Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
El desprecio que los colombianos adinerados y los economistas de pipí escondido sienten por la diáspora que suda la gota en el extranjero para mandar cada mes la remesa y ayudar a los hogares a sostenerse, educarse y crecer, se está volviendo miserable.
Disfrazando un sentimiento clasista o racista, han hecho crecer, repitiendo una y otra vez, la idea paranoica de que los dólares o euros que llegan a través de los bancos y agencias de divisas son, en su mayoría, producto del pitufeo de los exportadores de drogas ilícitas. No hay quien los haga entender que esas divisas, que ayudaron con casi 14 mil millones de dólares a la economía nacional el año pasado, son fruto del sudor de hombres y mujeres que se van a trabajar lavando inodoros o dando culo.
Tercamente insisten en que esos pequeños aportes mensuales no son producidos por el trabajo y las angustias de quienes se fueron a buscar oportunidades en USA, España, Chile, Japón o Arabia. Para respaldar su paranoia contra la diáspora y desprestigiarla, acaba de salir un informe muy detallado de INSILAB donde, sin vergüenza alguna, comienzan afirmando que 17 mil millones de dólares de origen ilícito entran al sistema financiero nacional por el pitufeo o fraccionamiento sistemático de transacciones.
No importa que en el mismo informe digan que las remesas no han pasado de 15 mil millones de dólares hasta ahora. Están obnubilados en acusar a toda la diáspora colombiana de narcotraficante.
Quienes hemos vivido y gobernado en un departamento como el Valle, donde se recibe el mayor volumen de remesas, sabemos cuántos hogares han podido seguir comiendo, educando a sus hijos, construir un pisito más a la casa o pagar las cuotas del taxi para el hijo bobo.
Con un proceso elemental de inteligencia artificial podrían esos miserables cotejar receptores y remitentes, cantidades y medios de giro, y exigirles a los presidentes que les pongan oficio a las embajadas y consulados, y hagan por fin un censo de los que se fueron.
No lo hacen. Solo quieren degradar la diáspora.














