Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
El Informe Anual 2025 de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), presentado ayer por la ONU, hace un cálculo potencial de que Colombia pudo haber producido más de 3 mil toneladas de cocaína en el año 2025.
Obviamente, ese número no es una medida de la cocaína pesada físicamente por los compradores, generalmente mexicanos y albaneses. Es una estimación técnica, ayudada por la IA, que valora el dominio del mercado, el área cultivada y el comercio de la oferta mundial.
Pero, como esa oferta total se estima en 3.708 toneladas y existen no menos de 253 mil hectáreas cultivadas con coca en Colombia, la realidad no la puede ocultar ni el gobierno Petro ni sus socios gringos con la cifra de 845 toneladas incautadas en el mismo período.
Tenemos que admitirlo y, sobre todo, asumirlo: somos el mayor productor de cocaína del mundo. No podemos seguir la marcha estúpida de gringos periqueros que creen, evangélicamente, que volviéndose prohibitivos con los productores y totalmente tolerantes con quienes la distribuyen en las ciudades norteamericanas, pueden disminuir el pecado que se inventaron.
Tampoco podemos continuar creyendo que, con 3 mil toneladas amparadas en su producción por los ejércitos de los traquetos, el doctor Santos puede seguirnos echando el cuento de que son disidencias de las ya inexistentes Farc.
La paz de Santos resultó chimba porque no se metió con el mercado de la droga que sostenía la guerra. La paz total, pregonada por Petro, puede correr el mismo camino fracasado si no aceptan que hay ejércitos de traquetos que cuidan la cocaína y otros que protegen el oro, que los paisas decretaron ilegal desde finales de 1780, pero que ha llenado de dólares los baúles de la aristocracia antioqueña, astuta y habilísima en conducir la inversión de ese dinero en múltiples actividades de desarrollo.


















