Solemnidad del Bautismo del Señor
Por: P. Miguel Ángel Ramírez González
Con la solemnidad del Bautismo del Señor, damos por terminado el tiempo de Navidad. Podríamos decir que, en el Bautismo del Señor, Dios Padre presenta oficialmente a su Hijo único, y nos da el mandato fundamental: debemos escucharlo, seguirlo, y reconocerlo como su Palabra definitiva. Esto se realizó con una manifestación o epifanía Trinitaria, pues la voz del Padre dice: «Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias» (Mt 3, 17), apareciendo también el Espíritu Santo en forma de paloma, ungiendo al Señor.
Lo que le interesa al evangelio es la presentación que el Padre hace de su Hijo al pueblo: “se le abrieron los cielos”, y el Padre, silencioso desde el tiempo de los profetas, tiene ahora su voz directa a través de su Hijo Jesús. Mateo expresa una doble realidad: Jesús es hombre totalmente, solidario con los “pecadores”, pero también tiene una íntima relación con Dios Padre, pues es, no solamente la Palabra Eterna, sino “el Hijo” en quien Dios se complace.
Me preguntaba una persona si Jesús necesitaba ser bautizado. Mi respuesta es que debemos ver este momento biográfico del Salvador desde la perspectiva de Dios; de hecho, Juan no quería bautizarlo pues sabía de su identidad divina e impecabilidad, pero Jesús insiste, haciendo de este gesto, el signo de solidaridad absoluta con la humanidad. Y es justamente en ese momento de solidaridad con la humanidad pecadora, que se revela la Trinidad; el Padre que presenta a su Hijo amado, y un Espíritu que unge al Hijo para la misión que es, sobre todo, de misericordia y salvación.
Pero, además, la liturgia quiere que contemplemos este hecho de la historia de Jesús, que es también nuestra historia pues un día fuimos bautizados. Este hecho tan importante lo dejamos en el pasado de nuestras vidas, y lo hemos reducido a un evento social, pero no lo vemos como nuestro nacimiento en Dios y la vida en el Espíritu, que es lo que significa. Solamente los grandes santos reconocen este hecho, como fundamental en su existencia. Ser bautizado, dice González de Cardedal, es “acoger el don de Dios y un encaminamiento de la existencia hacia Dios, entregándose a él en su misterio personal y en su acción salvadora en el mundo”. Es cierto, Dios no solamente nos creó, sino que nos “recreó” como “creaturas nuevas” el día del bautismo, configurándonos y salvándonos en Cristo, y haciéndonos sus hijos adoptivos por el Espíritu Santo. Desde ese día el hombre crece en la fe, pero no en la fe de saber cosas, sino de una fe que es vida y entrega, de una caridad que es actuante y una esperanza abierta a recibir la vida eterna.
Hoy les pregunto: ¿Recuerdan ustedes dónde fueron bautizados? ¿qué día? Viendo las viejas fotos, ¿reconocen a las personas que asistieron? ¿Han vivido los frutos de su bautizo? Es curioso que celebremos el día del nacimiento biológico con festejo de cumpleaños, pero, ¿no más bien deberíamos celebrar nuestro bautizo, como el nacimiento verdadero?
Se platica que, cuando San Luis Rey de Francia bautizaba a uno de sus hijos, lo abrazaba con alegría, y lo besaba con gran amor; y añadía: “hijo mío, hace un momento sólo eras hijo mío, pero ahora lo eres de Dios”. Se platica también que Juan Pablo II besó la pila bautismal donde él había recibido la gracia del nacimiento en Dios, cuando visitó su parroquia.
Las mismas palabras que se escucharon el día del bautizo de Cristo, se repiten en el bautizo de cada niño que es llevado a la pila bautismal, y que san Lucas expresa en su evangelio citando a Isaías: “hijo mío eres tú, hoy te he engendrado” (Cfr. Lc 3, 15-16. 21-22). Y, desde ese día, será nuestra tarea hacer fructificar la semilla de la filiación. Pero, recordemos algo importante: la imagen que después tendremos de Dios y de nuestra vocación cristiana, dependerá, en primer lugar, de nuestros padres y, más tarde, de nosotros mismos. De su ejemplo, y de nuestro modo de vivir los valores que recibimos y educamos, será lo que determine nuestra vida cristiana.
El sacerdote jesuita Ricardo Franco llegaba al final de su vida enseñando a sus discípulos que la imagen de Dios que llevamos en el alma juega un papel importantísimo en el modo de vivir, y en el modo en que llegamos al final de nuestros días. ¿Qué imagen tenemos de Dios?, preguntémonos.
Algunas personas crecieron con la pobrísima imagen de un Dios violento, acusador y que tiene el dedo apuntando a los hombres para castigarlos. Otros, por el contrario, tienen de Dios una imagen demasiado dulzona y creen que basta que levante la frente al cielo para que, por una oración o un sacrificio, Dios baje solícito a escucharlos. Otros han querido vivir sin Dios y han decidido erigirse ellos mismos como valor absoluto. Otros pocos se saben pecadores, pero amados y perdonados por Dios y hacen de su vida una tarea de construcción para hacerse dignos del Dios Padre y hermanos de Jesús.
Quiere decir que quien ha madurado en la fe y ha hecho a un lado a las visiones negativas de Dios, ha llegado a lo esencial: poner a Dios como roca y cimiento en su vida. Y luego, sabiéndose hijo de Dios por el bautismo, construye la casa de su vida en esa seguridad y en esa coherencia: vivir lo que creía, y creer que Dios misericordioso estará siempre con él.
Eso es lo que Dios quiere: Que el bautizado, al orar diariamente, las palabras estén respaldadas por el resultado de una vida construida con los ladrillos del amor y del perdón. Porque para este Dios que Jesús nos muestra, no es importante que nos acordemos de Él, sino que entendamos que Él jamás nos olvida, y que, en la hora de la verdad, cuando nos hundamos en el sufrimiento, en la prueba terrible de la enfermedad o de la muerte, Él estará allí, en el fondo, con los brazos y el corazón abiertos de par en par, para darnos la fuerza y la confianza que necesitamos, pues somos sus hijos.
Si me preguntaran cómo defino la santidad, seguramente les podría decir que consiste en reconocer y vivir la vocación de hijos de Dios, que recibimos en el bautismo. El día de nuestro bautismo Dios nos dio una misión a realizar, y nos otorgó todas las gracias necesarias para llevarla a cabo.
Alguien me envió una nota que señalaba que para llegar a nacer cada uno de nosotros, es decir, para que existiéramos, fueron necesarios, detrás de nosotros, nuestros padre y madre, 4 abuelos, 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos, así, sucesivamente, para que, en 11 generaciones, precedieran 4,094 personas. Me decía esta persona: “somos un milagro”, y es verdad. Piensa por un instante: ¿Cuántas luchas?, ¿cuántas guerras?, ¿cuánta hambre?, ¿cuántas dificultades?, pero también… ¿cuánto amor?, ¿cuánto cariño?, ¿cuántas alegrías?, ¿cuánta esperanza?,
¿cuántos sacrificios tuvieron que vivir todos estos antepasados para que tú puedas estar vivo?
Esta es nuestra tarea de bautizados: creer que somos un milagro, descubrir nuestra vocación, vivir como hijos de Dios Padre y configurarnos, día a día, en el Bienamado de Dios, Jesucristo. Por eso, Thomas Merton, el monje norteamericano, decía que la vida cristiana consiste en vivir nuestra vocación de hijos, de modo que, al hacerlo así, nos vayamos convirtiéndo en aquello que exige nuestra vocación bautismal. Dice: “Nos hacemos lo que somos por la forma en que nos dirigimos a Dios”, y Jesús nos enseñó a verlo e invocarlo como Padre, pues somos sus hijos y, como tales, debemos amar a los demás como hermanos.
Así es, de vez en cuando deberíamos traer a la memoria nuestro bautismo, y la dignidad que este sacramento nos ha dado. Orar cada día, ofrecer nuestras acciones y trabajos pidiendo la luz del Espíritu para cumplir la voluntad del Padre.
Pedirle que nos permita vivir mejor y de forma más sana y tranquila nuestra vida diaria. Sin miedos, con alegría por la vida, haciendo fructificar los talentos que Dios nos otorgó, cumpliendo su voluntad en cada día… Eso resume nuestra vocación bautismal. La extraordinaria escritora Gabriela Mistral escribió algo que hoy nos puede iluminar:
Toda la naturaleza es un anhelo de servicio. Sirve la nube, sirve el agua, sirve el surco.
Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú; donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú; donde haya un esfuerzo que todos esquiven, acéptalo tú.
Sé el que apartó la estorbosa piedra del camino; sé el que apartó el odio entre los corazones y las dificultades del problema.
Existe la alegría de ser sano y la de ser justo; pero hay, sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir.
¡Qué triste sería el mundo si todo en él estuviera hecho, si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que acometer!
Que no te llamen solamente los trabajos fáciles, ¡es tan bello hacer lo que otros esquivan!
Pero no caigas en el error de que sólo se hace mérito con los grandes trabajos; hay pequeños servicios que son buenos servicios; adornar una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña.
Aquél es el que critica, éste es el que destruye, sé tú el que sirve.
El servir no es faena de seres inferiores. Dios que da el fruto y la luz, sirve. Pudiera llamársele así: El que sirve.
Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día: ¿serviste hoy? ¿a quién?
¿al árbol, a tu amigo, a tu madre?
Fuimos llamados a vivir el bautismo, para hacer fructificar nuestra vocación de hijos de Dios en Cristo. Como Iglesia de bautizados, debemos amar, como Él amó; dar la vida, como Él la dio; debemos servir, como Él sirvió a todos. No es fácil, pero podemos decir aquella frase que san Agustín dijo de manera tan bella: “Fortaléceme para que pueda dar lo que mandas y manda lo que quieres”. Amén.















