Mi voto por Paloma no se perdió; fue un voto de convicción

TotusNoticias

Creí en la posibilidad de la primera mujer presidenta de Colombia. No pasó a segunda vuelta, pero volvería a votar siempre por ella.

Aldrin García – Director de Totus Noticias

Hay quienes hoy hablan de votos perdidos. Hay quienes creen que si un candidato no pasa a segunda vuelta, entonces quienes lo apoyaron se equivocaron. Yo no lo veo así. Mi voto por Paloma Valencia no se perdió. Mi voto tuvo un propósito, una convicción y una esperanza. Voté creyendo que Colombia podía dar un paso histórico y elegir a su primera mujer presidenta. No ocurrió. Las urnas decidieron otra cosa. Así funciona la democracia. Pero eso no significa que me arrepienta ni un solo segundo de la decisión que tomé.

Voté por Paloma porque representaba muchas de las ideas en las que creo. Porque fue una de las voces más firmes frente al Gobierno de Gustavo Petro cuando muchos prefirieron acomodarse. Porque defendió la institucionalidad, la seguridad, la libertad económica, la familia y los valores que millones de colombianos seguimos considerando fundamentales para el futuro del país. Mi voto fue un acto de coherencia y la coherencia nunca será una derrota.

Durante meses escuchamos que había que votar útil, que había que hacer cálculos, que había que mirar encuestas. Yo decidí hacer algo distinto. Decidí votar por quien consideraba la mejor candidata. Por quien me inspiraba confianza. Por quien creía que tenía la preparación, el carácter y la experiencia para gobernar Colombia. Si volviera atrás, volvería a marcar exactamente la misma casilla.

Por eso hoy no siento tristeza. Siento orgullo. Orgullo de haber acompañado una candidatura limpia, valiente y coherente. Orgullo de haber respaldado a una mujer que nunca cambió de discurso para agradar a las mayorías del momento. Orgullo de haber permanecido firme cuando muchos abandonaban sus convicciones para correr detrás de la moda política del día.

También mantengo intacto mi respeto y mi admiración por el presidente Álvaro Uribe Vélez. Lo he dicho muchas veces y lo repito hoy. Soy uribista por convicción, por gratitud y por lealtad. No porque crea que es perfecto, sino porque reconozco lo que hizo por Colombia en momentos en que el país parecía condenado a la violencia y al miedo. Esa lealtad tampoco cambia porque una elección tenga un resultado distinto al que esperaba.

Y mantengo igualmente mi cariño y mi respeto por Paloma Valencia. Una campaña no define una vida. Una elección no borra una trayectoria. Quienes creemos en ella sabemos que ha sido una de las mujeres más valientes de la política colombiana. Ha soportado ataques, insultos, campañas de desprestigio y toda clase de agresiones. Aun así, nunca dejó de defender lo que piensa. Eso merece reconocimiento, incluso de quienes no comparten sus ideas.

Ahora bien, la política también obliga a aceptar la realidad. Y la realidad es que Colombia tendrá una segunda vuelta presidencial sin Paloma Valencia. No era el escenario que yo quería. No era el desenlace que imaginaba. Pero es el que tenemos. Y frente a esa realidad cada ciudadano tendrá que tomar una decisión pensando en el país y no únicamente en sus preferencias personales.

Confieso que para mí no es una decisión sencilla. Las heridas de esta campaña existen. Los ataques también. Los insultos que recibimos quienes apoyamos a Paloma fueron permanentes. Muchos de los que hablaban de unidad terminaron promoviendo divisiones. Muchos de los que pedían respeto terminaron irrespetando. Y muchos de los que exigían tolerancia demostraron ser incapaces de aceptar una opinión diferente.

Hubo momentos en los que pensé que jamás llegaría el día en que tendría que considerar votar por Abelardo de la Espriella. Y sin embargo aquí estamos. La política tiene esas ironías. Lo que parecía imposible termina convirtiéndose en una realidad. No porque hayan desaparecido las diferencias. No porque se hayan borrado los agravios. No porque las heridas hayan sanado de un día para otro.

Pero también hay algo más grande que mis molestias personales. Hay algo más importante que mis sentimientos frente a una campaña electoral. Ese algo se llama Colombia. Y cuando uno pone a Colombia por encima de sus propias emociones, entiende que las decisiones deben tomarse pensando en el futuro de la nación y no únicamente en las frustraciones del momento.

Por eso hoy reconozco que me cuesta. Me cuesta por todo lo que se dijo. Me cuesta por todo lo que ocurrió. Me cuesta por los ataques, las burlas y los maltratos que muchos recibimos. Incluso he llegado a pensar que sería más fácil no votar. Que sería más cómodo quedarme en casa. Que sería menos doloroso apartarme de una contienda que dejó heridas profundas.

Sin embargo, cada vez que considero esa posibilidad, aparece una pregunta inevitable: ¿y si la abstención ayuda a que Iván Cepeda llegue a la Presidencia? Entonces recuerdo que esta elección ya no se trata de lo que yo quería para la primera vuelta. Se trata de lo que considero mejor para Colombia en la segunda. Y aunque no era el escenario que soñaba, hoy entiendo que el deber con el país está por encima de cualquier resentimiento personal.

Mi voto por Paloma Valencia no se perdió. Mi voto fue una declaración de principios. Fue una apuesta por una mujer que considero extraordinaria. Fue un acto de lealtad hacia mis convicciones. Y si ahora debo tomar una decisión distinta para impedir que Colombia tome un rumbo que considero equivocado, lo haré con la misma responsabilidad con la que voté en primera vuelta. Porque las campañas terminan, los candidatos pasan, pero Colombia sigue siendo la causa más importante de todas.

Comparte este artículo