Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Cuando el papa León 14 dijo que Dios no está del lado de Estados Unidos, como lo habían afirmado el secretario de guerra y el propio Trump, fue muy severo: “Dios no bendice ningún conflicto. Quien sea discípulo de Cristo, el príncipe de la paz, nunca está del lado de aquellos que una vez empuñaron la espada y hoy lanzan bombas”.
El emperador de Washington respondió con su arrogante metralla verbal, diciendo, entre otras cosas, que el papa es débil con el crimen y terrible en política exterior; que es una persona muy liberal y que prefiere a Louis, el hermano del papa que vive en Chicago, porque es un auténtico seguidor de MAGA, su grupo político republicano.
Pero, quizás porque en su infinita arrogancia se le acabaron los verbos despreciativos, Trump se revistió de la misma cabronada de cualquier emperador del Sacro Imperio Romano y dijo que el papa le debe su elección a él. Tanto, que dizque debería estar agradecido porque, como todos saben, fue una sorpresa mayúscula. Según el arrogante, no estaba en ninguna lista para ser papa y la Iglesia lo puso allí porque era estadounidense y pensaron que sería la mejor manera de lidiar con el presidente Trump.
El cardenal gringo, ahora papa, le respondió desde el avión que lo llevaba a África que no le tiene miedo a la administración Trump, porque el evangelio es claro y que la Iglesia tiene la obligación moral de ir contra la guerra.
En otras palabras, el antiguo obispo de Chiclayo, en el Perú, le resultó gallito al arrogante y, hasta ahora, muy equivocado presidente norteamericano. El papa no tiene ejércitos y, salvo que Trump monte una Iglesia gringa separada con los católicos de MAGA, se acerca a equivocarse otra vez, y ahora estruendosamente, como lo hacen siempre los arrogantes.














