Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Por alguna razón que ni el astrólogo Puerta puede dilucidarnos, Colombia resolvió desordenarse en todos sus vericuetos. Económicamente, el asunto es casi tenebroso para los adivinadores, pero muy estratégico para quienes nos gobiernan.
En jugadas más de empresarios a punto de quiebra que de hacendistas previsivos, resolvieron endeudar al Estado por la puerta de atrás para garantizar un flujo de caja en año electoral, y nos treparon los montos debidos y los intereses a niveles nunca antes vistos.
La propuesta de “paz total” se nos está volviendo una guerra total. Como existen 300 mil hectáreas de coca y no sé cuántas explotaciones auríferas sin el control del Estado, los chorros de plata siguen entrando por fuera del cerco bancario prohibitivo, y el desequilibrio solo lo compensan las ventas del comercio o los múltiples lavaderos de dólares, mal llamados negocios prósperos.
Los 18 ejércitos de traquetos, torpe y tercamente llamados disidencias de las Farc, se enfrentan más entre ellos que con la fuerza pública. Los ancianos batalladores del ELN y los precoces del Clan aterrorizan, por lo menos, 11 departamentos. El Cauca, Norte de Santander, Chocó y Arauca se ahogan entre balaceras, oro y coca.
No pasa un día sin que dejen de reportarnos enfrentamientos, matanzas, asaltos o batallas. Las carreteras, como por arte de magia, resultan bloqueadas por ciudadanos energúmenos o por indios emberracados.
El sistema de salud sigue abortando fastidios y agonizando de pie. Las hidroeléctricas tienen que producir megavatios para llenar la falta de gas de las termos. Y, como si fuera poco, medio país se inunda en febrero, mes de las sequías, y el presidente, en una permanente crisis paranoica, no mide cuánto puede desprestigiar la fuerza pública por creerle a los chismes mamertos que le pasan sus detectives.
Es el desorden, solo desorden.
















