Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Al humorista Garzón le faltó decir que la argamasa con la que pegaron, y siguen ampliando, el famoso edificio Colombia ha sido —y parece que seguirá siendo— física mierda. No es exageración.
Basta solo pensar que la mayoría de las viviendas en Colombia, desde las épocas precolombinas hasta el desarrollo de la civilización paisa, fueron hechas sobre esterillas de guadua, recubiertas de una mezcla de barro y cagajón pisoteada por pies desnudos.
Pero como ya nos da vergüenza admitir que somos un país pobre y vivimos autoalabándonos, no podemos aceptar que la cara de Pablo Escobar se vende en las camisetas que exhiben en los puestos de chucherías en Roma y en Madrid. Y mucho menos se nos deja admitir que Pablo marcó una generación, porque no se puede honrar a un asesino de centenares de colombianos, y menos a quien le puso bombas a las grandes ciudades del país.
Ha llegado a tal extremo el deseo de encontrar la piedra pómez que borre la huella de Pablo, que el alcalde Fico considera que, en sus mandatos, lo más importante que ha hecho fue volver añicos el edificio Mónaco, en vez de convertirlo en un museo de la memoria.
Pues bien, por estos días, como para que no se nos olvide que, a sangre y fuego, bombas y astucia, berraquera e hijueputés, Pablo marcó indeleblemente a Colombia, andan desde el gobierno zurdo tratando de explicarnos por qué deben salir a matar los nietos, bisnietos y tataranietos de los hipopótamos que Pablo trajo para su delirio de Nápoles, y que se han regado por las aguas vecinas.
No estoy de acuerdo con usar la muerte como solución, así sea de hipopótamos, en un país donde a veces resulta más difícil tomarse un vaso de agua que contratar un sicario.
Matar los hipopótamos es una crueldad tan estúpida como la de haber destruido el museo viviente del más grande bandido que ha tenido el país.
La culpa no es de esos pobres animales; la culpa es de la mierda con que estamos hechos.














