Aldrin García – Director de Totus Noticias
En política, como en la vida, hay campañas que parecen hechas en un cuarto de estrategia… y otras que parecen escritas por un guionista de caricaturas. Esta semana apareció una frase publicitaria que intenta convencer al país de que “al diablo no se le vence con una paloma sino con un tigre”. La frase pretende sonar feroz, épica, casi cinematográfica. Pero cuando uno la escucha con un poco de calma —y con algo de teología básica— la pregunta inevitable es: ¿desde cuándo el diablo se vence a punta de rugidos?
Porque si vamos a hablar en serio de símbolos espirituales, la historia es bastante clara. El mal no fue vencido por un tigre. Fue vencido por el Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo, para sorpresa de los creativos de campaña, nunca descendió como un felino con garras y colmillos. Descendió como una paloma.
Sí, una paloma.
Sin garras.
Sin colmillos.
Sin violencia.
La política moderna se ha enamorado de la estética de la fuerza bruta. Del candidato que grita más duro, que promete aplastar enemigos, que habla de derrotar al adversario como si el país fuera un ring de lucha libre. Pero la historia —y también la fe— nos recuerda algo incómodo para ese libreto: el verdadero poder no siempre ruge.
A veces desciende en silencio.
Porque el diablo también ruge. Y ruge fuerte. La Biblia lo describe como un león que ronda buscando a quién devorar. Si el argumento es que el mal se combate con rugidos, entonces estamos compitiendo en el mismo lenguaje del adversario. Y cuando la política entra en esa lógica, lo que termina ganando no es la fuerza moral sino la ley de la selva.
Por eso el símbolo de la paloma es tan poderoso. Representa algo que la política suele olvidar: la autoridad que nace de la serenidad, la firmeza sin violencia, la convicción sin necesidad de destruir al otro. No es debilidad. Es dominio propio. Es la fuerza que transforma en lugar de arrasar.
En el fondo, esta discusión aparentemente anecdótica revela algo más profundo sobre el momento político del país. Hay quienes creen que Colombia necesita un tigre que ataque, que se imponga, que arrase con todo lo que encuentre en el camino. Y hay quienes creen que el país necesita algo mucho más difícil: liderazgo con carácter, sí, pero también con cabeza fría, visión y espíritu.
Porque gobernar un país no es cazar en la selva.
Es cuidar un nido.
Y a veces la política olvida que las naciones no se sostienen con garras sino con ideas, con instituciones y con una autoridad moral que no necesita rugir para ser escuchada.
Al final, la pregunta no es si Colombia necesita un tigre o una paloma.
La pregunta es mucho más simple —y mucho más profunda—:
¿Queremos un país gobernado por el ruido de la fuerza…
o por la fuerza tranquila de quien sabe hacia dónde va?
Porque el verdadero poder —ese que cambia la historia— no siempre llega rugiendo.
A veces llega…
como una paloma. 🕊️


















