Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
La posibilidad de que uno de los candidatos a la Presidencia gane en primera vuelta ha sido enarbolada, al alimón, como bandera, con cuñas agresivas o destempladas, tanto por Cepeda, candidato del Gobierno, como por Abelardito, quien ha terminado agrupando la oposición a Petro.
Que alguno de los dos obtenga ese anhelado 51 % es improbable, pero no imposible. Tendrían que presentarse una conjunción de circunstancias que no son tan fáciles de agrupar en un solo día. Si votamos 20 millones, se requeriría que Cepeda o Abelardito obtengan 10.200.000 votos y que, al mismo tiempo, Paloma rebaje a solo 2 millones de votos, es decir, el 10 %. Además, que los otros candidatos, encabezados por Claudia y Fajardo, no pasen en total de 1 millón de sufragantes, equivalente al 5 %.
En tales condiciones, uno de los dos provocadores de ganar en primera se repartiría los 17 millones de votos restantes. Lo más lógico, entonces, sería que Cepeda y Abelardito se los repartan en cifras muy cercanas la una de la otra y vayamos a una segunda vuelta.
Pero, si lo imposible se logra y Cepeda, con su maquinaria aceitada por los giros a hogares, ancianos, jóvenes, universitarios, juntas de acción comunal y contratistas, alcanza los 10 millones, sería un tsunami inatajable y no tendríamos segunda vuelta.
Y si es Abelardito, que ha venido subiendo como tromba y, con tigre y raya, ha levantado el entusiasmo y la convocatoria de candidato show, quien logra, sin partidos políticos, aventajar la maquinaria estatal, estaríamos ante un fenómeno triunfador como el de la derecha de otros países.
Lo único cierto hoy es que, así haya o no segunda vuelta, y se presenten o no candidatos vencidos o triunfadores, el país no debe caer en la tentación que ha pregonado Petro de hablar de fraude, ni mucho menos caer en la venganza.
Se requiere magnanimidad de los vencedores, si los hay, y respeto absoluto de todos los colombianos por el resultado de la votación.














