Corpus Christi: el Pan que el corazón necesita – Mensaje Misionero Dominical

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Por: P. Omer Giraldo R. MXY

Al celebrar esta dominica la fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, muy reconocida en nuestros pueblos como la fiesta del Corpus Christi, se me viene a la memoria un diálogo que tuve con una fiel católica estadounidense hace algunos años en la ciudad de Los Ángeles.

Ella me saludó al terminar la Santa Misa y me contaba que de niña fue educada, nació y creció en un hogar católico con papá, mamá y sus hermanos. Iban continuamente y, sobre todo, cada ocho días a la Santa Misa. Cuando ella creció y desde su primera juventud, no volvió a la Iglesia. Eso era una costumbre por allá en Estados Unidos en los años 60 y 70.

Luego, ya en su madurez, a sus 40 años, cuando habían fallecido sus padres, decidió viajar a varios países, especialmente países musulmanes, budistas e hinduistas, e incluso a África, buscando a Dios. Ella decía que necesitaba algo, pero no pudo encontrarlo en ninguna parte y desistió, porque no se sintió satisfecha con el Dios que le presentaron esas otras religiones.

Alguna vez, cuando ya cumplió sus 60 años, decidió regresar al templo donde había crecido, donde había ido durante su infancia con papá y mamá. Entró al templo y, en ese momento, estaban rezando el Santo Rosario. Para ella fue muy conmovedor encontrarse de nuevo con la Santísima Virgen María como su propia madre.

Luego vino la Santa Misa. Ella permaneció en silencio, pero comenzaba a llorar y a llorar. Fue el momento en que la gente se levantó a recibir la Sagrada Comunión cuando recibió un impacto muy fuerte, porque descubrió que le estaba haciendo falta el alimento. Lloró copiosamente y para ella fue un medio de conversión espiritual y de regreso al cristianismo.

Yo los invito para que escuchemos el Evangelio de esta dominica del Corpus Christi, tomado del capítulo sexto del Evangelio de San Juan:

«En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

Disputaban entonces los judíos entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”. Entonces Jesús les dijo: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre. Del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron sus padres en el desierto y murieron. El que coma de este pan vivirá para siempre”».

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Esta fiesta del Corpus Christi ciertamente nos lleva al misterio de Dios que se quedó con nosotros en el sacramento del pan y del vino: la Eucaristía.

Durante cuarenta años caminando por el desierto, después de la liberación de la esclavitud de Egipto y antes de ingresar a la tierra prometida, el pueblo de Israel fue alimentado por Dios con el maná. Así nos lo narra la primera lectura de hoy, tomada del libro del Deuteronomio.

El maná, además de calmar su hambre física, se convirtió para los hebreos en un signo de la presencia permanente de Dios con su pueblo y en un signo de fe y confianza en el Dios misericordioso que no los dejó morir de hambre en el desierto.

Después de la experiencia de la resurrección del Señor y con la venida del Espíritu Santo, los apóstoles y discípulos de Jesús hacen memoria de la Última Cena, la última comida que compartieron con Él. Desde entonces, esos encuentros comunitarios que realizaban con frecuencia los comprendieron como el encuentro real con su Maestro y Salvador, haciendo memoria de sus palabras:

«Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre, que será derramada por ustedes y por muchos».

La Iglesia vive este precioso misterio de la Eucaristía desde su mismo origen, como nos lo recuerda hoy san Pablo en su primera carta a los Corintios:

«El cáliz que bendecimos es comunión con la sangre de Cristo. El pan que compartimos es comunión con el cuerpo de Cristo».

Dios se hace pan, se hace vino, se hace alimento para su pueblo.

«El que me come vivirá por mí». Nos lo dice hoy el Evangelio de san Juan: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre».

Esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo fortalece nuestra comunión fraterna y el sentido profundo de solidaridad, fruto de nuestro compartir comunitario.

«Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan», nos dice Pablo en su primera carta a los Corintios.

De esta vivencia nace la solidaridad con quienes sufren, especialmente con aquellos que carecen del alimento diario.

Esta celebración del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos ayuda hoy a pensar y sentir que en nuestro mundo actual hay millones de personas que sufren el flagelo del hambre. En Colombia, más de 15 millones de personas tienen dificultades para acceder a tres comidas diarias y al menos 2.600.000 personas padecen hambre crónica, sin poder comer un plato completo al día.

Esta es una realidad que debe conmovernos a quienes intentamos vivir la fe cristiana y creemos en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Jesús compartió muchísimas veces con sus apóstoles y discípulos la comida material. Le gustaba que lo invitaran a las casas para compartir algún alimento. Fue muy sensible frente al dolor de quienes se acercaban a Él con hambre y decía a sus discípulos: «Denles ustedes de comer».

Por eso, compartir el pan y el vino en la Eucaristía, alimento de Jesús para su pueblo, debe convertirse para nosotros en programas concretos de solidaridad con tantos hermanos y hermanas que viven cada día la dificultad de obtener su alimento corporal.

Quiero contarte que dentro de unos diez días iniciaremos la presencialidad semestral con alrededor de 700 estudiantes de la diversidad étnica de nuestro país: indígenas de más de cuarenta etnias diferentes, afrodescendientes, mestizos y campesinos que vienen al campus de la Universidad Pontificia Bolivariana, en Medellín, a continuar sus estudios de licenciatura en educación, especialización en gestión humana y maestría en educación.

Gracias por tu apoyo a este programa que actualmente lidero. Lo llamamos Instituto Misionero de Antropología, una institución fundada por los Misioneros de Yarumal y orientada por la Conferencia Episcopal de Colombia.

Gracias y bendiciones para ti y tu familia. Gracias por tu apoyo al IMA. Monseñor Gerardo Valencia Cano es el gestor de este Instituto Misionero de Antropología. Oramos por su causa de beatificación para que podamos venerarlo como santo para la gloria de Dios, si esa es también la voluntad de la Iglesia.

Que así sea.

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