Los ingratos también se toman selfies

Aldrin Garcia Balvin

Por: Aldrin García – Director de Totus Noticias

En Colombia, la ingratitud política casi siempre comienza con una fotografía. Primero buscan a Álvaro Uribe, lo abrazan, sonríen y dicen que es “el mejor presidente de la historia”. Después consiguen reconocimiento, votos o poder y comienzan a preguntar cuándo se va a jubilar. Antes presumían la foto como un trofeo; ahora la esconden como quien borra a una expareja porque ya encontró reemplazo.

Y digámoslo sin maquillaje: eso es una hijueputez política. No porque alguien esté obligado a obedecer eternamente a Uribe, sino porque muchos utilizaron su nombre, su popularidad y su respaldo mientras les convenía. Se montaron en el bus del uribismo para llegar lejos y, cuando consiguieron puesto adelante, intentaron lanzar al conductor por la ventana.

Uribe no es un santo ni necesita que lo canonicemos. Cometió errores y sus gobiernos dejaron controversias que deben discutirse. Pero negar su importancia sería falsificar la historia. En 2002 recibió un país aterrorizado por los secuestros, las pescas milagrosas y las guerrillas. Ocho años después, Colombia había recuperado buena parte de sus carreteras, las FARC estaban debilitadas y millones volvieron a viajar sin despedirse de sus familias como si fueran para la guerra.

Gracias a su respaldo llegaron ministros, congresistas, gobernadores, alcaldes y hasta presidentes. Mientras recibían avales, votos y cargos, Uribe era un estadista; cuando dejaron de recibir lo que querían, se convirtió en “un viejo aferrado al poder”. A muchos los principios les duraron exactamente hasta que dejaron de aparecer en la lista de invitados.

Ahora sucede con Abelardo de la Espriella. Durante años buscó la cercanía de Uribe, apareció a su lado y llegó a afirmar: “Soy más uribista que doña Lina”. La frase era contundente y muy útil para acreditarse ante la derecha. Pero ahora, desde su entorno, hablan del final de la era Uribe, de dinosaurios y de fósiles. Qué rapidez para pasar de ser más uribista que doña Lina… al carbono 14.

Abelardo tiene derecho a gobernar con independencia. Nadie eligió a un presidente de bolsillo. Pero independencia no significa ingratitud. Cuando Paloma Valencia perdió, Uribe reconoció la derrota, asumió la responsabilidad y pidió votar por Abelardo para impedir que Iván Cepeda llegara a la Presidencia. El Tigre ganó por una diferencia cercana a 250.000 votos. Decir que Uribe lo hizo presidente sería exagerado; negar que su respaldo ayudó sería miserable.

También aparecieron artistas, cantantes, influenciadores y políticos alrededor del nuevo poder. Todos rugiendo, todos “firmes por la patria” y todos buscando el mejor ángulo para la cámara. Tienen derecho a respaldar a Abelardo, pero algunos actúan como si la seguridad, la autoridad y la defensa de la empresa privada hubieran sido inventadas durante una reunión de mercadeo del Tigre. Ayer cantaban para Uribe; hoy desafinan cuando les preguntan por él.

No todo contradictor es ingrato. Quien siempre se opuso a Uribe tiene derecho a continuar haciéndolo. Los verdaderos ingratos son quienes construyeron sus carreras bajo su liderazgo, recibieron oportunidades y después renegaron de su origen. No es pensar diferente: es negar quién les abrió la puerta cuando todavía nadie conocía sus nombres.

A Uribe lo quieren jubilado porque todavía produce votos, recorre municipios, organiza su partido y se niega a regalar el Centro Democrático. Si estuviera callado en una hamaca, seguramente le organizarían homenajes. Lo que realmente les molesta no es su edad, sino que conserve más vigencia que muchos jóvenes que solamente consiguen ser noticia cuando lo atacan.

Uribe debe preparar nuevos liderazgos porque nadie es eterno. Pero renovación no significa demolición y autonomía no significa deslealtad. Pueden reemplazarlo, enfrentarlo o tomar otro camino; lo que no pueden es borrar las fotografías, los discursos y los favores recibidos. Las redes tienen mejor memoria que los políticos y siempre terminan mostrando el verdadero rostro de los ingratos.

Y como si la política quisiera ponerle una posdata a esta columna, el Senado acaba de recordarle a Abelardo que podrá mandar en la Casa de Nariño, pero el Capitolio no será su notaría. Honorio Henríquez, candidato del Centro Democrático, derrotó por 56 votos contra 45 a Alfredo Deluque, respaldado por el presidente electo. No existió una alianza entre el uribismo y el Pacto Histórico: el Pacto votó contra Deluque por sus propios motivos y esa coincidencia terminó beneficiando a Honorio. Las abejas de Uribe picaron al Tigre y se quedaron con la Presidencia del Senado.

El consejo para los abelardistas es sencillo: bájenle al ego, respeten la historia y no confundan una victoria electoral con poder absoluto. Porque una cosa es rugir desde la Casa de Nariño y otra muy distinta saber sumar votos en el Capitolio. Y que no se les olvide: hasta el tigre más feroz le corre a un panal de abejas cuando todas deciden picar.

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