El amor vivirá siempre

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II Domingo de Pascua

Por: P. Miguel Ángel Ramírez González

Ya hace bastantes años, en 2013, en una entrega de los Óscares, ganó el premio a la mejor película extranjera un filme de un tema de amor humano y trágico por el desenlace. Me refiero a la película de título: «Amor«, del austriaco Michael Haneke. En la historia dos viejos parisinos que encaran la última etapa de sus vidas, al principio como resumen de un amor de esposos, pero luego en profundo desabrigo y hasta desesperación. La enfermedad le cae a ella y él la cuida y protege, aunque al paso del tiempo se vuelve una carga durísima para él. No acepta ayuda de nadie y decide al final quitarle la vida. Lógicamente era una película que el director argumenta en su opción por la eutanasia; tema que en Europa está de moda, sobre todo ahora por la muerte de la española Noelia Castillo. Pensaba durante el filme “Amour” dos cosas: ¿realmente eso era amor? ¿Qué no lo que intentaba destruir el esposo anciano era la nueva imagen de la esposa, ahora inválida? Y, lo segundo, que es para mí una certeza: que cuando falta la fe, la vida y su objetivo pierden consistencia, volviéndose el amor una carga que lleva a la desesperanza.

Tuve en mente aquella frase del Cantar de los Cantares que anunciaba la resurrección al decir que “el amor es más fuerte que la muerte”. La película “Amour” parece invertir esa afirmación para decirnos que la muerte es más fuerte que el amor. El director quiere afirmar que la vida no es sino acabamiento y la muerte el resultado de un desgaste. No negamos que la vida es fragilidad y seguridad de muerte al fin, pero, el evangelio nos dice que no somos seres para la muerte, como dijera Heidegger, sino seres abiertos a la esperanza, a la vida y al amor. Entonces pensé que cuando la fe en Dios, en sí mismo y en los otros falla en la vida de alguien, el amor pierde densidad y propósito y la esperanza deja de iluminar. La vida está ligada al amor, y este a la fe en Dios, por eso Gabriel Marcel afirmaba que «amar a una persona es decirle: tu no morirás». Pero el amor está enlazado con la fe, que se anuda, a la vez, a la esperanza de algo nuevo que no es fruto de nuestro esfuerzo, sino regalo de Otro. San Pablo conoce la fragilidad en su vida, pero se levanta bajo la luz de la Pascua, por eso dice a su comunidad en Corinto: “aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior sin embargo se renueva de día en día” (2 Cor 4, 16).

Los apóstoles luego de la muerte de Jesús, al igual que Haneke y muchísimas personas hoy día, están convencidos de que la muerte es el fin, y ante ello el amor no es sino una experiencia pasajera, pues “el amor acaba”, como cantaba José José. Sin embargo luego de ver los apóstoles a Cristo resucitado pudieron darse cuenta que el amor de Dios por la humanidad es más grande que la muerte, más fiel que el pecado y más grande que nuestras pequeñas esperanzas. Resultado de ello, el amor humano, todo verdadero amor humano iluminado por la gracia de Dios, lleva en sí las semillas de la vida, si es que el amor se hace en Dios y por Dios. La película “Amour” es trágica porque retrata el sentir de muchas personas hoy día que han perdido la fe y, por lo mismo, la vida para ellos carece de sentido; el sacrificio por amor les parece impensable, la fidelidad en el amor es absurda, la resurrección es, dicen, un cuento pues no existe en el hombre un final feliz. El mundo actual es como Tomás, que, ante tantas desgracias y evidencias del frágil amor humano, lo que prefiere es sepultar en el recuerdo a Dios, y no esperar más de Él.

Sin embargo, la Pascua nos recuerda que la vida continúa y que el amor que aquí sembramos producirá el fruto en la otra vida; eso no disminuye nuestro amor cotidiano, sino que le da densidad. Pero, hay que decirle a Tomás y al mundo que, para que la semilla del amor fructifique, hay que tener fe en el Dios de la vida, hay que tener mucha fe en Cristo Resucitado. Como L. Panero, yo diría:

te miro y pienso en las cosas que no se acaban jamás porque Dios las ha mirado

y no las puede olvidar. Una noche cerraremos nuestros ojos, lo demás

es del viento y de la espuma pero el amor vivirá”.

Veamos el evangelio de San Juan. Estaba ausente uno de los discípulos, Tomás. En él se va a significar la resistencia a la luz, a una fe pobre. Si los demás apóstoles habían sido ciegos ante el hecho de la resurrección, Tomás se convertirá en el símbolo de la total cerrazón. No le convenció la tumba vacía, no le impresionaron las pruebas de la Escritura que los testigos del camino a Emaús habían aducido; no aceptó siquiera el testimonio común del colegio apostólico. Él quiere ver, quiere tocar, quiere la evidencia de los sentidos. Si los demás dicen que lo han visto, él quiere más: no sólo tocar, sino sondear la identidad del crucificado metiendo sus dedos y su mano en las llagas benditas.

El apóstol es como muchos de nosotros en el mundo actual, incrédulos, porque a fuerza de desilusiones, hemos terminado por dejar de creer en todo y en todos; para muchos de nosotros lo que viene cada día es lo peor.

Entonces, ¿en qué creía Tomás? Tomás, el bueno de Tomás creía solamente en lo que el mundo le ofrecía, en lo que su pobre fe le dictaba; en lo que las evidencias le señalaban: que aquel Jesús que murió el viernes en el Gólgota, había muerto definitivamente. Que el amado Maestro había sido vencido por las fuerzas del poder y del mal. Esa era su certeza. Es por eso por lo que no aceptaba el testimonio de los otros apóstoles. No nos extrañemos que hoy vengan algunos incrédulos para decirnos que ha sido descubierta la tumba de Jesús o que la religión católica fue un invento de la Iglesia.

Vale la pena recordad las palabras de J. S. Whale:

Los evangelios no prueban la resurrección;

es la resurrección la que prueba los evangelios.

Creer en la resurrección

no es un apéndice de la fe cristiana:

es la misma fe cristiana.

Me imagino que Whale tenía en mente las palabras de Pablo, cuando decía que, sin la resurrección de Cristo, “nuestra fe es vana”, por lo tanto, en ese caso y como dictaba el epicureísmo, “comamos y bebamos, al fin que moriremos” (cf 1 Cor 15, 32). Sin embargo, en el evangelio, es extraordinaria la respuesta de Jesús, quien se presta a las absurdas solicitudes de su discípulo, pero después de ocho días, para dar plazo a la duda, para dejar reposar la fe en la oscuridad. Y ese día le abrió a Tomás una esperanza nunca soñada: ese día Tomás descubrió que la muerte no es el final. La muerte es una realidad a la que nadie puede escapar, pero no es el final ni la meta de nuestras existencias.

La resurrección no es revivificación, ni tampoco inmortalidad, es vida eterna en Dios, es identidad personal, es liberación del pecado, es liberación del sufrimiento y de la muerte. Resucitar es entrar en el río del amor que Dios nos ha prodigado en Cristo y por Cristo, luego de vivir nuestra propia pascua. La Iglesia proclama, por eso mismo, el misterio de la Pascua como centro de su fe. Decía el Padre Olegario González de Cardedal que “si Cristo no ha resucitado, no resucitan los muertos, aún estamos en nuestros pecados, somos falsos testigos, vana es la fe, los que hemos puesto nuestra confianza en Cristo somos los más miserables de los hombres”. Es cierto, no festejamos un evento que sucedió al Hijo de Dios o un mito, sino un acontecimiento que nos afecta también a nosotros, pues, advierte san Pablo, “Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que duermen” (1Cor 15, 20).

Hay un texto de Bonhoeffer que siempre me ha impresionado. Dice el teólogo alemán:

«Para los hombres de hoy hay una gran preocupación: saber morir, morir bien, morir serenamente. Pero saber morir no signi-fica vencer a la muerte. Saber morir es algo que pertenece al campo de las posibilidades humanas, mientras que la victoria sobre la muerte tiene un nombre: resurrección. … es la resurrección de Cristo, lo que dará un nuevo viento que purifique el mundo actual. Aquí es donde se halla la respuesta al «dame un punto de apoyo y levantaré el mundo»»

Recordemos que Bonhoeffer escribe esas notas en tiempo de la II Guerra Mundial, cuando lo que veía en torno suyo eran muerte y maldad en los corazones de muchos. Efectivamente: los hombres de todos los tiempos andamos buscando cuál es el punto de apoyo para construir nuestras vidas, para levantar el mundo, para poder seguir viviendo, para esperar contra toda desesperanza.

Si hoy yo salgo a la calle y pregunto a la gente: ¿Cuál es el eje de sus vidas?

¿En qué se apoyan sus esperanzas? ¿Dónde está la clave de sus razones para vivir? ¿Cuál es la última razón de su vida? ¿Qué es lo que justifica su existencia?… ¿Qué responderían?

También ustedes, me van a permitir que hoy se lo pregunte: ¿Cuál es el punto de apoyo en el que reposan sus vidas? ¿Verdaderamente creen en la resurrección de Cristo y en su efecto en nosotros, en nuestra fe en Dios, en nuestro modo de vivir? O somos como los personajes de la película “Amour”, que viven porque no les queda otra opción, sabiendo que al final aquello que llamaban amor se terminará y la muerte cerrará los capítulos de dos vidas que alguna vez se juntaron.

Hoy nosotros debemos responder, desde lo más profundo, al mundo que quiere una respuesta: Lo que ha cambiado nuestras vidas es la seguridad de que son eternas. Y el punto de apoyo de esa seguridad es la resurrección de Jesús; un regalo de vida eterna que significa que vivir la vida humana es el regalo más grande y no debe haber otro motor en ella que el amor y la fe en Dios. Si Jesús venció a la muerte, también nos ayudará a vencer la nuestra.

Ah, me digo yo, si creyéramos verdaderamente en esto. ¡Cuántas cosas cambiarían en el mundo, si todos los cristianos nos atreviéramos a vivir a partir de la resurrección, si viviéramos sabiéndonos resucitados! Tendríamos entonces un mundo sin amarguras, sin personas derrotistas, con gente que viviría constantemente iluminada por la esperanza y la alegría. ¡Cómo trabajaríamos sabiendo que nuestro trabajo colabora a la resurrección del mundo! ¡Cómo amaríamos sabiendo que amar es una forma inicial de resucitar! ¡Qué bien nos sentiríamos en el mundo si todos supieran que el dolor se pude vencer, y viviéramos en consecuencia en la alegría!

Sí, es cierto, la resurrección de Cristo y la fe de todos en la resurrección es lo que podría cambiar y vivificar el mundo contemporáneo. Y es formidable pensar y saber que cada uno de nosotros, puede añadirle al mundo un trocito más de esperanza, un trocito más de resurrección. Dice González de Cardedal que “la cultura que la encubre (la muerte), oculta o trivializa, está degradando la vida personal”, que es justamente lo que hace nuestra cultura y sus ideologías materialistas. Pero la certeza de la resurrección nos debe llevar no solamente a una nueva actitud ante la vida, sino que, como cristianos, estamos llamados a contagiar de esa fe resucitada a los demás.

Hace dos mil años, con el corazón lleno de luz, salieron Tomás y los otros apóstoles a las calles a gritar que el Nazareno estaba vivo y que, como un fuego que se esparce, quiere darnos a todos la vida eterna. Ese grito ha durado dos mil años y seguirá hasta el final de la historia.

Mientras tanto, todos los días, ante el Señor glorioso en la Eucaristía, podemos decir, como Tomás: Señor mío y Dios mío. Porque sabemos que en cada eucaristía nos dice Jesús: “No temas. Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estuve muerto y ahora, como ves, estoy vivo por los siglos de los siglos. Yo tengo las llaves de la muerte y del más allá”. (Apoc 1, 17-19). Y sé que debemos llevar esa fe pascual a otros hombres y mujeres para que ellos también tengan esperanza.

El doctor José García Velázquez, pediatra de oficio y poeta como afición, viendo en una iglesia una representación del evangelio donde Tomás toca las llagas del Señor resucitado, escribió este soneto diciéndole a Tomás:

Con tu mano metida en su costado, compruebas con asombro la certeza que no logró acomodo en tu cabeza hasta ver a Jesús resucitado.

Para siempre en la historia se han quedado tus palabras en boca del que reza

“Señor mío y Dios mío”, y la dureza con quienes te lo habían avisado.

Alimenta mi fe tu incertidumbre cuando metes en las llagas tus dedos

y mis sombras encuentran quien alumbre

la verdad más profunda de mi Credo; tus dudas para mí son reciedumbre que aleja los fantasmas de mi miedo.

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