Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
El presidente debería ser claro, explicativo y veraz con sus gobernados si quiere conseguir el apoyo para la Asamblea Constituyente, recogiendo firmas que respalden la solicitud que hará ante el nuevo Congreso el 20 de julio, buscando que se apruebe una ley que inicie el trámite legal para convocarla.
La primera claridad es decirle al país que esa ley de convocatoria la puede solicitar el presidente sin necesidad de las firmas que, de manera populista, ahora recoge.
La segunda claridad es que no envolate con lo de las firmas, porque solo cuando el nuevo Congreso apruebe la ley es cuando se debe preguntarle al pueblo si la quiere o no, en un proceso en donde todos podremos votar por el sí o por el no.
La tercera claridad es que nos diga si él, como ciudadano expresidente, quiere ser miembro de la Asamblea, puesto que no habrá impedimento, después del 7 de agosto, para que encabece la lista de constituyentes del Pacto Histórico en las elecciones que se convocarán para seleccionar sus miembros.
Yo creo que, para la democracia colombiana, sería muy conveniente que el expresidente que la aupó esté presente en las discusiones de las modificaciones que dice pretender que le hagamos a la Carta.
También debería decirnos si le propondrá al Congreso que fije en la ley que esa Asamblea se reunirá en Cartagena o Santa Marta, y no en Bogotá, para desvencijar el centralismo que nos ha masacrado durante 200 años.
Por supuesto, como la Constitución del 91 es un tótem que defienden una gran cantidad de personas —que no aceptan que ella ha sido la gran equivocación del país, porque resultó institucionalizando el régimen de contratos para todo lo que haga el Estado y, con ello, le abrió las puertas de par en par a la corrupción— y la defienden como intocable, a esta Constituyente de Petro le lloverán enemigos de todo tipo.
Pero, si nos dice la verdad y no oculta sus intenciones, de pronto le resultará un masivo apoyo popular que vuelva manoseable al intocable tótem.














