Por Aldrin García Balvin – Director de Totus Noticias
En la política colombiana hay dos formas de hacer campaña: una es dividir, gritar y convertir al adversario en enemigo; la otra es sumar, conversar y construir mayorías. La primera suele llenar Twitter de insultos. La segunda empieza a llenar plazas. Por eso la confirmación de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo como fórmula presidencial no solo movió el tablero político: también desató el pánico en quienes viven cómodos en los extremos.
Durante meses muchos analistas aseguraban que la elección de 2026 sería una pelea entre radicalismos. Que el país tendría que escoger entre dos trincheras ideológicas. Que no había espacio para algo distinto. Pero entonces llegó la consulta, llegaron millones de votos y apareció una fórmula que rompió ese libreto: Paloma Valencia decidió sumar, no encerrarse.
Y ahí empezó el ruido.
Porque cuando una candidatura empieza a crecer, aparecen los opinadores profesionales del prejuicio. En redes sociales se activó la vieja maquinaria del ataque personal: insinuaciones, burlas, memes malintencionados y juicios sin prueba. La estrategia es vieja: cuando no pueden derrotar una idea, intentan destruir a la persona.
Con Juan Daniel Oviedo pasó exactamente eso.
He leído con atención lo que circula en redes sociales y en debates políticos. Se dicen muchas cosas, se repiten rumores y se lanzan acusaciones graves. Pero cuando uno busca pruebas serias, verificables y documentadas, simplemente no aparecen. Y en democracia hay un principio elemental: quien acusa tiene la obligación de probar.
Lo demás es difamación con Wi-Fi.
Lo curioso es que quienes hoy atacan a Oviedo con más ferocidad son los mismos que durante años pedían una política más decente, más incluyente y menos sectaria. Pero en Colombia algunos defienden la tolerancia… hasta que aparece alguien diferente que también quiere gobernar.
Y ahí sí se les olvida el discurso.
Mientras tanto, Paloma Valencia tomó una decisión política inteligente. En lugar de encerrarse en una candidatura ideológica pura —que habría sido cómoda pero limitada— decidió construir una fórmula complementaria: liderazgo político y carácter de un lado; técnica, gestión y capacidad de diálogo del otro.
Eso, en política, se llama leer bien el momento del país.
Porque Colombia está cansada de la política del insulto permanente. Cansada de los caudillos que creen que gobernar es pelear. Cansada de los discursos que solo existen para dividir. Y por eso esta fórmula tiene algo que incomoda a muchos: amplitud.
Paloma aporta claridad ideológica, carácter y una trayectoria de debates firmes en el Senado. Oviedo aporta conocimiento del Estado, visión técnica y capacidad de conectar con sectores que normalmente no se sienten representados en la política tradicional.
Es decir, una fórmula que suma donde otros restan.
Por eso algunos entraron en pánico. Porque cuando aparece una candidatura que puede crecer más allá de su propio sector político, el negocio del odio empieza a tambalear. Y cuando el negocio del odio se tambalea, las bodegas digitales trabajan horas extra.
Pero la política real no se gana en bodegas.
Se gana en votos.
Y los votos de la consulta dejaron un mensaje claro: Colombia quiere algo distinto a la pelea eterna.
Quiere firmeza, sí.
Quiere carácter, claro.
Pero también quiere liderazgo capaz de gobernar un país diverso.
Por eso el anuncio de Paloma y Oviedo marca algo más que una alianza electoral. Marca el comienzo de una campaña que no se resigna a escoger entre extremos.
Mientras algunos siguen haciendo política con rabia,
otros decidieron hacerla con inteligencia.
Y esa, justamente, puede ser la sorpresa de estas elecciones.
Porque cuando los extremos se quedan sin enemigo, empiezan a ponerse nerviosos.
Y cuando eso pasa… es porque algo importante está cambiando en la política colombiana.


















