Por: P. Omer Giraldo R. MXY
Oramos en la liturgia de este XV Domingo del Tiempo Ordinario con las palabras del Salmo 64: «La semilla cayó en tierra buena y dio fruto«. Que esta sea también nuestra oración al comenzar esta reflexión, pidiendo al Señor que su Palabra encuentre en nosotros una tierra fértil donde pueda crecer y transformar nuestra vida.
La Palabra de Dios nos presenta hoy dos grandes temas. El primero es la creación, la naturaleza, nuestra casa común. El segundo es la Palabra de Dios, comparada con una semilla que, al caer en tierra buena, produce abundantes frutos.
El capítulo 55 del profeta Isaías nos regala una hermosa imagen que une estos dos temas cuando afirma:
«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo y no vuelven allá sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, así será mi palabra que sale de mi boca».
Seguimos orando por el querido pueblo venezolano que sufrió la acción de la naturaleza con dos terremotos devastadores el pasado 24 de junio. Pedimos al Señor que fortalezca a nuestros hermanos con el don de la resiliencia que siempre los ha caracterizado y les conceda esperanza en medio de la adversidad.
Precisamente, san Pablo, en la segunda lectura de este domingo, tomada de la carta a los Romanos, nos ofrece una profunda reflexión sobre la creación. Nos recuerda que toda la creación fue sometida a la frustración con la esperanza de ser liberada de la esclavitud de la corrupción. Como consecuencia del pecado, también la creación sufre; por eso, los seres humanos estamos llamados a cuidarla con amor y responsabilidad. Es evidente que la naturaleza padece las consecuencias de una humanidad que muchas veces vive alejada de la voluntad de Dios. Por eso afirma el Apóstol que hasta hoy toda la creación gime con dolores de parto, esperando su liberación.
Escuchemos ahora el santo Evangelio según san Mateo (13, 1-23), la parábola del sembrador:
Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Se reunió tanta gente alrededor de Él que tuvo que subir a una barca para sentarse, mientras la multitud permanecía de pie en la orilla. Entonces les habló de muchas cosas por medio de parábolas.
Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte de la semilla cayó junto al camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde había poca tierra; brotó enseguida porque la tierra no era profunda, pero cuando salió el sol se quemó y, por falta de raíz, se secó. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Finalmente, otra parte cayó en tierra buena y dio fruto: unos granos produjeron ciento por uno, otros sesenta y otros treinta.
El que tenga oídos, que oiga.
Más adelante Jesús explica que la buena tierra representa a quien escucha la Palabra, la comprende y da fruto abundante.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Con la parábola del sembrador iniciamos la reflexión sobre las parábolas que san Mateo reúne en el capítulo 13 de su Evangelio. Resulta muy significativo que los mismos discípulos pregunten a Jesús por qué enseña en parábolas. Él responde: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; a ellos no».
¿Quiénes son esos «ellos»? Jesús se refiere a quienes creen conocer ya la Palabra de Dios porque han escuchado muchas veces las Escrituras o saben numerosos textos de memoria, pero no permiten que esa Palabra transforme realmente su vida. Por eso afirma: «Miran sin ver y escuchan sin oír ni entender».
La primera exigencia que hoy nos hace Jesús es escuchar su Palabra con atención, con interés y con un corazón dispuesto a dejarse transformar. No basta con oírla superficialmente, dejando que entre por un oído y salga por el otro.
Vale la pena preguntarnos con sinceridad: ¿Qué frutos está produciendo la Palabra de Dios en mi vida? ¿Estoy dando fruto al treinta, al sesenta o al ciento por uno? ¿Me esfuerzo cada día por responder plenamente al llamado del Señor?
Para Dios lo que verdaderamente cuenta es nuestro esfuerzo personal y comunitario. Jesús concluye diciendo que la tierra buena representa a quien escucha la Palabra, la comprende y produce fruto abundante. Ese es el ideal de todo discípulo de Cristo.
Quiero recordarles también que los Misioneros Javerianos de Yarumal acompañamos a los jóvenes que deseen madurar con nosotros su opción vocacional misionera y compartir el carisma de la Missio ad Gentes, es decir, la misión más allá de nuestras fronteras geográficas y culturales, para anunciar el Evangelio a pueblos y culturas que aún no conocen la riqueza de Jesucristo.
Finalmente, los invito a seguir expresando nuestra solidaridad con el pueblo venezolano, no solo mediante la oración, sino también compartiendo nuestros bienes materiales con quienes hoy afrontan momentos de gran dificultad.
Que así sea.












