Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Hace muchos años, cuando estaba de alcalde de Tuluá y en Zaragoza ejercía Luz Piedad, la madre de la hoy senadora Corcho, me escribió Genarina, la profesora del colegio Marco Fidel Suárez de esa población antioqueña, para pedirme criterio sobre uno de mis libros, tal vez La Boba y el Buda, que habían repartido en el Metro de Medellín.
Se me pierde en la memoria lo que pude haber contestado, pero, con el trajín de la vida, me toparía con Leiman, su hijo, un negro brillante tanto de piel como de inteligencia, y volví a saber de ella. A distancia y por interpuesta persona relanzamos el nexo.
En más de una oportunidad apelé a su sapiencia, como cuando el lío de los mineros de Zaragoza y la DIAN, y en otras veces más hablé sobre ella con cuanto moreno de ese pueblo se conectaba conmigo por las diversas razones de mi oficio de cronista diario.
Todos la recordaban con inmenso cariño como la profesora de los niños de su pueblo, lo que indica muy a las claras que en sus mentes estaba fresca la gratitud por quien había enseñado en esa canícula.
Por su hijo, que ahora preside exitoso su empresa de construcciones civiles en Nariño, Quindío y Antioquia, supe de su enfermedad y del deseo de conversar conmigo, aunque fuese por Zoom. Lo hicimos y, si bien ya eran notorios su enfermedad y sus 71 años, tenía el mismo temple que todos sus antiguos alumnos le reconocían.
Hace un mes, cuando se sintió un poco mejor, o acaso ilusionada por los magos mentirosos de la oncología, me hizo llegar una foto como si estuviera en sus días gloriosos, con un bluyín de marca, un turbante de colorinches y la misma mirada de mando que siempre tuvo.
El pasado domingo, en el puente de Yuto, sobre el río Atrato, donde había nacido, su única nieta traspasó al caudaloso y millonario río sus cenizas, mientras una pertinaz llovizna chocoana la despedía como diciéndole gracias a la maestra de temple, la que aconductó esa negramenta rebelde y ninguno la olvidó.














