Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Al país lo están inundando de propaganda de carros eléctricos, pero, salvo casos específicos, son muy pocas las estaciones de servicio donde esos vehículos puedan recargarse.
Y, lo que puede ser peor, el consumo de electricidad a futuro no está garantizado en Colombia, pues ya hasta se habla de que para el verano de El Niño, en noviembre, estaremos repitiendo la dosis de racionamiento que nos afrijoló Gaviria y que permitió que existiera La Luciérnaga.
Si a esa demanda de coches eléctricos sin electricidad asegurada le unimos la demanda que la modernidad va a exigir por cuenta de la IA, que gasta energía desbocadamente, pareceríamos condenados en este país a ilusionarnos con tener los lujos o adelantos de otros países, pero a rabiar por no poderlos disfrutar por falta de electricidad.
Por supuesto, como en Colombia a todo nos acomodamos, ha crecido la oferta de carros eléctricos y dicen que la venta de híbridos también.
Mientras tanto, la secta de Irene continúa autofelicitándose porque no tendremos gas para prender las termos durante los críticos momentos de las hidroeléctricas, que no volvieron a construir, y, obviamente, lo importaremos del Golfo de México o de Venezuela, porque en un momento glorioso de la patria nos dejamos quitar el privilegio de horadar la tierra en busca de combustibles fósiles.
Si a eso agregamos que el mundo entero, con su IA, va a consumir mucha, tal vez muchísima electricidad, y no habrá suficiente agua ni granjas solares ajustadas para tanto gasto, el precio del gas que importaremos —y hasta el del maldecido carbón— con que alimentarán las termos subirá tanto que nos veremos a gatas en este país, otrora consagrado al Sagrado Corazón, para poder pagar lo que nos va a costar la electricidad.
Yo, para entonces, estaré bien enterrado en el Museo Cementerio de San Pedro, en Medellín, y no podré presenciar el juicio de las generaciones futuras a la torpeza de estos días.














