Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Ahora que tratan de arrebatarles a los niños y jóvenes menores de 15 años el acceso a los celulares en colegios y hogares, añoro el remoto día cuando entré al kínder de las monjas franciscanas, en febrero de 1950. Casi todos los niños llevaban, en una cajita, los dos frascos de tinta —negra y roja— y cargaban en su maletín el encavador, con el que cien años antes habían reemplazado las plumas de ave que le sirvieron a la humanidad para escribir durante dos milenios.
Tres años después, cuando compartí en segundo de primaria el mismo pupitre con el inolvidable Jhony Sutton, el hijo de los judíos del Almacén Oriental, ambos teníamos estilográfica. Después vinieron los lapiceros, aunque yo aún guardo la Sheaffer con la que firmé mi posesión como concejal de Cali, en 1978, o la Montblanc con la que hice lo propio al posesionarme como gobernador.
Nunca oí, ni de niño ni de viejo, que se prohibiera el uso de la tinta con encavador, de los estilógrafos o de los lapiceros. Pero ahora, cuando veo que crece la moda de prohibirles a los niños el uso del celular, con el que internet nos introdujo al mundo del futuro, pienso en lo que le habría pasado a la humanidad si alguno de los enardecidos padres de familia que gobiernan desde colegios hasta naciones hubiese prohibido el uso de las estilográficas o los lapiceros.
Prohibirles los celulares a los niños es crear no solo una nueva clase social —la de los ignorantes por decreto—, sino abrirle paso vertiginoso a una nueva revolución juvenil, que superará con creces la de 1968 y sacrificará la omnipotencia de los maestros.
Creer que la humanidad se defenderá del futuro quitándoles a los niños y jóvenes la ventana de los celulares es tan inicuo como imbécil. Es honrar la prohibición como la herramienta que detiene el avance del tiempo.
La IA es la hora de la libertad, no la trinchera de los abuelos aferrados al poder medieval de la educación y al control imposible de sus retoños ancestrales.














