La envidia no siempre destruye. A veces… despierta.

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Por: Aldrin García Balvin – Director de Totus Noticias

Hay sentimientos de los que nadie quiere hablar. Se esconden, se maquillan, se niegan. Pero están ahí, latiendo en silencio en la vida diaria de cualquier colombiano. Uno de ellos es la envidia. Sí, esa palabra incómoda que muchos prefieren disfrazar con frases más elegantes, pero que en el fondo todos hemos sentido alguna vez.

Y aquí viene lo incómodo: la envidia no es del todo mala.

Nos han enseñado que es un pecado social, que es veneno puro, que destruye relaciones. Y sí, puede hacerlo. Pero también puede ser otra cosa. Puede ser una chispa. Puede ser ese pequeño fuego interno que nos incomoda lo suficiente como para movernos. Porque cuando usted ve que a alguien le va bien —que lo ascendieron, que le aumentaron el sueldo, que logró lo que usted aún no— hay dos caminos: resentirse… o reaccionar.

La pregunta no es si siente envidia. La pregunta es qué hace con ella.

En Colombia, este sentimiento se volvió paisaje. No solo en el trabajo, en la familia o entre amigos… también en la política, en las redes sociales, en la conversación diaria. Aquí no siempre celebramos al que le va bien. Aquí lo miramos raro. Lo cuestionamos. Sospechamos. “Algo raro hay ahí”, decimos. Como si el éxito fuera un delito y no un mérito.

Y ahí es donde la envidia deja de ser inspiración… y se convierte en miseria.

Porque hay una diferencia enorme entre la envidia que impulsa y la que destruye. La primera le dice: “yo también puedo lograrlo”. La segunda le susurra: “ojalá le vaya mal”. Y esa segunda versión es la que más daño nos hace como sociedad. Esa es la que divide, la que contamina, la que convierte cualquier logro en motivo de ataque.

Todos hemos visto ese personaje. El que no construye, pero critica. El que no avanza, pero estorba. El que no celebra, pero sí señala. El envidioso no quiere crecer… quiere que usted se quede donde está.

Y lo más peligroso es que muchas veces lo tenemos cerca. En el trabajo. En el grupo de amigos. Incluso en la familia. Ese que minimiza sus logros, que le baja el ánimo, que siempre tiene un comentario incómodo listo. No es casualidad. Es envidia mal procesada.

Pero tampoco se trata de señalar hacia afuera sin mirarnos por dentro.

Porque, seamos honestos: todos, en algún momento, hemos sido ese envidioso.

Hemos visto el éxito ajeno con incomodidad. Hemos comparado. Hemos sentido ese pequeño nudo en el pecho que no sabemos cómo explicar. Y ahí está la oportunidad. Porque reconocerlo no nos hace débiles… nos hace conscientes.

Tal vez el problema no es sentir envidia. Tal vez el problema es no saber transformarla.

Imagínese por un momento un país donde la envidia no se convierta en ataque, sino en impulso. Donde ver a alguien progresar no genere sospecha, sino inspiración. Donde el éxito del otro no sea una amenaza, sino una referencia.

Sería otro país.

Porque Colombia no necesita más gente señalando… necesita más gente superándose.

La próxima vez que sienta envidia, no la niegue. Escúchela. Pregúntese qué le está diciendo. Tal vez no es odio… tal vez es un llamado a crecer, a moverse, a dejar la comodidad.

Pero cuidado: si no la transforma, la envidia no lo impulsa… lo consume.

Y ahí ya no estamos hablando de un sentimiento natural.
Estamos hablando de una sociedad que se sabotea a sí misma.

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