesia de Roma de una manera sencilla la actitud del hombre de fe verdadera con el ejemplo de Abraham: “Ante la firme promesa de Dios no dudó ni tuvo desconfianza, antes bien su fe fortaleció y dio con ello gloria a Dios, convencido de que Él es poderoso para cumplir lo que promete” (Rm 4, 20-21). Para Pablo, Abraham actuó en confianza y fe totales, y aunque las cosas NO estaban claras en su camino, puso su corazón en Dios y en su promesa, pues Dios cumpliría en su momento lo prometido.
Hay que aprender a tener fe para saber cómo orar, pues la oración se fundamenta en la fe. Algo que sabemos muy bien es que, conforme maduramos y crecemos en la fe, la oración va cambiando poco a poco. Permítanme relatar otra historia de la Biblia que me parece un ejemplo ilustrativo. Son dos oraciones del mismo personaje, pero con una distancia de 20 años. Esta historia la encontramos en el libro del Génesis, en el capítulo 28.
Jacob es un hombre joven que ha dejado la casa familiar, después de haber discutido con su padre y de haberse peleado con su hermano. Viaja a pie por la tierra de Arám para ir a casa de su tío Labán. Asustado, sin experiencia, avergonzado por lo que ha hecho en su casa y con temor por no saber lo que le vendrá en la casa de Labán, dice una oración propia del joven inmaduro: “Si Dios me acompaña en esta aventura, me protege, me da alimento para comer y ropa para cubrirme, y si regreso a salvo a la casa de mi padre, entonces el Señor será mi único Dios. Le dedicaré un altar y destinaré un décimo de todo lo que gane para Él.”
Se trata de la oración de un joven asustado, que no tiene la menor idea de cómo le irá y tiene miedo; por lo mismo, se le ocurre la idea de “sobornar” a Dios para que le ayude y lo proteja. Quiere convencer a Dios de que vale la pena protegerlo y hacerlo prosperar; hasta le promete un altar y algunos dineros si hace que le vaya bien. En ese momento está convencido que la oración debe de ser así creyendo que así se asegura la protección divina. Se parece a la oración de algunos de nosotros que le prometemos a Dios que, si nos va bien en el examen o en los estudios médicos, iremos entonces a Misa todos los domingos, iremos a bailar a Chalma y, de remate, le prenderemos una veladora a la Virgen en San Juan de los Lagos o a san Juditas. No digo que está mal proponerse cosas así, ¡hagámoslas!, sino que debemos entender que la bendición de Dios no se compra y la oración no debe ir por este sentido.
Pero la historia continúa. Jacob se queda 20 años en la casa de Labán. Se casa con las dos hijas de Labán y tiene muchos hijos. Un día, ya hombre maduro y con experiencia,
toma todos sus bienes y decide regresar a su antiguo hogar. Llega entonces a la orilla misma del río que había cruzado veinte años antes. Siente nuevamente ansiedad y miedo. Teme el recibimiento de su hermano que amenazó matarlo. Y entonces se pone a rezar; pero ahora es una oración muy diferente (cap. 32): “Dios de mi padre Abraham y de mi padre Isaac, no ofrezco las bondades que has derramado sobre mí. La última vez que crucé este río sólo tenía un bastón en mi mano, y ahora poseo dos campamentos. Líbrame de mi hermano Esaú, pues le temo… Pues fuiste tú quien dijiste: haré de tu descendencia una multitud incontable, como las arenas del mar”.
Jacob ya no intenta negociar con Dios, ni le presenta una larga lista de pedidos. La oración de la madurez es diferente, es como si dijera: Dios no tengo derecho a pedirte nada, ni nada que ofrecerte. Ya me has dado más de lo que merecía esperar. Solamente hay un motivo por el que recurro a ti: TE NECESITO. Mañana veré a mi hermano y tengo que enfrentarlo y no estoy seguro de salir adelante sin TI; acompáñame.
¡Qué cambio! Jacob no le pide que aleje a su hermano Esaú, que merme su fuerza o borre mágicamente su memoria. Sólo le pide que le ayude a tener menos miedo, que le de luz para poder enfrentar el peligro y que siga con la historia de su pueblo.
Esta es la oración que Dios espera y escucha. Tenemos que aprender a pedir valor, fortaleza para soportar lo insoportable, gracia para seguir caminando en la vida a pesar de los tropiezos, amor más profundo para poder perdonar, luz para decidir lo que es correcto, la fuerza del Espíritu para alejarnos del vicio… Y cuando oramos así, de repente notamos que aparece una fortaleza increíble, surge valor para seguir luchando y empiezo a perdonar a alguien que me parecía imposible perdonar. Nuestras oraciones nos ayudaron a encontrar reservas escondidas de fe y valor que no parecía estar disponible con anterioridad, permitiendo a la gracia de Dios actuar en el sentido de su voluntad.
Ya me imagino que en sus cabezas está girando la pregunta: ¿entonces qué y cómo hay que orar? Empecemos con lo fundamental, con la oración que es modelo de todas, pues Jesús les dijo a los apóstoles que cuando oraran debían decir “Padre nuestro”, y allí expresó todo el significado de lo que es orar y cómo debemos hacerlo. Cuando el filósofo español, Manuel García Morente regresó a la fe, aquella noche en París cuando sentía que su mundo se derrumbaba, lo primero que quiso hacer fue orar, y quiso recordar el Padre Nuestro, y como un niño que está en oración, recordó la oración aprendida en la infancia y que casi no recordaba. Pero, dice el Padre José María Cabodevilla que a veces nos sucede en la oración como a las monedas que, de tanto usarlas, se borra la efigie1. Seguramente esa oración la hemos dicho miles de veces, pero ya no somos conscientes de lo que decimos. Por eso, recordemos que en las Misas se nos dice, antes del rezo de Pater, que “… nos atrevemos a decir”. Sí, es un atrevimiento decirle a Dios: “Padre”. San Juan Crisóstomo decía: “¡Oh, Señor, dígnate concedernos que con alegría y sin temeridad osemos invocarte a ti, Dios de los cielos, como a Padre, y que digamos Padre Nuestro…”.
Si volvemos la mirada a esta oración, entendemos no solamente cómo orar, sino que descubrimos qué debemos pedir. Hermoso es descubrir que se inicia la oración dándole a Dios un nombre bendito, reconociéndolo en su grandeza pues, dice Cabodevilla que el Padre Nuestro, es “la carta de identidad del cristiano es un documento de filiación”. Ya en el Antiguo Testamento se llegó a llamar a Dios Padre, pero se usaba la fórmula “Abbi”, como título solamente. Pero Jesús usa la palabra “Abbá”, tal como lo hace el niño al dirigirse a su progenitor. Luego del título, se reconoce nuestra fragilidad y nuestra nada frente a Él, pues decimos que su nombre es “santo”, que Él es trascendente y fuente de todo don, en especial del Reino que viene a nosotros. Y como gozne de la oración afirmamos que queremos cumplir su voluntad, sea esta la que sea, para luego pasar a pedir el pan o sustento, que nos perdone con justicia y que el mal no nos venza en nuestro caminar.
Y si no fuera suficiente, el puente que nos deja es Cristo mismo, quien lleva nuestra oración al Padre, y a través de Él derrama todas sus gracias para nosotros. Por eso decía san Juan el apóstol que la vida eterna es conocer al Padre en Cristo, por el Espíritu Santo.
Atinadamente señala Cabodevilla que al orar se ejercita la fe pues “la fe es un dejarse inacutar por el Dios en quien se cree, admitir su intrusión en nuestra vida, aceptar cuanto hay de ruinoso y lastimador la fe lleva consigo: adoración desde el anonadamiento, expolio, desnudez, y con frecuencia el peor de los espectáculos, la contemplación desabrida de la propia miseria”.
Y luego, en uno de los mejores párrafos que he leído sobre la oración, dice Cabodevilla que “al orar, no sólo pienso en Dios, sino que pienso que Él está pensando en mí. No sólo creo en Dios, sino que creo que El también cree en mí. Mantengo su nombre como mi única fortuna, y mantengo ante Él mi nombre como mi única identidad, puesto que mi YO no tiene otra consistencia que ese tú que Él pronuncia cuando me nombra”.
Por eso san Pablo explica a los romanos que la fe es la llave que abre el corazón de Dios, y si se tiene fe-confianza, entonces Dios nuestro Padre puede realizar SU plan en nuestras vidas. Nos dice el apóstol que Abraham es el que espera contra toda esperanza. Es el hombre que, por su confianza y por su amor a Dios, sabía que en medio de la prueba al final estaría Él y entendía que su fe no era garantía de milagros, sino una lámpara que le permitía iluminar el camino. La descripción que hace el apóstol es por demás elocuente: Abraham ya es un hombre viejo, su cuerpo es débil, su esposa es estéril. En lugar de desesperarse, dice Pablo “antes bien su fe se fortaleció y dio con ello gloria a Dios, convencido de que él es poderoso para cumplir lo que promete” (cf. Rom 4, 18-25). Abraham confiaba en la palabra de Dios y su oración se ilumina por esa confianza.
Nosotros tenemos que aprender a orar así: si acontece el milagro de la salud repentina o la solución milagrosa del problema, bendito sea Dios. Pero tenemos que aprender a orar para pedir primero luz para decidir lo correcto, fortaleza para vencer los vicios, capacidad de amor, honestidad, firmeza para las decisiones, amor y misericordia en la reconciliación y, al final, una mayor fe. Recordemos las palabras de Cristo de que “no todo el que Dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino aquél que hace la voluntad de Dios”. Y sabemos que la voluntad de Dios es construir un mundo de paz, de justicia, de no violencia, de perdón, de no esclavitud a los vicios ni de muerte.
Y junto a la oración debemos vivir los sacramentos. Son el milagro de Dios para cada uno y la fuente de gracia para nosotros. Por ellos y en ellos podemos crecer en la fe y en la oración filial.
Orar es ponerse en sintonía con la voluntad de Dios, en la seguridad nacida de la fe de que Dios está más dentro de mí de lo que podemos imaginar, pues San Agustín lo había señalado diciendo que “Dios es lo más íntimo de mí”, y Jesús está muy presente en cada alegría de nuestra vida, llora con cada lágrima que derramamos, comparte cada dolor que nos lastima, pues Él es misericordia y el perfecto intercesor ante el Padre, así como el mayor don que podía darnos a cada uno. No olvidemos que él escucha nuestras oraciones, no porque seamos buenos, o justos, o guapos, sino porque somos pecadores: “Misericordia quiero y no sacrificio; porque no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.”
Falta un elemento más. Debemos orar siempre en y por Cristo. Al hacerlo, nos apropiamos sus méritos. Es orar con Cristo, haciendo nuestras sus intenciones. Es orar en Cristo, participando de su espíritu filial. Oramos por boca del Unigénito, y sólo así nuestras palabras suenan como es debido en los oídos del Padre. Al hacer y pedir todo en nombre de Cristo, dejamos que sea Él el que entre en nuestras vidas, para poder decir, como san Pablo: “Vivo, pero no vivo yo, Es Cristo quien vive en mí”.
Y al final de toda oración que hagamos, decir Amén. En hebreo “amén” es de la misma raíz que fe, fidelidad y confianza (Emuná). Decir “amén” es aceptar la verdad del mensaje, significa asumir sus consecuencias, significa alinearse con lo declarado es, sobre todo, decirle al Padre: “que se haga tu voluntad, no la mía”.
El Padre Charles de Foucauld compuso una oración que yo rezo siempre, en las buenas y en las malas, pues expresa de manera filial la confianza que Dios espera de nosotros. Decía Charles de Foucauld:
“Abba, me entrego en tus manos. Haz conmigo lo que te plazca.
Y sea lo que fuere que hagas, te lo agradezco. Estoy preparado para todo: acepto todo.
Que se haga tu voluntad en mí y en todas tus criaturas. No pido más que esto, oh, Señor.
En tus manos encomiendo mi espíritu.
Te lo ofrezco con todo el amor de mi corazón, Porque te amo, Señor,
y me entrego, me rindo en tus manos sin reserva, con absoluta confianza,
porque tú eres mi Padre.”














