LOS ABUCHEOS A EDER – Crónicas de Gardeazábal

Gustavo Álvarez Gardeazábal

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Si algo se ha dejado notar por estos días posteriores al espantoso terremoto es el repudio que la ciudadanía caleña le expresa a su alcalde, Eder, recordando todo lo que hizo para tener lista a Cali para la posesión de Abelardo y, muy especialmente, la perjudicial medida del día sin carro y sin moto.

Ahora, en cambio, dicen que lo mueve la inercia farandulera para enfrentar, con lloriqueos por radio, lo que vive Cali. No se lo ha visto convocando a la gobernadora, a las cabezas de los gremios ni a los concejales para comenzar un trabajo conjunto y constituir un Fondo de Reconstrucción que asuma las responsabilidades con espíritu cívico y generosidad patriótica.

Si pudimos hacerlo en 1999, cuando el terremoto de Armenia aporreó a varios municipios del Valle y, en menos de una semana, estaba funcionando una coordinación conjunta de funcionarios públicos y miembros de las fundaciones de auxilio, ahora él, y si no la gobernadora, deberían constituir ese Fondo de Reconstrucción.

Si ordenan e impulsan el censo de víctimas y daños y, con esa información, suplen las necesidades provisionalmente y después en firme, Cali y el Valle reaccionarían muy distinto a como lo están haciendo con abucheos y hasta pedreas cada que el alcalde aparece.

Lo mismo debería hacerse en Pereira y en el Chocó. Con llorar por la televisión, como lo hizo el alcalde Salazar de Pereira, o paralizarse cual estatua, como lo ha hecho el gobernador Patiño, no se asume la conducción en medio de la tragedia.

La conmoción que siente todo el suroccidente afectado por el terremoto no se va a calmar organizando teletones y espectáculos para recoger ayudas. Se requiere orden y gestión. Colaboración y generosidad. Y, sobre todo, imaginación para enfrentar los problemas que se han venido encima.

A muchos nos duele la muerte de seres queridos y nos aporrea el futuro por los inmensos gastos económicos que debemos hacer para recuperarnos, pero entre todos, y sin menos lágrimas, podríamos cicatrizar esos dolores y esas angustias.

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