Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Aura Lucía Mera, quien acaba de morir intempestivamente, fue el compendio de muchas cosas a la vez. Tal vez por ello pudo vivir con alegría y entucando siempre para lograr superar los baches y malentendidos que le provocó el destino o propició ella misma con su rebeldía temperamental.
Fue esposa de Rodrigo Lloreda, la estrella fulgurante de la política de su momento, y con él tuvo sus hijos. Después lo fue de un hombre mayor, un Dominguín de estirpe torera que prontamente se le suicidó en Quito. Hace unos días contó eso y mucho más de su vida en una de sus columnas, casi que como recorderis, aunque a los novelistas nos pudo haber sonado premonitorio.
Yo le guardé distancia cuando era la señora de Lloreda y no me acerqué porque respetaba, y había aprendido mucho, de su madre, la boquisuelta de Aurita Becerra, capaz de dar consejo sin que uno se lo pidiera.
Pero después, cuando nos dimos cuenta en el funeral privado de Maritza Uribe de Urdinola, en su casona de La Cabaña, que ella y yo éramos los únicos ajenos a la familia que acompañábamos las cenizas de esa inolvidable mujer, fuimos intimando con el paso de los años, felicitándonos mutuamente con nuestras herejías públicas.
Fue una amistad que no se hizo alrededor de los actos sociales, sino del teléfono y, después, por estas redes que unen tanto como separan.
Era una relación muy singular porque, en nuestra vanidad, ambos sabíamos que éramos un par de agujas para sobreponernos a los obstáculos y pensar atrevidamente en posiciones contrarias. Eso sí, nos guardábamos distancia, como los buenos toreros con los encierros de la vida.
Sabíamos poner banderillas y la muleta la cambiábamos por carcajadas.
Fue una mujer berraca, como pocas. Doblegó la vida con la fiereza con que le ganó la batalla al alcoholismo y la drogadicción.
Y, como me lo escribió su hijo, el exministro Kiko Lloreda, al comunicarme su muerte:
“Se fue a dar nuevas batallas contra molinos de viento desde la dimensión que a ella le dé la gana”.














