NI UN VOTO POR CEPEDA

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Por: Aldrin García – Director Totus Noticias

Hay momentos en la historia de un país en los que el voto deja de ser un simple derecho y se convierte en un deber moral. Creo que Colombia está viviendo uno de esos momentos.

Confieso que entiendo a quienes hoy sienten cansancio. Cansancio de las promesas incumplidas. Cansancio de los políticos que aparecen cada cuatro años prometiendo soluciones mágicas. Cansancio de las peleas interminables entre sectores que parecen más interesados en el poder que en la gente. Entiendo incluso a quienes consideran votar en blanco o quedarse en casa este domingo 21 de junio.

Pero con la mano en el corazón, creo que esta vez sería un error.

Porque cuando una democracia enfrenta una decisión trascendental, la neutralidad también tiene consecuencias. El voto en blanco puede ser una expresión legítima de inconformidad. La abstención puede ser una forma de protesta. Pero ninguna de las dos evita que alguien llegue a la Casa de Nariño. Al final, alguien gobernará. Y la pregunta no es si tendremos presidente. La pregunta es quién será ese presidente.

Por eso quiero decir algo que quizás incomode a algunos. Este domingo 21 de junio no votaré por entusiasmo. No votaré porque el candidato que enfrente a Iván Cepeda me represente plenamente. No votaré porque coincida con todas sus ideas. No votaré porque crea que es perfecto. De hecho, tengo diferencias y reservas que no oculto. Pero esta elección dejó de tratarse de simpatías personales. Esta elección se trata de Colombia.

Tengo memoria. Y en política la memoria es una obligación. Tengo memoria de los años más difíciles de violencia. Tengo memoria de los colombianos que dieron su vida defendiendo la democracia. Tengo memoria de quienes construyeron empresa, empleo y progreso en medio de enormes dificultades. Tengo memoria de un país imperfecto, sí, pero libre. Un país donde todavía podemos opinar, criticar y disentir sin que el Estado decida por nosotros qué debemos pensar.

Soy un hombre de derecha. Lo he dicho siempre y no voy a esconderlo ahora. Creo en la libertad económica, en la empresa privada, en la propiedad privada, en la seguridad, en la familia y en el fortalecimiento de las instituciones democráticas. Creo en una Colombia donde el esfuerzo tenga recompensa y donde el Estado acompañe al ciudadano, pero no termine controlando cada aspecto de su vida.

Por eso me preocupa profundamente la posibilidad de que Iván Cepeda llegue a la Presidencia de la República. No se trata de un asunto personal ni de odios políticos. Se trata de lo que representa. Se trata de quien para millones de colombianos es el heredero político de Gustavo Petro y el continuador de un proyecto ideológico que ha profundizado la polarización, debilitado la confianza institucional y generado una enorme incertidumbre sobre el futuro del país.

Muchos colombianos vemos en Cepeda no solo a un candidato, sino a la consolidación de un modelo político que no compartimos. Un modelo que ha dividido a Colombia entre amigos y enemigos, entre quienes merecen ser escuchados y quienes son descalificados por pensar diferente. Y cuando la democracia comienza a deteriorar el respeto por el contradictor, todos deberíamos preocuparnos.

Algunos dirán que exageramos. Que Colombia es más fuerte que cualquier gobierno. Ojalá tengan razón. Pero la historia de América Latina demuestra que las libertades no suelen perderse de golpe. Se deterioran lentamente. Paso a paso. Institución por institución. Derecho por derecho. Mientras muchos ciudadanos observan convencidos de que nada grave puede ocurrir.

Por eso respeto a quienes piensan distinto. Respeto a quienes votarán por Cepeda. Respeto su derecho a defender sus ideas. Esa es precisamente la esencia de la democracia. Pero también exijo respeto para quienes creemos que Colombia necesita otro rumbo y que el futuro del país merece algo diferente a la continuidad del proyecto político que hoy gobierna.

Y ante lo que considero una amenaza para el futuro de nuestra democracia, he tomado una decisión. Este domingo 21 de junio votaré por Colombia. No porque el otro candidato me represente plenamente. No porque me emocione. No porque crea que es perfecto. Votaré porque considero que impedir la llegada de Iván Cepeda a la Casa de Nariño es hoy una responsabilidad superior a cualquier diferencia que pueda tener con quien lo enfrente en las urnas.

Hay elecciones donde uno vota por admiración. Hay elecciones donde uno vota por afinidad. Y hay elecciones donde uno vota para evitar un rumbo que considera peligroso para su nación. Para mí, esta es una de ellas. No votaré movido por el entusiasmo. Votaré movido por la convicción de que Colombia merece preservar su democracia, sus libertades y sus instituciones.

Por eso no votaré en blanco. No me abstendré. No me quedaré observando desde la barrera. Este domingo 21 de junio iré a las urnas con la conciencia tranquila. No porque encontré al candidato perfecto, sino porque sé perfectamente cuál es el proyecto político que no quiero ver gobernando a Colombia. Y cuando llegue ese momento, mi voto tendrá una motivación sencilla pero poderosa: defender el país que amo.

Por eso, con memoria, con responsabilidad y con la mano en el corazón, mi decisión es clara.

Ni un voto por Cepeda.

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