Yo buscaba un lugar en la política; Dios me estaba mostrando mi lugar en la Iglesia

Aldrin Garcia Balvin

Por: Aldrin García Balvín

A veces cuando me siento a escribir mi columna, que intento hacer semanal o quincenal y que, si dependiera de la cantidad de cosas que me pasan por la cabeza, terminaría siendo diaria. Aparecen preguntas, experiencias, inconformidades y, todavía, muchos temas políticos. Después de dieciséis años en ese mundo, sería extraño que no fuera así.

Pero hoy, cuando me pregunto desde dónde quiero hablar y a qué quiero dedicar mi vida, la respuesta es distinta. Se que esta columna es larga, pero de corazón te invito a leerla.

Durante mucho tiempo creí que la consultoría política era la profesión que me haría sentir pleno. Me apasionaban la estrategia, las campañas, la comunicación de gobierno y esa posibilidad de contribuir a transformar realidades. Allí aprendí, trabajé, me equivoqué y crecí. También conocí la ingratitud y el desgaste de entregar mucho en lugares donde el trabajo no siempre encuentra reconocimiento.

Hoy puedo agradecer lo vivido y, al mismo tiempo, reconocer que ese ciclo llegó a su fin. Una etapa puede haber sido importante sin tener que durar toda la vida.

Hace un par de meses escribía que una de mis bendiciones era haberme formado en la comunicación política y de gobierno para poner esa experiencia al servicio de la comunicación de la fe. Entonces comenzaba a entenderlo. Hoy siento que estoy viviendo esa respuesta.

Todo empezó de una manera que yo no había planeado.

A principios de mayo, en plena efervescencia electoral, fui a buscar una entrevista. Quería contar una realidad que quedaba por fuera de la discusión política: los pueblos indígenas, no eran los de Petro, tenían mucho más que mostrar que las imágenes de movilizaciones y los discursos con los que tantas veces terminamos reduciéndolos. Había historias, conocimientos, procesos educativos y una obra misionera que merecía ser conocida.

Así llegué al Instituto Misionero de Antropología, el IMA, una hermosa obra nacida del compromiso de los Misioneros de Yarumal. Allí conocí a su director, el padre Omer Giraldo Ramírez, MXY, un misionero y pedagogo con una amplia experiencia evangelizadora y una manera cercana de ayudar a comprender la misión.

Fui buscando una historia para contar y terminé encontrando una misión en la cual participar. Gracias a su invitación, hoy acompaño las comunicaciones del IMA.

Mientras tanto, mi etapa política iba cerrándose. Después de acompañar una campaña más, la de Paloma Valencia en su aspiración a la Presidencia, y de escribir mis últimas columnas políticas, entre ellas aquella en la que expresé por qué no votaría por Cepeda, comencé un discernimiento más profundo.

La pregunta ya no era cuál sería la siguiente campaña. La pregunta era dónde quería poner mi tiempo, mis capacidades y los años que vienen.

Y la respuesta fue tomando forma en encuentros, invitaciones y decisiones concretas.

En representación del IMA participé en el Encuentro Nacional de Comunicadores de la Conferencia Episcopal de Colombia. Allí pude compartir mi trabajo y también algo de mi historia: la de Aldrin García, el diseñador que se fue formando en publicidad, comunicación y estrategia; el exseminarista y antiguo religioso terciario capuchino que seguía sintiendo el deseo de servir a la Iglesia.

Conocí al padre Martín, director de comunicaciones de la Conferencia Episcopal, y me reencontré con Lida Losada, con quien había compartido durante mi servicio como comunicador de la Arquidiócesis de Santa Fe de Antioquia, en una jornada de Cultura del Cuidado en 2024.

El aprendizaje y lo compartido en ese encuentro afianzaron mis deseos de servicio. Conocer a delegados y comunicadores de diferentes jurisdicciones eclesiásticas, escuchar sus experiencias y descubrir la entrega con la que trabajan, muchas veces entre limitaciones y grandes desafíos, me motivó todavía más. Encontré personas que, desde sus regiones, también intentaban responder a una pregunta que comenzaba a hacerse más fuerte en mí: ¿cómo poner lo que sabemos hacer al servicio del Evangelio y de quienes necesitan escucharlo?

Volví de ese encuentro con ideas, vínculos y una convicción más profunda: quería dedicar mis capacidades a esta misión.

También se abrió la oportunidad de acompañar al Vicariato Apostólico de Mitú como diseñador y asesor de comunicaciones. Monseñor Medardo, vicario apostólico y presidente de la junta del IMA, había conocido mi trabajo. Esa cercanía permitió que llegara una nueva invitación a servir, esta vez a una Iglesia misionera que anuncia el Evangelio entre ríos, comunidades y enormes desafíos.

Después vino una alegría muy especial para mí: la Diócesis de Jericó.

A esta Iglesia ya venía apoyándola, como decimos los paisas, “por los laditos”, con diseños y tareas de comunicación. Con el nombramiento de monseñor Diego Luis Rendón como nuevo obispo de Jericó, tuve la oportunidad de acompañar las comunicaciones de su ordenación episcopal y de su posesión.

A finales de septiembre pude reunirme con él y presentarle una propuesta para fortalecer las comunicaciones diocesanas. La acogió, respaldó el proyecto y me invitó a asumir formalmente este servicio.

Cada paso me ayudaba a comprender mejor hacia dónde quería caminar.

Sin embargo, todavía faltaba una decisión que me daba miedo: presentarme a la convocatoria de comunicador visual de la Oficina de Cultura del Cuidado de la Conferencia Episcopal de Colombia.

Algunos amigos sacerdotes me animaban e insistían en que lo intentara. Yo pensaba en los compromisos con el IMA, Mitú y Jericó, y me preguntaba si sería capaz de responder. También estaban esas dudas que a veces nos hacen detenernos antes de intentarlo: ¿tendré el perfil?, ¿seré capaz?, ¿cómo voy a organizarme?

Porque una cosa es pedirle a Dios que abra caminos y otra encontrarse frente a la puerta y atreverse a cruzarla.

Creo que fui de los últimos en presentarme. Y sí, al conocer el resultado me acordé de aquellas palabras del Evangelio: “Los últimos serán los primeros”. También resonó en mí esa otra expresión: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Las recibí como una invitación a tomar en serio la responsabilidad que llegaba a mis manos. Ser elegido para un servicio exige prepararse, responder y dar lo mejor de uno.

Fui seleccionado y, desde mi fe, reconocí en esa oportunidad una respuesta de Dios al discernimiento que venía haciendo. Sentí que me estaba llamando a vivir mi vocación desde lo que soy y desde lo que sé hacer.

Desde el 13 de octubre asumí este nuevo servicio como comunicador visual de la Oficina de Cultura del Cuidado de la Conferencia Episcopal de Colombia. Que ocurriera precisamente en el mes misionero tiene para mí un significado especial.

En política llegué a imaginar lo que sería trabajar en un ministerio o en alguna dependencia de la Presidencia. Hoy la vida me permite aportar desde la Conferencia Episcopal, una instancia de comunión y servicio de los obispos de Colombia, en una tarea que exige sensibilidad y responsabilidad: contribuir a fortalecer la Cultura del Cuidado.

Comunicar el Evangelio también compromete la manera como escuchamos, tratamos y cuidamos a las personas. Ese desafío le da un sentido profundo a mi trabajo.

Hoy mis servicios profesionales están dedicados por completo a la Iglesia. Y sí, como decimos los paisas, tengo “más puestos que un bus”: soy comunicador del Instituto Misionero de Antropología; diseñador y asesor de comunicaciones del Vicariato Apostólico de Mitú; comunicador de la Diócesis de Jericó; y comunicador de la Oficina de Cultura del Cuidado de la Conferencia Episcopal de Colombia.

Me río al decirlo, pero conozco la responsabilidad que hay detrás. Son cuatro procesos que necesitan tiempo, organización, creatividad y compromiso. Cuatro retos que hoy puedo asumir gracias a la confianza recibida y a la posibilidad de organizar mi trabajo para acompañarlos.

La plenitud que siento no me exime de aprender a poner límites ni de cuidar la calidad de lo que entrego. Servir también exige reconocer hasta dónde podemos llegar y responder con honestidad a esa confianza.

Al mirar este recorrido, pienso en aquel niño de nueve años que comenzó a servir como acólito. En el joven que entró al seminario y después vivió la experiencia religiosa. En las preguntas que quedaron cuando mi vida tomó otro rumbo.

Hubo momentos en los que no sabía qué lugar tendría todo aquello en mi futuro. Hoy descubro cuánto sigue presente en mi manera de trabajar, de comprender la Iglesia y de acercarme a las personas.

No llevo hábito ni clériman. Soy un laico que encuentra en su profesión una forma concreta de vivir la fe. Mi escritorio, mis dones, mis conocimientos, mis herramientas de diseño, una cámara, un texto o una reunión también pueden ser lugares donde responda a esa vocación que comenzó hace tantos años.

No quiero idealizar esta nueva etapa. En la Iglesia también hay dificultades, limitaciones y desacuerdos. Llegar aquí no significa que desaparezcan los problemas. Significa que hoy tengo mayor claridad sobre el sentido de mi esfuerzo y sobre la misión a la que quiero contribuir.

De la política me llevo experiencia, aprendizajes y gratitud por quienes confiaron en mí. A la comunicación pastoral llego con todo ese recorrido y con mucho por aprender. Quiero ayudar a contar una Iglesia cercana, capaz de escuchar, de reconocer sus heridas, de cuidar y de anunciar la esperanza con hechos y palabras.

Hace unos meses le pedía a Dios que me mostrara el camino. Hoy mi manera de agradecerle es trabajar con responsabilidad, cuidar la confianza que me han dado y recordar que detrás de cada pieza que diseño y de cada historia que cuento hay personas.

Aquel niño que ayudaba en el altar hoy sirve desde la comunicación. Han cambiado las herramientas, han pasado muchos años y la vida me ha llevado por caminos que nunca imaginé. Pero al sentarme a trabajar, vuelvo a encontrar algo de ese primer deseo de entregarle mi vida a Dios.

Aquí estoy, Señor, con lo que sé hacer, con lo que todavía me cuesta y con todo lo que me falta aprender. Que mi trabajo ayude a alguien a sentirse escuchado, cuidado y más cerca de ti. Allí quiero poner mi profesión. Allí quiero seguir respondiendo a mi vocación.

Posdata: Totus Noticias sigue. Este sueño, que lleva casi siete años caminando, también hace parte de mi historia y de mi compromiso con la comunicación. Ha pasado por altibajos y dificultades, pero sigue en pie. Confío en que más personas se sumarán y en que pronto podremos volver a contar con un equipo como el que tuvimos, con nuevas voces y fuerzas para continuar. Hay mucho por reconstruir y muchas historias que todavía merecen ser contadas.

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