Por: Aldrin García – Director Totus Noticias
Hay fechas que llegan al calendario y pasan desapercibidas. Pero hay otras que golpean el alma con la fuerza de los recuerdos. El Día del Padre es una de ellas. Y junio, no solo por ser el mes de los padres, sino también porque en este mes murieron mis dos grandes amores, mi papa el 10 y mi mama abuela el 26, siempre tiene para mí un sabor distinto: una mezcla de gratitud, nostalgia y amor que el tiempo no ha podido borrar.
Hoy cuando pienso en mi papá, no recuerdo grandes riquezas ni lujos extraordinarios. Recuerdo algo mucho más valioso: su presencia. Recuerdo aquellos viajes en buseta cuando era niño, sentado a su lado, mirando por la ventana mientras el mundo parecía inmenso. Recuerdo incluso detalles que para otros podrían parecer insignificantes, como la placa de aquella buseta que aún permanece guardada en algún rincón de mi memoria. Porque los hijos no recordamos necesariamente las cosas más costosas que nos dieron nuestros padres; recordamos los momentos en que estuvieron ahí.
Mi padre fue un hombre sencillo, trabajador y profundamente humano. Como muchos padres colombianos, cargó responsabilidades que pocas veces expresó en voz alta. Mientras nosotros soñábamos, él trabajaba. Mientras nosotros descansábamos, él seguía buscando cómo sacar adelante a su familia. Hoy entiendo que detrás de cada sacrificio había una forma silenciosa de decirnos: “Los amo”.
Pero mi padre no solo fue padre de sus hijos. La vida le impuso responsabilidades desde muy joven. Le tocó asumir cargas familiares que no correspondían a un niño, convertirse en apoyo para sus hermanos y aprender demasiado temprano que la existencia muchas veces exige madurar antes de tiempo. Quizás por eso desarrolló ese sentido de responsabilidad que lo acompañó toda su vida. Hoy, al mirar hacia atrás, entiendo mejor muchas de sus luchas, sus silencios y hasta sus preocupaciones.
Hubo momentos difíciles. La vida nunca es perfecta. Llegaron enfermedades, preocupaciones y tiempos complejos que pusieron a prueba nuestra fortaleza. Sin embargo, aun en medio de las dificultades, mi padre conservó algo que admiro profundamente: la capacidad de seguir adelante sin perder la dignidad ni la esperanza.
Con los años descubrí que los padres enseñan más con el ejemplo que con los discursos. Mi papá me enseñó el valor del trabajo, la importancia de cumplir la palabra dada y el respeto por las personas. Me mostró que la verdadera grandeza no se mide por el dinero que se tiene, sino por la huella que se deja en quienes nos rodean.
Como ocurre en muchas familias, también tuvimos diferencias. No siempre pensamos igual, no siempre entendimos las cosas de la misma manera y hubo momentos en los que la distancia parecía más fuerte que las palabras. Pero el tiempo tiene una forma particular de enseñarnos. Con los años comprendí que el amor verdadero no consiste en la ausencia de diferencias, sino en la capacidad de seguir amando a pesar de ellas. Y paradójicamente, fueron esas mismas diferencias las que me llevaron a conocerlo mejor, a valorarlo más y a fortalecer profundamente el amor y la admiración que siempre sentí por él.
Hoy él ya no está físicamente conmigo. Hace tiempo emprendió el viaje hacia la casa del Padre celestial. Sin embargo, hay ausencias que terminan convirtiéndose en una presencia distinta. Porque aunque ya no puedo abrazarlo, sigue acompañándome en muchas decisiones, en muchos recuerdos y en muchas conversaciones silenciosas que sostengo con él en mi corazón.
Hay días en los que quisiera volver a escuchar su voz. Preguntarle cosas que no pregunté. Contarle cosas que no alcancé a contarle. Decirle cuánto lo admiro y cuánto agradezco cada sacrificio que hizo por nosotros. Pero también he aprendido que el amor verdadero no desaparece con la muerte. Cambia de forma. Se transforma en memoria, en gratitud y en esperanza.
Por eso este mes de los padres quiero hacer una invitación especial. Si todavía tienes a tu papá contigo, abrázalo. Llámalo. Escúchalo. Dedícale tiempo. Porque un día descubrimos que las oportunidades que creíamos infinitas tenían fecha de vencimiento. Y cuando eso sucede, los recuerdos se convierten en el tesoro más valioso que nos queda.
Y si tu padre ya partió, como el mío, no permitas que la tristeza opaque el privilegio de haberlo tenido. Agradece por cada enseñanza, por cada corrección, por cada esfuerzo y por cada momento compartido. Los padres nunca se van del todo cuando dejan sembrados valores en el corazón de sus hijos.
Este mes de los padres no solo recuerdo al hombre que me dio la vida. Recuerdo al hijo que cargó responsabilidades ajenas, al hermano que estuvo cuando otros lo necesitaron, al trabajador incansable, al padre que hizo lo mejor que pudo con lo que tenía y al ser humano que dejó una huella imborrable en quienes tuvimos el privilegio de amarlo. Hoy lo extraño más que nunca, pero también lo agradezco más que nunca.
Gracias, papá, por los caminos recorridos, por los viajes compartidos, por las lecciones de vida y por el amor que nos entregaste. Sigues viviendo en cada recuerdo, en cada enseñanza y en cada paso que doy. Porque aunque el tiempo avance y los años pasen, hay padres que nunca dejan de viajar al lado de sus hijos. Y tú, viejo querido, sigues viajando conmigo.














