Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
En Colombia nos negamos a admitir las cosas como son. Más aún, nos negamos a llamarlas por su nombre. Preferimos quedarnos con lo que nos imponen los dueños de la narrativa y, en el peor de los casos, con el titular del mensaje que circula por las redes.
Por esa razón, nunca se ha admitido que Colombia sufrió una revolución de todo orden con la llegada, dominio y persecución de los traquetos. Mientras en México a la Revolución Mexicana la glorificaron y la han estudiado en exceso para entender su influencia, en Colombia nos da vergüenza admitir que sufrimos la Revolución de los Traquetos, que nos puso el país patas arriba junto con sus valores morales y económicos.
Por estos días, el asunto ha resaltado cuando, en la segunda página entera de El Tiempo, hablan de las 14 zonas de guerra de los grupos armados por el control de la coca y la minería ilegal, y excluyen al Valle, donde los elenos y el Clan se disputan el Bajo Calima. También pasan por alto que los traquetos del 57 han librado una batalla a muerte contra el llamado Adán Izquierdo en la montaña central vallecaucana.
Y lo que es peor: en inmediaciones de Cali, en Timba y en Jamundí, se libran batallas entre tres de los distintos batallones de los ejércitos de Mordisco contra la fuerza pública, la ciudadanía y los del llamado Marquetalia, que han querido asomarse a la llanura selvática del Pacífico.
Tanto que, en ese mismo diario El Tiempo, unas páginas después, titulan que hubo el primer ataque con enjambre de drones contra el Ejército Nacional en Timba.
Esa es la triste realidad. Por miedo a contrariar al expresidente Santos, nadie quiere reconocer que ya no tenemos grupos disidentes de las Farc, sino 18 ejércitos de traquetos cuidando y defendiendo el negocio de la coca y el de la explotación del oro.
Aceptemos la realidad nacional. Llamémosla como debe ser, porque de lo contrario no podremos librar la batalla definitiva por la paz.














