Mons. Ricardo Tobón Restrepo – Arzobispo de Medellín
Blas Pascal afirma en uno de sus pensamientos: “Jesús estará en agonía hasta el final del mundo; no hay que dormir durante este tiempo”. Todo el año litúrgico, y especialmente la Cuaresma y el Triduo Pascual, nos ponen de presente y actualizan sacramentalmente el sufrimiento redentor de Cristo. Pero la agonía de Cristo se prolonga también en la persecución que siguen viviendo sus discípulos, en el dolor de los que padecen la guerra, el hambre, la enfermedad y la soledad, en las desgracias que produce el pecado en la sociedad y en tantas personas en particular.
El pasado 3 de marzo, la Santa Sede volvió a denunciar en Ginebra ante las Naciones Unidas la magnitud de la persecución a los cristianos. Es una realidad frecuentemente silenciada, pero bien conocida por las comunidades religiosas más perseguidas en el mundo. Los datos presentados son escalofriantes. Durante el año pasado casi 5.000 fieles fueron asesinados por su fe, lo que significa que cada día martirizan a 13 cristianos. A ello se agrega una cifra todavía más inquietante: en este momento, cerca de 400 millones de cristianos en todo el mundo se enfrentan a la persecución.
Si comprendemos bien, esta información no habla de personas lejanas que en Corea del Norte, en Somalia, Sudán o Nigeria están muriendo, sino de hermanos nuestros, miembros del Cuerpo de Cristo, que están dando el supremo testimonio de la hasta derramar su sangre; son testigos de unos valores y de una forma de vivir que desafían la lógica del poder. El heroísmo de las víctimas no puede excusar la irresponsabilidad de los Estados ni puede justificar nuestra insensibilidad, mientras como una historia insustancial se proclaman al respeto a los derechos humanos y la libertad religiosa.
El fenómeno es tan grave y se amplía con otras formas de persecución que, también en países creyentes, el Parlamento Europeo ha aprobado, por primera vez en su historia, una resolución que incluye el término “cristianofobia” como categoría formal para referirse a toda acción de violencia, discriminación, hostigamiento o discursos de odio dirigidos contra personas o símbolos cristianos. A estos se añaden otras formas más sutiles de persecución: entre ellas, la marginación gradual y la exclusión de la vida social, arrinconando la fe al ámbito privado, lo que revela que la persecución contra los cristianos no viene solo de grupos extremistas, sino también de mecanismos institucionales.
Sin embargo, hay algo todavía más profundo y grave: la persecución del maligno y la debilidad de la carne hacen presente en tantas formas el pecado en los miembros de la Iglesia. Este puede configurar una descomposición espiritual que se manifiesta en cobardía para seguir el Evangelio, corrupción, abusos, divisiones, pérdida del sentido de la gracia, de la oración y del compromiso evangelizador, dando lugar a una vida cristiana sin coherencia con la verdad de la fe.
Este tiempo de Cuaresma que nos ha presentado a Jesús en el desierto luchando contra el tentador, que nos ha descrito sus controversias con los escribas y fariseos para mantenerse fiel al plan de Dios, que lo muestra orando por sus discípulos para que no les falte la fe, y que lo pone en el monte de los Olivos, para decir con Él: “Padre, que se haga tu voluntad”, es una invitación a renovar nuestra fe y a asumir con valentía el seguimiento de Cristo.
Por tanto, debemos estar bien dispuestos escuchando en cada momento lo que Dios quiere, reconociendo con humildad nuestra fragilidad para no caer, buscando en la oración la gracia de perseverar en el bien, y comprometiéndonos mutuamente para tener la fortaleza de la comunión y la fraternidad, siendo solícitos y generosos con los pobres y necesitados, apoyándonos sobre todo en Dios que nos permite vivir cada día con la gracia del Espíritu Santo.
Este es el espíritu de la Cuaresma que nos une a Cristo, vencedor del pecado y de la muerte.














