La Iglesia no solo necesita comunicar más: necesita dejarse escuchar

Aldrin Garcia Balvin

Por: Aldrin García Balvin

Últimamente me han preguntado por qué he estado tan silencioso en las redes, por qué ya no hago videos o por qué me ven más alejado de la conversación política. “¿En qué anda Aldrin?”, me dicen. Hoy quiero contarles: estoy trabajando, aprendiendo y poniendo mis talentos al servicio de la Iglesia. Estoy feliz con este momento de mi vida, acompañando desde la comunicación pastoral al Vicariato Apostólico de Mitú, a la Diócesis de Jericó y al IMA – Instituto Misionero de Antropología.

En este tiempo he vuelto a una pregunta que atraviesa mi historia como periodista, publicista y comunicador: ¿para qué comunicamos? He dedicado años a las palabras, las imágenes y las estrategias; hoy encuentro un sentido profundo en ayudar a contar la vida de las comunidades y acercar sus historias a otros. Ese trabajo también me ha enseñado a escuchar más. Porque podemos publicar todos los días y llenar las redes de información, sin conseguir que alguien se sienta acompañado, comprendido o escuchado.

La reflexión sobre cómo comunica la Iglesia merece también un espacio en Colombia. Aquí tenemos una Iglesia que camina entre montañas, ciudades, ríos y territorios donde la presencia pastoral significa mucho más que una celebración. Hay comunidades para las cuales una parroquia, una misión o un sacerdote representan cercanía, esperanza y apoyo. Sin embargo, muchas de esas historias permanecen fuera de la conversación pública. A veces sabemos anunciar un evento, pero nos cuesta contar la vida que le da sentido.

No creo que la respuesta sea simplemente publicar más. Antes necesitamos preguntarnos a quién estamos hablando, qué estamos contando y cuánto conocemos de quienes reciben nuestros mensajes. La comunicación pastoral exige escuchar antes de escribir, acercarse antes de fotografiar y comprender antes de interpretar. Una comunidad tiene una voz, una memoria y una realidad que merecen respeto. Nuestro trabajo debe ayudar a que esa voz se escuche.

Lo digo desde mi experiencia, con sus aprendizajes y sus límites. Mi formación y educación con los salesianos dejaron en mí una sensibilidad por el encuentro, la educación y el acompañamiento. Aprendí a reconocer el valor de una palabra oportuna, de la presencia cercana y de los talentos puestos al servicio de los demás. Con los años he entendido cuánto de esa formación permanece en mi manera de mirar y comunicar.

Mi vivencia como religioso terciario capuchino también forma parte de ese camino. Fue una experiencia de formación y de vida pastoral que me acercó a distintas realidades humanas y me enseñó que servir implica salir de uno mismo. Aunque mi camino tomó después otro rumbo, aquello que viví sigue teniendo un lugar en mi historia. Hoy lo reconozco en mi servicio como laico y en la responsabilidad con la que quiero ejercer mi profesión.

También guardo un profundo aprendizaje de mi experiencia como comunicador de la Arquidiócesis de Santa Fe de Antioquia. Allí comprendí mejor la relación entre comunicación y misión pastoral. Ese tiempo me permitió crecer, conocer procesos y descubrir que mi trabajo podía ayudar a acercar la vida de la Iglesia a las personas. Fue una etapa de aprendizaje y de proyección de mi servicio como laico comunicador pastoral.

Hoy tengo la alegría de apoyar las comunicaciones de Mitú, Jericó y el IMA. Tres procesos con identidades y necesidades propias, que me invitan a aprender continuamente. Mi tarea requiere sensibilidad, criterio profesional y disposición para comprender qué necesita comunicar cada uno y cómo hacerlo con fidelidad a su misión. Cada realidad me enseña algo y me exige mirar más allá de una pantalla.

En Mitú, esa responsabilidad me lleva a mirar una Iglesia con rostro amazónico, ligada a sus comunidades, a sus culturas y a su territorio. Comunicar desde esa realidad exige reconocer que existen otras maneras de comprender el mundo, de expresar la fe y de construir comunidad. Hay que escuchar el territorio y permitir que quienes lo habitan tengan un lugar en lo que contamos.

En Jericó encuentro una historia de fe que sigue viva en sus parroquias, en sus comunidades y en tantos gestos cotidianos de servicio. Allí, la Madre Laura tiene un significado especial. Su vida invita a pensar una misión que se pone en camino, que se acerca y que aprende del encuentro con el otro. Su legado me recuerda que comunicar la fe también exige cruzar distancias, revisar prejuicios y reconocer la dignidad de cada persona.

En el IMA, Instituto Misionero de Antropología, encuentro una relación profunda entre educación, misión y reconocimiento de las culturas. Comunicar estos procesos supone mostrar el esfuerzo de quienes se forman, las realidades de sus comunidades y las posibilidades que abre la educación. Detrás de un programa, de una clase o de una iniciativa hay personas que buscan herramientas para servir mejor a sus territorios.

Estas experiencias me han reafirmado que la comunicación pastoral necesita profesionalismo. La buena intención debe ir acompañada de mensajes claros, imágenes cuidadas, planeación y responsabilidad al verificar lo que publicamos. Si queremos llegar a las personas, debemos conocer sus lenguajes y sus preguntas. También necesitamos evaluar nuestro trabajo y aceptar que algunas formas de comunicar requieren cambios.

Ese esfuerzo profesional encuentra su sentido en la cercanía. Me interesa contar una Iglesia que acompaña, educa, escucha y sirve; una Iglesia cuya presencia puede reconocerse en historias concretas. También una Iglesia capaz de escuchar preguntas difíciles y de conversar con quienes piensan distinto. Comunicar implica abrir espacios para ese encuentro y asumir con honestidad las realidades que debemos contar.

Hoy puedo decir que soy feliz sirviendo como comunicador pastoral en estos procesos. Lo digo con gratitud y con conciencia de todo lo que todavía debo aprender. Mi historia, mi formación y las experiencias que he vivido me han traído hasta aquí. Encuentro alegría en poner mis capacidades al servicio de una misión que me importa y en descubrir que mi trabajo puede contribuir al encuentro entre la Iglesia y las personas.

Quiero seguir caminando en Mitú, en Jericó, en el IMA y en los procesos que Dios me vaya mostrando. Con disposición para aprender y con el compromiso de comunicar con verdad, sensibilidad y cercanía. Quizá ahora comprendan un poco más en qué anda Aldrin. Estoy aquí, trabajando y sirviendo, convencido de que la Iglesia tiene mucho que contar, pero también mucho que escuchar.

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