Por: P. Omer Giraldo Ramírez, MXY
Te invito para que en este XX Domingo del Tiempo Ordinario tengamos un tiempo especial de oración por las víctimas del terremoto del pasado 10 de agosto, que afectó con mayor fuerza algunas regiones del occidente colombiano.
Seguimos también unidos en oración al pueblo venezolano, que aún afronta las consecuencias de la tragedia sufrida el pasado 24 de junio.
Estas tragedias naturales deben invitarnos a reconocernos frágiles en las manos de Dios y, al mismo tiempo, disponibles para vivir la solidaridad humana en todas sus dimensiones.
La primera lectura de este domingo está tomada del capítulo 56 del profeta Isaías, perteneciente a la sección conocida como el Tritoisaías o Tercer Isaías. Allí encontramos una apertura progresiva del pueblo de Israel hacia los extranjeros, hacia quienes no pertenecían al pueblo judío y que, en tiempos de Jesús, eran conocidos como gentiles.
El profeta anuncia que también ellos serán acogidos en la casa del Señor.
Durante mucho tiempo, la cultura judía había vivido con una fuerte conciencia de ser el pueblo elegido y, en algunos sectores, existía dificultad para aceptar que personas de otras lenguas, pueblos y culturas pudieran reconocer al Dios de Israel como su Dios.
Sin embargo, ya desde siglos anteriores habían comenzado a aparecer signos de apertura, como lo escuchamos hoy en Isaías.
El apóstol san Pablo, en la carta a los Romanos, retoma precisamente este tema. Él mismo se reconoce como apóstol de los gentiles y expresa su alegría porque muchos pueblos no judíos han acogido a Jesucristo como Mesías y Salvador.
Pablo comprende que los gentiles han recibido, por gracia y misericordia de Dios, la salvación ofrecida en Jesucristo.
Escuchemos ahora el santo Evangelio según san Mateo, capítulo 15:
Evangelio según san Mateo 15, 21-28
En aquel tiempo, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, procedente de aquellos lugares, comenzó a gritar:
«Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija está terriblemente atormentada».
Jesús no le respondió.
Los discípulos se acercaron y le pidieron que la atendiera porque venía detrás de ellos gritando.
Jesús respondió:
«He sido enviado solamente a las ovejas perdidas de Israel».
Pero la mujer se acercó, se postró ante Él y le dijo:
«Señor, socórreme».
Él le respondió:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Ella contestó:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».
Entonces Jesús le dijo:
«Mujer, qué grande es tu fe. Que se cumpla lo que deseas».
Y desde aquel momento su hija quedó curada.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
«Mujer, qué grande es tu fe».
Esta es la respuesta de Jesús a la mujer cananea que lo sigue con insistencia.
El evangelista Mateo escribe para una comunidad formada en buena parte por cristianos provenientes del judaísmo. Por eso, este encuentro de Jesús con una mujer extranjera en la región de Tiro y Sidón adquiere un significado muy especial.
Mateo quiere ayudar a su comunidad a comprender que el Evangelio de Jesucristo no puede quedar encerrado dentro de una sola cultura, un solo pueblo o una sola tradición.
Con frecuencia, los seres humanos construimos círculos demasiado estrechos. Nos cuesta aceptar al diferente, abrir nuestro corazón, nuestra casa y nuestra comunidad a quienes tienen otras costumbres, otras maneras de pensar o pertenecen a otras culturas.
La mujer cananea nos ofrece una profunda lección de humildad, perseverancia y fe. Ella reconoce el lugar de Israel dentro de la historia de la salvación, pero al mismo tiempo confía en que la misericordia de Dios también puede alcanzarla.
Su respuesta es extraordinaria:
«También los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».
Aquella mujer pertenece a la gentilidad, como llamaban los judíos a los demás pueblos y culturas. Sin embargo, comprende que la Palabra y la misericordia de Dios no pueden quedar limitadas a unas fronteras determinadas.
Este encuentro permite comprender una enseñanza fundamental: Jesucristo ha venido para todos los pueblos, lenguas y culturas de la tierra.
El evangelista Mateo utiliza este episodio para recordarle a la comunidad cristiana que la Iglesia nació para la Missio ad Gentes, es decir, para abrir caminos más allá de sus propias fronteras y anunciar el Evangelio a todos los pueblos.
La fe cristiana no puede encerrarse. Por naturaleza es misionera.
Los Misioneros Javerianos de Yarumal, fundados hace cerca de cien años por el venerable monseñor Miguel Ángel Builes, obispo de Santa Rosa de Osos, hemos recibido precisamente este carisma: ser enviados en nombre de la Iglesia colombiana y latinoamericana a anunciar el Evangelio de Jesucristo entre pueblos y culturas donde aún no ha llegado plenamente su mensaje.
Por eso seguimos invitando a jóvenes que deseen discernir y madurar su vocación misionera.
Jesús necesita nuevos misioneros para los desafíos de este siglo XXI: hombres y mujeres capaces de salir de sus propias fronteras, aprender nuevas lenguas, comprender otras culturas y compartir la vida con pueblos diferentes.
Querido joven que nos escuchas: quizá también el Señor esté tocando tu corazón para que, como discípulo misionero, seas enviado a vivir y anunciar el Evangelio en medio de otros pueblos y culturas.
Bienvenido.
Que tengas una bendecida semana.














