Con hambre y con amor de Dios

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Por: Pbro. Miguel Ángel Ramírez González

Jorge Manrique y sus coplas han sido mis compañeras de viaje casi toda la vida. De vez en cuando las leo y re-leo para calibrar si he vivido la vida bien o no. ¿Las recuerdan? Dice una copla: «Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando…». Sin darnos cuenta, la muerte nos llega a todos, a “pobres y prelados”, dice Manrique. Y con una de las imágenes más fuertes en la literatura castellana, dice: «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / qu’es el morir; / allí van los señoríos / derechos a se acabar / e consumir…»

Sin embargo, debemos recordar que la vida es para vivirse y cumplir nuestra misión, no para huir de ella. No todos han tenido la suerte de entenderlo o vivirlo de este modo, así que buscan evasiones. Y, lo sabemos, existen muchas formas de evasión, algunas muy sutiles y otras destructivas. Pero algún día debemos entrar a lo más profundo de nuestro ser, y en soledad y bajo la mirada de Dios, revisar los valores que nos han movido.

Por desgracia los seres humanos tenemos una idea peregrina de lo que es vivir, reduciendo la existencia a un viaje por el que se debe pasar, y olvidamos que todos tenemos una misión. Por supuesto, cuando llegamos al fin, nos pasa como al personaje del evangelio que le dijo a Dios al iniciar la vida, “sí, Señor, seré bueno, haré muchas cosas, daré gloria a tu nombre, seré feliz”, pero llegamos a cierta edad en la que notamos que no lo hicimos, que no obedecimos (cf. Mt 21, 28-32). Claro, diremos que otros fueron los culpables y trataremos de justificar así nuestro fracaso en la vida.

El Padre José Luis Martín Descalzo dice que “lo único que realmente vale la pena en nuestras vidas es lo de dentro; que no hay ninguna riqueza que venga de fuera; que la única función en nuestras vidas es llenar y estirar nuestras almas. Lo único que al fin de cuentas eso que hoy tenemos tan olvidado: ‘la vida interior’”. Debemos revisar nuestra historia y, revisando nuestra “vida interior”, preguntarnos si hemos cumplido la voluntad de Dios en la vida al paso de los años o no.

Juan Ramón Jiménez escribió algo que es absolutamente elemental: «En la soledad no se encuentra más que lo que a la soledad se lleva». Es cierto: si has llevado vanidad y frivolidad, es vanidad y frivolidad lo que te encontrarás en la soledad. Si has llevado amor y Dios, será ese amor y ese Dios lo que podrás saborear al final en la soledad. Esta soledad en la que confrontamos nuestras vidas no es un anestésico o calmante que nos haga olvidar o atenuar el no haber vivido como debimos hacerlo. Al haber madurado y envejecido, hay que ir con las manos llenas a la soledad para que esa plenitud estalle en ella. Hay que llevar plenitud, hay que llevar deseo de vida, para que esa vida y esa plenitud alcancen cierto grado con el paso del tiempo. Y es en la soledad de la oración, donde Dios nos cuestiona y nos habla; y es en la soledad de nuestro interior donde mejor podemos evaluar nuestras existencias.

Les platico que en esta semana recibí el libro que había pedido por correo desde hace ya varios meses. Ya ni recordaba que lo había comprado. Con título adecuado a mi etapa de la vida, cuya autoría es de nada menos que Jean Mounbourquette, el mismo que mencioné en otra ocasión cuando hablé del perdón. Pues bien, el título de este libro es provocativo y necesario para mis años que llamo “de recapitulación”. Se llama: “El tiempo precioso del final”, y luego, como subtítulo: “elaborar el propio duelo”. Pensé que se trataba de un tratado místico, filosófico o psicológico, pero no, es una especie de “manual” para ir evaluando y corrigiendo cosas en la vida, antes de que llegue el fin. Al empezar el libro dice Mounbourquette: “Acabas de tomar conciencia del tiempo limitado que te queda por vivir. Poco a poco, la conciencia de tu muerte más o menos próxima se vuelve cada vez más presente en el horizonte de tu vida”.

Al leerlo me decía que la mayoría de los seres humanos preferimos simplemente existir, dejarnos resbalar por la vida, antes de descubrir, casi al final, lo que realmente fuimos y lo poco que construimos. Y me decía, que muchos llegaremos ante Dios, y nos daremos la gran sorpresa de no coincidir su juicio con lo que nosotros pensábamos que habíamos logrado ser. Este libro me está ayudando a tomar la linterna y un espejo para iniciar una espeleología del alma. Es decir, caminar por el alma y mirar cada rincón de mi historia y de mi caminar de tantos años. La imagen suena extraña, pero alguna vez hay que bajar al sótano de la vida y ver qué hemos ido guardando allí al paso de los años.

Creo que nunca es tarde para pedir a Dios la gracia de conocernos profundamente antes del fin, como a san Ignacio de Loyola, quien, siendo muy joven todavía, se le concedió poder valorar su vida y corregir rumbo hacia Dios. Ignacio empezó a revisar su existencia, cuando casi quedó inválido por el cañonazo que recibió en la pierna, y fue cuando pudo descubrir que llevaba 30 años en los que había estado huyendo de sí mismo; algo que, para un caballero de su época era una de las mayores infamias o villanías. Había olvidado lo mejor de su alma, había vivido dedicado a valores que, ahora hombre maduro e inválido, descubría que eran humo, llevando hasta ese día una existencia vacía, anquilosada y dormida su fe.

Otros llegamos arriba de los 50 sin saber realmente quiénes somos y lo que ha sido nuestra existencia. Para muchos de nosotros se podrían aplicar las palabras de san Agustín, cuando hablaba de sí mismo diciendo que la mayor parte de su existencia había estado “fugitivo de su propio corazón”.

Si en este mismo instante Dios midiera nuestras vidas, ¿cuántas decenas de años?, ¿cuántos decenas de meses, millares de semanas hemos dejado correr sin realmente vivirlos? José Luis Martín Descalzo preguntaba: ¿cuántos de esos años consideraríamos vivos, y cuántos simple hojarasca, tiempo mal gastado o perdido? Muchos, diremos que casi todos.

Ignacio de Loyola tuvo la dicha de escuchar la llamada de Dios, y entonces dio un giro a su existencia. El autor de la biografía de Ignacio nos dice cómo lo hizo: “rescatando las mínimas parcelas intactas de sí mismo, reforzándolas y orientándolas en nueva dirección energías no extinguidas de su espíritu, reestructurando la esfera de los noes al impulso avasallador de un nuevo ‘sí’”. Pero debemos saber escuchar los llamados de Dios, que pueden venir por medio de una tragedia, por una enfermedad, en la oración, o en la dirección espiritual. Y aunque por un tiempo nos negamos a obedecerlo, en un momento hay que retomar fuerzas y decirle también “sí”, que implicará cambios profundos.

De verdad, hermanos, todos tenemos todavía algunas parcelas intactas de verdad, esquirlas positivas de fe, y un poco de entusiasmo ante la vida bajo el inmenso peso de la mediocridad acumulada. Todos somos como el personaje del evangelio, que siendo niños habíamos dicho “sí” a la vida y a Dios, pero, pasando el tiempo, decidimos tomar rumbo según caprichos y deseos, no siempre acordes con el evangelio, volviéndose nuestra vida un “no” a la gracia y “sí” al mundo. Pero algún día debemos hacer examen de conciencia y valorar “el precioso tiempo final”. Para Ignacio fue la pérdida de sus sueños militares por la bala de cañón, pero en nuestro caso puede ser por algún otro motivo, o por el simple hecho de ver cercana la hora de cerrar el libro de nuestras vidas. Tal vez se preguntan ¿Cómo hacerlo? ¿de dónde sacaremos una luz y fuerzas para el cambio? ¿Cómo preparar la vida para el examen final? El primer paso se da hacia dentro y en silencio, revisando la vida, valorando los amores, calibrando los pecados y midiendo la fuerza de la fe en Dios y, luego de esto, pedir su gracia y su perdón. El resto será tarea de Dios, pues Dios ayuda al hombre que lo pide, pero no lo suplanta. Al final todo será obra suya, pero los primeros pasos son nuestros.

El Salmo 24 es el clamor del hombre que pide a Dios la oportunidad de la salvación; para nosotros se vuelve clamor: “Descúbrenos, Señor, tus caminos guíanos por la verdad de tu doctrina”, porque “tenemos en ti nuestra esperanza”. Más tarde dice: “indica a los pecadores el sendero, guía por la senda recta a los humildes y descubre a los pobres sus caminos” (Sal 24). Este es el primer paso: pedir a Dios su luz, y dejar que ilumine nuestra vida, para ver los caminos equivocados y las gracias desaprovechadas al paso del tiempo.

Luego de haber pedido a Dios el cambio, falta caminar lo que resta de vida por el empedrado camino de la “Humildad”. Algo que este mundo desprecia y califica de estupidez, pero que fue el camino que tomó el Hijo de Dios pues, señala Pablo, “no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó la muerte, y una muerte de cruz”. El camino de la humildad es difícil para los soberbios, pero claro y llano para los sencillos de corazón.

Existe una preciosa biografía que sobre Rafael Arnáiz ha escrito, con una gracia impagable Gil de Muro. En ella queda muy claro cómo es la gracia de Dios, que unida a diario con el esfuerzo del aspirante a santo, lo fue conduciendo por los caminos de la montaña de la santidad. Rafael vivió la santidad por el camino de la humildad para alcanzar la intimidad con Dios y la transformación de su vida.

A Rafael, por ejemplo, le parecía intragable la comida que le servían en el monasterio de la Trapa. El, que tenía costumbres para comer platos exquisitos y con modales aprendidos en las familias de abolengo, y haber probado la comida en los mejores restaurantes de Madrid, ahora debía cerrar los ojos y tragar cuando le servían los grandes cazos de lentejas, alubias o col, y sentía un mar embravecido en el estómago cuando salía a las seis de la mañana a escardar los cardos con sólo un chorrito de algo llamado café en su interior. Sin embargo, decía él, todo en el monasterio le resultaba fascinante y divertido. «Claro que -explicaba en una de sus cartas- esto no quiere decir que las lentejas un día sepan a perdices y otro a tortilla de patatas. No. Las lentejas serán siempre lentejas mientras dure mi vida en el monasterio. A pesar de todo, las como con mucho gusto porque las sazono con dos cosas: con hambre y con amor de Dios».

Con esta hermosa fórmula, no había alimento que se resistiera, ni cosa que lo hundiera en la depresión o el hastío. Esta anécdota la recordaba yo cuando estuve en el seminario, en donde era frecuente que el desayuno consistiera en un plato de frijoles, un bolillo y una taza de té de canela, y me decía lo mismo: “con hambre y con amor de Dios”, y entonces todo cambiaba.

La receta me parece estupenda y aplicable a todo género de problemas y etapas de la vida. Hay gente que piensa que, cuando se tiene fe, los problemas desaparecen por sí solos. Y así, los dolores se convierten en efluvios místicos, las persecuciones se hacen gloria bendita y las injurias miel sobre hojuelas. Pero si las cosas fuesen así, ser creyente resultaría algo muy fácil y un negocio donde se gana sin esfuerzo alguno. Pero la verdad es que, normalmente, Dios no va por delante de los suyos quitándoles todas las piedras en las que podrían tropezar o haciendo que los dolores le sepan a miel. Para un creyente sufrir es sufrir, y Dios no nos quitará ni un centímetro lo que tenemos que esforzarnos por crecer. A Cristo se le sigue cargando la propia cruz no tirándola a la vera del camino.

Pablo es claro en sus admoniciones: “No hagan nada por espíritu de rivalidad o presunción; antes bien, por humildad, cada uno considere a los demás como superiores a sí mismos y no busque su propio interés, sino el del prójimo. Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús. Esto nos lo dice en su carta a los filipenses, sabiendo que los seres humanos somos muy propensos al egoísmo, a la soberbia y las evasiones de la realidad. Tener los mismos sentimientos de Jesús significa vivir como Cristo vivió, aunque haya cruces en el camino; y es que llegar a esa experiencia de vida solamente se logra cuando se ha tomado la vida “con hambre y con amor de Dios”, como dijera el Hermano Rafael.

José María Escribá dijo que “el camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Cristo mismo nos ayuda y con Él no cabe la tristeza. In laetitia, nulla diez sine cruce!; con el alma traspasada de alegría, ningún día sin cruz” (J. Escribá de Balaguer. Es Cristo que pasa, 176).

Todo esto lo quiero decir a quienes creen que huyendo o buscando las evasiones que el mundo ofrece se resolverán sus problemas, que no, que ésa no es la solución. También me dirijo a los que vamos llegando al final de la vida, para decirles que es urgente y necesario ir a la soledad de nuestro interior, para medir la verdad de la fe y el amor que hemos vivido al paso de los años, y si fuimos compañeros del crucificado, o prófugos de la cruz.

Por eso, le pedimos a Dios que nos enseñé a hacer su voluntad en nuestras vidas. No que nos solucione los problemas. No que llene nuestros graneros y nuestras carteras. Sólo que podamos hacer lo que podemos por el día de hoy. Sí, es verdad, habrá “problemas”, podrá venir la pobreza, algunas enfermedades; llegará tarde o temprano la vejez que preludia la muerte; pasaremos por un millón de incomprensiones, no faltarán en la vida acusaciones falsas, envidias, etc. Todo esto será nada si hacemos nuestro pequeño esfuerzo y tenemos fe en Dios.

Retomando el comentario que hice al principio, el libro de Mounbourquette, me ha hecho pensar que debo hacer instrospección, y calibrar lo que ha sido mi vida y mi vocacion. Y sé también que todavía hay muchas zonas que debo iluminar y heridas que sanar, pues el fin está cerca. Bien señala el poema de la poetisa española, Magdalena Sánchez Blesa, que se pregunta:

¿Sabré morirme yo?
¿Sabré morirme?
¿Sabré dejarme al mundo y a mis hijos?
¿Sabré decir adiós a mi familia?
¿Sabré decir adiós a mis amigos?
¿Sabré cerrar los ojos sonriendo?
¿Sabré yo agradecer que ya he vivido?
¿Sabré yo comprender que ya es mi hora?
¿Sabré dejar mi sitio,
para que alguien lo ocupe cuando nazca?
¿Sabré yo descansar de tanto ruido?
¿Sabré soñar con un mundo más justo
eternamente, cuando me haya ido?
¿Sabré dejar mis versos en la tierra,
pidiéndole a los vivos que dejen de pelear
y que se quieran,
que se haga más ameno este camino?
¿Sabré morirme yo?
¿Sabré morirme?
Y lo más importante…
¿Sabré yo haber vivido?

Todos necesitamos “saber que se vivió” de manera correcta; de haber hecho, como Jesús, nuestra “kenosis”, nuestro “humilde abajamiento” en el amor, para que en el estilo de Cristo lo hayamos convertido todo en fruto de vida y de fe. Estamos en tiempo de decirle “sí” al Señor, de obedecerlo hasta el fin de nuestros días.

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