Con Amapola no se metan: La línea que algunos abelardistas decidieron cruzar…

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Por: Aldrin García – Director Totus Noticias

Hay campañas que pierden el rumbo.
Y hay otras que, en su desespero por crecer políticamente, terminan perdiendo algo mucho más grave: la decencia.

En medio de la campaña presidencial y de la pelea por el liderazgo del uribismo, Paloma Valencia tuvo que escribir una frase que ninguna madre debería verse obligada a publicar:

“Candidato @ABDELAESPRIELLA y sus bodegas: con mi hija no se metan”.

Así. Sin anestesia.
Sin protocolo.
Sin maquillaje político.

Porque cuando le tocan un hijo a una madre, se acaba el libreto y aparece el instinto.

Todo empezó cuando una de las bodegas de Abelardo de la Espriella decidió meterse con Amapola, la hija de Paloma Valencia. Y ahí quedó claro que algunos abelardistas ya perdieron por completo el límite entre hacer política y actuar con bajeza.

Porque una cosa es confrontar ideas.
Y otra muy distinta es atacar hijos.

Los niños no hacen debates.
No escriben trinos.
No organizan campañas.
No salen a insultar contradictores en redes sociales.

Pero pareciera que algunos sectores están tan obsesionados con destruir a Paloma que ya no distinguen entre adversario político y familia. Y eso no es firmeza política. No es carácter. Mucho menos liderazgo.

Eso es podredumbre disfrazada de militancia digital.

Y lo más cansón es que el libreto ya se volvió repetitivo: atacan, provocan, ensucian el debate y después salen a posar de víctimas o de caballeros ofendidos. Una mezcla rara entre barra brava, fanatismo político y show permanente para redes sociales.

Después apareció Abelardo diciendo que “los niños son sagrados” y que en su campaña “no existen bodegas”. El problema es que las bodegas no necesitan oficina física ni uniforme para existir. Se reconocen por comportamiento. Por sincronización. Por narrativa. Por obsesión enfermiza.

Cuando decenas de cuentas salen al mismo tiempo contra las mismas personas, usando el mismo tono, las mismas palabras y apuntando siempre al mismo objetivo, aquí no estamos hablando de coincidencias. Estamos hablando de operaciones políticas disfrazadas de “opinión espontánea”.

Y Paloma respondió como responde alguien que ya entendió perfectamente cómo funciona este juego:

“Su campaña claro que tiene bodegas e instrucciones precisas en contra del presidente Uribe, de su familia y mía”.

Traducido al español simple: aquí nadie nació ayer.

Y quizás lo más revelador es el momento en que ocurre todo esto. Precisamente cuando Álvaro Uribe Vélez dejó claro públicamente que Paloma representa las banderas del uribismo y del Centro Democrático, comenzaron los ataques contra su hija. Como si algunos hubieran entendido que no pueden derrotarla ni en coherencia, ni en formación, ni en identidad política… y entonces decidieran ensuciar el terreno.

Porque cuando no logran destruir el mensaje, intentan destruir emocionalmente al mensajero.

Y ahí es donde aparece la gran diferencia entre hacer política y simplemente vivir del espectáculo agresivo. Hay candidatos que creen que liderar es gritar más duro, insultar más fuerte y convertir cada debate en un ring de TikTok. Mucho ruido, mucha rabia y muy poca altura.

Pero esta vez les salió mal.

Porque tocar a Amapola fue tocar un límite que incluso mucha gente que no sigue a Paloma entiende perfectamente. Los hijos no se meten en la guerra política. Punto.

Amapola no eligió estar en esta pelea.
No es candidata.
No es figura pública.
No tiene por qué cargar el odio de adultos incapaces de debatir sin destruir.

En política se puede pelear duro.
Se puede confrontar sin misericordia.
Se puede criticar con toda la fuerza.

Pero hay líneas que separan la firmeza de la miseria humana.

Y con Amapola… no se metan.

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