Dios es amor compasivo

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XI Domingo de Tiempo Ordinario

Por: P. Miguel Ángel Ramírez González

Hoy el evangelio nos regala una verdad esencial para nuestra fe, y que muy bien expresa cómo ve Dios la humanidad de todos los tiempos: “al ver a las multitudes, sintió compasión de ellas, porque andaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor(Mt 9, 36ss). Pareciera que así hemos estado siempre, “extenuados y desamparados”, sobre todo ante el mal y el sufrimiento; y no solamente eso, sino que sentimos la necesidad de contar con alguien que verdaderamente se apiade de nosotros, pues andamos “como ovejas sin pastor”, dice Jesús.

Estar cansados de la vida, sentirnos hartos de lo que pasa en derredor nuestro, cansados de vivir, de trabajar, de esperar un día mejor y las cosas sin cambiar. Extenuados, cansados de un mundo que promete felicidad y otorga solamente aflicción, violencia, dolor y muerte. Incluso podríamos decir que muchas veces nos sentimos cansados de nosotros mismos, de seguir siendo los mismos egoístas de siempre, los mismos mediocres, los mismos que han prometido tantas veces cambiar y sin embargo seguimos siendo los mismos. Desamparados ante el pecado, la enfermedad, desamparados ante la muerte, desamparados por estar revestidos de tanta debilidad.

Cristo nos contempla, nos dice el Evangelio (Mt 9, 36 – 10, 8). Pero no nos ve con tristeza, tampoco nos ve con indiferencia o desprecio, sino que nos ve con “compasión” con amor que no podemos entender. Y el mismo Jesús no se quedó con los brazos cruzados “viendo” nuestro cansancio y desamparo, sino que asumió todo lo nuestro para poder darnos fortaleza para que podamos sobreponernos de todo; de hecho, la palabra “compasión” significa “padecer cony Él ha padecido con todos nosotros y por todos, y sigue acompañándonos en nuestro caminar de la vida.

Sabemos que hay 2 tipos de hombres en la humanidad: los que se sienten satisfechos y creen que basta vivir vegetando hasta que la muerte los llame, creyendo que la vida humana es solamente comer, reproducirse, ver televisión, cometer algún pecadillo y llegar cada noche a su lecho creyendo que al fin de cuentas todos los hombres son iguales. Pero hay otros que son los insatisfechos de lo que ven que pasa en el mundo y en su propia vida, y en lugar de esperar a que las cosas cambien, o simplemente criticar, se deciden a cambiar empezando por ellos mismos, ayudados por la gracia de Dios.

Pues yo creo, hermanos que, en medio de toda esa oscuridad, en medio de ese “cansancio” y “desamparo” en que muchas veces nos encontramos, deberíamos levantar la mirada y buscar esa luz y esa fortaleza para seguir esperando contra toda esperanza… La Cruz de Cristo no es un adorno, es un faro de luz que debe iluminar, transformar, sanar y resucitar.

El primer gran “teólogo del misterio la Cruz” fue san Pablo. Quiso entender un mundo en donde vivía, y quiso comprender el sufrimiento personal y de sus comunidades; vivió en un mundo que rechazaba la Verdad; vivió en un mundo que no fácilmente aceptaba el mensaje de un Dios definido como amor. Su reflexión lo llevó a pensar que al mal solamente se le vencería desde dentro con el bien, con la compasión, y tenía razón; es por eso que

expresa: “Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza… Cristo murió por los impíos… la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (cf. Rom 5, 6-11). Es así como el apóstol se convence que al sufrimiento y las heridas que cargamos en la vida, se les vence, no pateando la cruz y enojándose por la vida que nos tocó vivir, sino que, con Cristo, subirse a la cruz, asumirla y luego ofrecerla.

El Padre claretiano, Teófilo Cabestrero, en su libro “Entre el sufrimiento y la alegría” señala: “Nos hará bien grabarnos una consigna oportuna y urgente para este tiempo de tanta deshumanización: “hay que humanizar el propio sufrimiento y el sufrimiento ajeno”, con el consuelo y la esperanza activa del amor, de la ternura, del cariño, de la esperanza y el buen humor, que siempre producen la alegría y la esperanza de futuro que todos necesitamos, porque nos humanizan y nos dan alas.”

El Evangelio de este día nos está recordando que, para Jesús, somos únicos, somos personas que sufren, con un nombre y una historia, con nuestros miedos y desesperos, con una vida llena de heridas grandes y de pequeños pecados. Pero, a diferencia de los malos líderes de nuestro mundo, Jesús siente compasión por cada uno, pues Él nos entiende como hombre y nos perdona como Dios.

Curiosamente, Jesús NUNCA explicó por qué el sufrimiento, pues es un misterio, pero la inmensa montaña de sufrimiento humano lo colgó sobre sus hombros y nos amó, sí, nos amó hasta entregarnos la última gota de sangre por amor, por compasión. Enseñó que la “cruz nuestra de cada día” no hay que rechazarla, ni siquiera quemarla, sino cargarla y seguirlo a Él, dejándonos bañar por su compasión.

La gran lección que nos dio Cristo y que Pablo descubrió en su teología de la Cruz” consiste en lo siguiente: NO PODEMOS EVITAR QUE NOS SUCEDAN COSAS, PERO SÍ PODEMOS DETERMINAR QUÉ HACER CON LO QUE NOS PASA, PERO LUEGO DE HABER SIDO SANADOS POR EL PERDÓN Y LA GRACIA QUE NOS DA JESÚS.

Jesús manda a sus apóstoles (y a todos nosotros) a AMAR, a hacer más llevadera la cruz de los demás pues, al hacerlo así, se aligera la carga de todos: “Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos, echen demonios. Lo que han recibido gratis, denlo gratis” (Mt 10, 7-8).

El Padre Brennan Manning señalaba que muchas de las heridas que recibimos cuando niños, a la larga generarán dolor, rechazo, odios, y hasta pérdida de la fe en Dios. Él tuvo una infancia de pobreza, abandono de padres que toleraban a los hijos, pero no los amaban realmente, hundidos en su propio dolor. Su madre, enfermera, su padre, un hombre alcohólico que desgastaba sus zapatos todos los días buscando un trabajo que siempre le huía.

Esa herida de falta de amor lo llevará al Padre Manning en su edad madura al alcoholismo y al sufrimiento. Platica, por ejemplo, su relación con su madre, que “con frecuencia ella regresaba a casa por las tardes, entre los dos turnos de trabajo, y yo corría con los brazos extendidos para abrazarla; lo único que recibía era un empujón para alejarme. ¡Eres tan molesto! ¡Siéntate en el rincón y cállate!”.

Señalaba Manning que “mi infancia fue una niñez de rechazos y castigos repetidos o la amenza de recibirlos”.

Pero un dia llegó la experiencia que le partiría el corazón y definiría casi la mitad de su vida. “En una Navidad, cuando tendría diez años, pasé un rato caminando por los pisos de madera crujiente de la tienda Woolworth, en el sector de todo por dos pesos, en busca de un regalo para mi madre. Encontré un pequeño anotador, del tipo que las personas ponen al lado de los teléfonos. Era multicolor, en tonos pastel, rosa, verde y azul. Nunca había visto algo así. Pensé que era precioso, seguramente algo que iba a emocionar a mi madre. Llegó la mañana de Navidad y estábamos todos reunidos: padres y abuelos, mi hermano, mi hermana y yo. Cuando mi madre comenzó a abrir mi regalo, contuve la respiración, lleno de expectativas. Ella rompió el papel del envoltorio y miró el anotador. “¿Qué se supone que voy a hacer con esto? ¡Qué gasto innecesario!”. Luego de un tiempo que pareció eterno, cuando todos los ojos estaban sobre mí, mi madre me arrojó el anotador y los Manning continuaron con otros regalos. Sentía que había comprado el diamante soñado para ella, pero no fue suficiente. No podía entender. Estaba destrozado”.

Imaginemos cómo iba crecer un hombre con esas heridas. Piensen cómo esa historia, de alguna u otra forma, todos la hemos vivido, de modo que, cuando venimos al templo, no solamente venimos a pedir cosas a Dios para hoy para mañana, sino que traemos una vida llena de heridas que deseamos sean sanadas.

Sigo el relato del Padre Brennan Manning. Platica que fue un dia a confesarse, ya hombre adulto, y como tardaba en llegar el sacerdote, se puso a orar el Via Crucis, de modo que, cuando llegó a la estación de Cristo en la Cruz, sintió la fuerza de un amor que todo lo sana y lo hace nuevo.

Mientras veía a Jesús en la Cruz, leía: “¡Contempla a Jesús crucificado! ¡Contempla las heridas que recibió por amarte! Toda su apariencia anuncia amor: su cabeza inclinada por besarte; sus brazos extendidos para abrazarte; su corazón abierto para recibirte. ¡Ah, la superabundancia del amor de Jesús, el Hijo de Dios, que muere sobre la cruz para que el hombre pueda vivir y ser librado de la muerte eterna!”.

Fue como un chorro de agua que entrba por cada fisura de su alma. Luego, de manera muy sencilla, platica cómo Jesús le habló al corazón. Escuchaba en su interior: en ese momento “Jesús dijo mi nombre. Hasta el día de hoy, no he revelado a nadie lo que escuché; no fue Richard ni Richie, sino un nombre por el cual solo Jesús me conoce…

La experiencia se asemejaba a olas que se agitaban, tormentas de primavera y diques que se abrían, todo junto al mismo tiempo. Como el profeta Isaías, quedé como un hombre

muerto. El pequeñito que escuchó toda la vida “Los hombres no lloran”, en aquel momento sollozaba sin control. Me parecía la única respuesta que podía dar a un regalo tan grandioso: que Jesús había muerto en la cruz por mí y luego que me llamara por mi nombre. El crucifijo definitivamente se había transformado en carne y hueso. Fue en aquellos dorados momentos cuando fui sacudido por una ola tras otra de la teología de la dicha: que Dios no solamente me ama, sino que también le agrado.

El cristianismo ya no fue (a partir de ese momento) un código moral sino una historia de amor, y lo había experimentado de primera mano.

Esa es la gracia que Jesús promete y el don que nos da a cada uno. Al final de ese capítulo dice una frase curiosísima. Como Brennan Manning entró al seminario y se hizo monje franciscano, en esos tiempos se acostumbraba a cambiar el nombre. Él, que se llamaba Richard, decidió el nombre del Brennan. Escribe: “Para aquellos que me conocieron antes de 1963, mi nombre es Richard o Richie. Pero, a partir de ese año, mi nombre ha sido Brennan”. Como si hubiera vuelto a nacer, y realmente el Richard tan herido y lastimado en la infancia y juventud, nacía bajo la misericordia y la gracia. Richar, tan herido y abandonado por sus padres, era abrazado y llamado de manera única por Jesús, cambiándole el corazón.

Repito, ante la misericordia infinita de Dios, frente al amor gratuitamente derramado por nosotros, no podemos sentirnos solos, desamparados, turbados o tristes. Aprendamos a confiarnos a las manos de Dios sabiendo que su amor es más grande que el pecado y la muerte.

Y falto decir algo fundamental: Cuando descubrimos la compasión de Dios por nosotros, y experimentamos la fuerza de su amor resucitador, surgirá, como por magia, la ALEGRÍA, como expresión de las bienaventuranzas.

Imaginemos a Jesús predicando en aquel lugar perdido de Galilea predicando la esperanza, llamando a las personas a no darse por vencidas y a tener fe en Dios y sobre todo a vivir el remedio que cura toda pena: el amor. Cuando así se hace, aparece la alegría que es el don más intenso de nuestra fe cristiana. La compasión de Jesús nos dice que detrás de la Cruz del dolor y la muerte está la Vida; detrás de la vida marcada por las pruebas está la “alegría” pues allí se encuentra la fuerza de la Resurrección.

Dios ha triunfado sobre las fuerzas del mal y de la muerte. Cristo Jesús, armado solamente con su amor infinito y compasión por los hombres subió a la Cruz, y desde allí, dice san Juan que nos atrae a todos, de modo que, quien más cerca esté de esa Cruz, más experimentará su compasión redentora. Brennan Manning pone en boca de Jesús estas palabras:

“El reino de mi Padre no puede ser vencido, ni siquiera por la muerte. En el final todo estará bien, nada podrá lastimarles permanentemente, no hay pérdida que perdure, no hay derrota que no sea transitoria, no hay desilusión que sea concluyente. El sufrimiento, el fracaso, la soledad, la pena y el desaliento, la muerte, todo esto formará parte del viaje, pero el Reino de Dios conquistará todos estos horrores. No hay mal que pueda resistirse a la gracia salvadora para siempre.”

¿Qué nos llevamos este domingo en el corazón? Una seguridad inmensa: la certeza de que no hay nadie en este mundo que esté lejos de la compasión y perdón de Dios.

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