Por: P. Omer Giraldo R. MXY
Mi saludo de nuevo desde la sede de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, donde me encuentro en la coordinación de los estudios universitarios de varios grupos indígenas de nuestro país, grupos de afrocolombianos y de mestizos campesinos, venidos de diversas regiones periféricas de nuestro país, siguiendo el convenio del Instituto Misionero de Antropología con la Universidad Pontificia Bolivariana. Este es un proyecto educativo de los Misioneros Javerianos de Yarumal y de la Conferencia Episcopal de Colombia que, durante más de cinco décadas, ha buscado el empoderamiento de la diversidad étnica de nuestro país como signo de solidaridad y amor a los pueblos y culturas originales de nuestro suelo patrio, en nombre de todos los colombianos.
Extiendo mi invitación especial para que crezcamos en la virtud de la inclusión como cristianos en nuestra tradición católica, evitando toda forma de discriminación y buscando siempre la equidad social. Gracias por tu apoyo al Instituto Misionero de Antropología, IMA.
La Palabra de Dios hoy nos trae, en la primera lectura tomada del segundo libro de los Reyes, el relato de una mujer sunamita que acoge al “hombre de Dios”, el profeta Eliseo, construyéndole una habitación para que descanse en sus largas jornadas. Quien acoge a un hombre de Dios, acoge al mismo Dios; es la lección que nos deja hoy la Palabra de Dios. El profeta Eliseo, en nombre de Dios, responde a la hospitalidad de la mujer sunamita orando para que le conceda el milagro de darle un hijo, a pesar de ser una mujer estéril.
Evangelio
Lectura del santo Evangelio según san Mateo (10, 37-42)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles:
«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.
El que los recibe a ustedes me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta por ser profeta tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo por ser justo tendrá recompensa de justo.
Y el que dé a beber, aunque sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser discípulo, les aseguro que no perderá su recompensa».
El Evangelio de hoy, tomado de san Mateo en el capítulo décimo, nos ayuda a comprender el valor de la hospitalidad y de la acogida a los mensajeros enviados por Dios.
Mateo, en este pasaje de esta domínica, nos deja tres lecciones que debemos guardar en el corazón:
Primera lección: Jesús nos pide amarlo a Él, Dios hecho hombre, por encima de todos nuestros afectos. Esto no significa que Jesús no valore el amor a la familia ni el cuarto mandamiento: amar a nuestro padre y a nuestra madre. Al contrario, nos enseña que el amor a la familia crece, se engrandece y se profundiza cuando está sustentado en el amor a Dios.
Esto implica aprender a llevar la cruz de cada día, pues con frecuencia, al interior de la vida familiar, surgen relaciones egoístas que alimentan el odio y la discriminación. El discípulo de Jesús está llamado a superar estas prácticas que generan violencia y rechazo. Por el contrario, Jesús nos insiste hoy en la actitud de la acogida al otro, en el don de la hospitalidad, es decir, en no considerar al diferente como un extraño al que hay que rechazar. De esta manera contribuimos en la construcción de la civilización del amor.
Segunda lección: Aprender a ganar la vida gastándola para ayudar a los demás. Jesús nos ayuda a entender que muchas veces, por querer ganar la vida, en realidad la estamos perdiendo. La única manera de ganarla plenamente es viviendo sin egoísmos que nos paralizan. Qué profunda enseñanza nos deja hoy el Evangelio cuando nos dice: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará».
Tercera lección: Vale la pena consagrar la vida al servicio de Dios. Así lo vivieron los profetas del Antiguo Testamento, como el profeta Eliseo en la primera lectura de hoy. El Señor siempre suscitará personas del lugar y de la cultura a donde lleguemos como misioneros, que acojan a quienes son enviados como mensajeros de Dios.
La mujer sunamita que acogió a Eliseo recibió abundantes gracias de Dios. Del mismo modo, Jesús les dice hoy a sus discípulos: «El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado».
Los Misioneros Javerianos de Yarumal acogemos a jóvenes que deseen madurar con nosotros su opción vocacional misionera, para ser enviados a pueblos y culturas más allá de nuestras fronteras.
Les pido también una oración muy especial por el Instituto Misionero de Antropología (IMA), que acoge a la diversidad étnica de nuestro país para que, a través de la formación universitaria, continúe fortaleciendo a los pueblos indígenas, afrocolombianos y comunidades campesinas. Que estos estudios contribuyan al desarrollo integral de sus niños, de sus jóvenes, de sus familias y de sus culturas en las regiones más periféricas de Colombia. Que el Señor siga bendiciendo esta obra misionera al servicio de nuestros pueblos. Que así sea.














